La paradoja de la izquierda alternativa en Europa: avanza en las urnas pero no llega a tocar poder
Ante una Europa desbordada por el auge de la ultraderecha y el debilitamiento de las formaciones socialdemócratas, los partidos de la izquierda alternativa se presentan en varios países como uno de los principales contrapesos al avance de los conservadores.
Además del crecimiento de The Left en las últimas europeas de 2024, cuando pasó de 37 a 46 eurodiputados, varias formaciones han ido más allá y han conseguido superar a la socialdemocracia tradicional o disputarle la hegemonía de la izquierda en elecciones nacionales. Sin embargo, ese avance en votos y escaños pocas veces se traduce con la misma intensidad en capacidad real para gobernar.
Uno de los ejemplos más llamativos es La France insoumise (LFI). El barómetro de Toluna Harris Interactive para M6 y RTL, con encuestas realizadas los días 18 y 19 de agosto, sitúa a Jean-Luc Mélenchon entre el 16% y el 17% para la primera vuelta de las presidenciales de 2027, por delante del socialdemócrata Raphaël Glucksmann (10%-11%), y con opciones de pasar a la segunda vuelta. Marine Le Pen lidera las estimaciones con entre el 35% y el 38%.
Mélenchon puede estar en condiciones de plantarle cara a Agrupación Nacional para acceder a esa segunda vuelta, pero las mismas encuestas le sitúan lejos del Elíseo. Toluna proyecta una victoria de Le Pen por 68% frente al 32% en un hipotético duelo entre ambos.
La paradoja se repite en otros países. En Irlanda, Sinn Féin logró 39 diputados en 2024, pero Fianna Fáil y Fine Gael, al igual que en 2020, volvieron a formar Gobierno dejándoles en la oposición. En Bélgica, el PTB/PVDA alcanzó el 9,86% y 15 diputados, por delante en votos del socialista Vooruit, con el 8,11% y 13 escaños. Sin embargo, fue este último quien entró en el Ejecutivo federal de Bart De Wever.
Para Ruth Ferrero, doctora internacional por la Universidad Complutense de Madrid y especialista en política europea, esa distancia puede explicarse a través de tres techos: el de las coaliciones, marcado por la falta de socios dispuestos a gobernar con estas fuerzas; el de la aceptación, condicionado por el rechazo que generan fuera de sus bases; y el de la movilización, que aparece cuando empiezan a encontrar dificultades para ampliar su electorado.
Tener los votos, pero no con quién gobernar
El primer obstáculo para la izquierda alternativa aparece muchas veces después de cerrar las urnas. En sistemas cada vez más fragmentados, tener más diputados no implica automáticamente estar más cerca del Gobierno. “La capacidad de gobierno no depende únicamente del tamaño, sino también de la centralidad del partido”, explica Ferrero.
La relación con la socialdemocracia resulta especialmente compleja. La experta la define como “competitiva y cooperativa al mismo tiempo”. Estas fuerzas han crecido en parte ocupando el espacio dejado por los partidos socialdemócratas, pero siguen necesitándolos para construir mayorías. Deben, por tanto, disputarles la hegemonía “sin debilitarlos tanto como para que el conjunto de la izquierda deje de sumar”, una “geometría un poco endiablada” que se vuelve todavía más difícil cuando aspiran a liderar el bloque y no simplemente a integrarse como socios minoritarios.
Andreu Paneque, profesor de Derecho y Ciencia Política de la Universitat Oberta de Catalunya, introduce aquí otro factor relacionado con la supervivencia de los propios partidos. Socialdemócratas e izquierda alternativa compiten por una parte del mismo electorado y dar entrada en el Gobierno a quien amenaza con sustituirte puede contribuir a reforzarlo como alternativa. Por eso, sostiene, “pactar con los partidos más a la izquierda de los socialdemócratas puede llegar a ser peligroso” para una formación que vea amenazada su posición.
Las municipales francesas de marzo dejaron al descubierto esa tensión. Aunque el Partido Socialista descartó un acuerdo nacional con LFI y llegó a la campaña marcando distancias con los insumisos, tras la primera vuelta ambos espacios alcanzaron numerosos pactos locales para afrontar juntos la segunda. Pero allí donde esa unidad no se llevó a cabo, la división tuvo consecuencias.
Le Monde identificó 18 municipios en los que la derecha o el centro vencieron mientras distintas candidaturas de izquierda permanecían separadas. Uno de los casos más gráficos fue Montrouge, donde el candidato centrista ganó con el 47,67% frente a tres listas de izquierda, entre ellas una candidatura apoyada por el Partido Socialista y otra de LFI, que en la primera vuelta habían sumado junto a la tercera lista progresista más del 55% de los votos.
Irlanda es un claro ejemplo de cómo un fuerte avance electoral también puede no abrir las puertas del Gobierno. El crecimiento de Sinn Féin, una formación republicana de izquierdas, alteró un sistema dominado durante décadas por el centrista Fianna Fáil y el centroderechista Fine Gael. En las elecciones de 2020, Sinn Féin fue el más votado, con el 24,5% de apoyo, pero los dos grandes partidos de centro optaron por gobernar juntos y, tras los comicios de 2024, volvieron a alcanzar un acuerdo que dejó de nuevo a la formación progresista en la oposición. Para Ferrero, la aparición de un nuevo actor capaz de disputar el poder puede provocar una “reacción defensiva” entre partidos que hasta entonces competían entre sí.
Las etiquetas pesan en un marco que gira a la derecha
El segundo techo es el de la aceptación. El límite no depende solo de cuántas personas apoyan a una formación, sino también de hasta qué punto el resto del sistema político y del electorado la considera una opción legítima para gobernar.
Bélgica muestra con claridad ese límite. El PTB/PVDA consiguió más votos y escaños que el socialista Vooruit, pero fue este quien entró en la coalición federal. Para Ferrero, el PTB sigue siendo considerado por buena parte de las fuerzas tradicionales como “demasiado radical” para gobernar, pese a su crecimiento electoral. “Hay que distinguir entre ser necesario y ser aceptable”, resume. Héctor Sánchez, investigador principal del Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB), recuerda además que estos vetos no son nuevos y que durante años distintas formaciones de izquierda radical se encontraron con cordones sanitarios o con la preferencia de los socialdemócratas por otras fórmulas antes que incorporarlas al Ejecutivo.
Ahí entran también etiquetas como “extrema izquierda”, “comunista”, “radical” o “antisistema”. Para Ferrero, “no es solamente lo que un partido propone, sino cómo es percibido”. El peso de esas marcas varía según cada contexto. Además, Sánchez recuerda que la identidad comunista conserva cierta legitimidad en algunos países occidentales, mientras en buena parte de Europa del Este arrastra un estigma histórico mucho mayor.
Paneque sitúa el problema en un plano más amplio que el de las propias etiquetas y apunta al cambio del marco político dominante. “No es tanto la etiqueta, sino cuáles son las posturas que se han ido legitimando”, sostiene. Si tras la crisis de 2008 el descontento abrió espacio a proyectos como Syriza o Podemos, hoy asuntos como la inmigración, la seguridad o la defensa ocupan buena parte del debate desde posiciones más favorables a la derecha y la ultraderecha. Arantxa Elizondo, profesora de Ciencia Política de la Universidad del País Vasco, señala precisamente estos ámbitos como algunos de los que más tensionan a la izquierda alternativa, especialmente tras la guerra de Ucrania y el giro europeo hacia un mayor gasto militar.
La formación alemana Die Linke ejemplifica esas dificultades. A su recuperación electoral se suma todavía la desconfianza que generan en determinados sectores alemanes su vínculo histórico con el partido gobernante de la antigua República Democrática Alemana (RDA) y sus posiciones sobre Rusia, la OTAN o el gasto militar. Ferrero apunta que esa carga pierde fuerza entre los jóvenes, pero continúa sirviendo a sus rivales para cuestionar su fiabilidad como partido de Gobierno.
De movilizar a los propios a convencer a los demás
El tercer techo aparece directamente en las urnas. Estas formaciones pueden ser muy eficaces movilizando a determinados grupos, pero llega un momento en el que para seguir creciendo necesitan salir de ese espacio.
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“La clave no es solo cuántas primeras preferencias reciben, sino cuántos rechazos generan fuera de su núcleo electoral”, explica Ferrero. Jóvenes, población urbana, trabajadores precarizados o antiguos abstencionistas pueden proporcionar una base muy movilizada, pero construir mayorías exige conectar también con clases medias moderadas, electores de mayor edad, pequeñas ciudades, zonas rurales o trabajadores industriales.
Die Linke muestra bien esa dificultad. En las federales alemanas de 2025 protagonizó una fuerte recuperación hasta alcanzar el 8,8% y 64 diputados, después de haber temido incluso quedar fuera del Bundestag. Pero una parte importante de su crecimiento se concentra entre jóvenes urbanos y en determinados territorios orientales. Por lo tanto, dar el siguiente salto exige conectar también con votantes mayores, antiguos electores socialdemócratas del oeste o trabajadores afectados por la desindustrialización.
A esa dificultad se suma el dilema que plantea Paneque sobre hasta qué punto estas fuerzas deben adaptarse a las preocupaciones del electorado para ensanchar su base. La literatura clásica sobre partidos, según el experto, contrapone el modelo de partido de masas, que trata de convencer a los votantes de un proyecto ideológico definido, con el modelo catch-all, más orientado a detectar las preocupaciones sociales y ajustar su oferta política a ellas. Para estas izquierdas, mantener posiciones demasiado rígidas puede limitar su crecimiento, mientras que desplazarse en exceso hacia el votante medio puede diluir aquello que las diferencia de la socialdemocracia.