crisis migratoria
Ceuta desplaza a miles de migrantes en la calle a los barrios periféricos y pobres de mayoría musulmana
A las cinco de la tarde del domingo, dos jóvenes magrebíes que parecen menores de edad se refugian del calor en un elegante banco a la sombra en la plaza de África, el corazón del centro histórico de Ceuta, junto al Parador, la Catedral y el Santuario de Santa María de África. Los chavales charlan animadamente, no molestan a nadie, no gritan, no se pelean, solo hablan. Sin embargo, cuatro militares se acercan a ellos. Tras una pequeña conversación con los soldados, estos les obligan a levantarse y abandonar el lugar sin razón aparente. Los chicos obedecen y siguen su conversación sentados en el capó de un coche de la cercana calle Jáudenes. Los militares continúan por el Paseo Sánchez Prados, donde otros migrantes se sientan en los poyetes de piedra y las jardineras. A estos no les llaman la atención.
Plaza de África, Gran Vía, plaza de la Constitución... En la subida por el paseo de Revellín también pasean algunos irregulares. Los hay que se acercan a las tiendas de móviles o que se hacen fotos en ese gran eje comercial de la ciudad. Otros compran bebidas o tabaco en los bazares de la zona y los hay también que piden dinero a los transeúntes. Sobre todo a los que identifican como musulmanes y con los que les es más fácil comunicarse en árabe. Sin embargo, ni en el centro histórico y comercial, ni en las zonas residenciales próximas, ni en las playas que bañan el principal núcleo de la ciudad, situadas al sur de la península que forma, quedan ya asentamientos de migrantes. La gran presencia policial, de la Guardia Civil y de los militares que la patrullan ha ido desplazando a toda esta gente a las zonas más periféricas. A los barrios más pobres en los que la mayoría de la población es musulmana.
"Con esta situación nos hemos dado cuenta de que, pese a que su superficie es solo 20 kilómetros cuadrados, Ceuta tiene centro y periferia", explica con sarcasmo Abdellah Mustafa, líder vecinal de la barriada de Sidi Embarek. "Y la periferia somos nosotros", añade el activista, cuya asociación ha acogido junto a la mezquita del mismo nombre a 300 mujeres y niñas. El barrio se encuentra a las afueras del núcleo urbano, a unos cuatro kilómetros del centro y lindando ya con la amplia zona de campo no urbanizada al noroeste de la ciudad. En las calles de los alrededores del templo duermen decenas de personas en plena calle, casi todos hombres. El barrio, además se encuentra muy cerca del asentamiento de Loma Margarita, donde el Estado ha alojado a los subsaharianos demandantes de asilo, y es lugar de paso para cientos de personas entre el campamento de chabolas de la playa de El Trampolín y el enorme aparcamiento de Loma Colmenar, donde los militares levantaron hace más de una semana tiendas para alojar a más de mil personas y otras tantas esperan a las puertas.
A las puertas y en los callejones de los llamados "pisos de colores" que bajan por la cuesta de la calle Cadí Iyad desde lo alto de esa loma. Se trata de varios bloques de viviendas habitadas por trabajadores muy humildes, en su mayoría musulmanes. Cuando se produjo la llegada masiva, los vecinos se organizaron para que la gente no entrara en los portales, pero no pudieron evitar que acamparan en sus aceras y en las callejuelas que separan los distintos portales. Hoy todavía quedan centenares de personas, quizá un millar. Algunas han construido chozas junto a la valla del campamento montado por los militares. Sin embargo, varios cientos de personas, puede que más de un millar, duermen al raso en la acera de enfrente. Allí pasan el tiempo hablando, fumando o trasteando con el móvil. Algunos incluso han montado tenderetes en los que venden cigarros, bollos de pan, bebidas energéticas...
"Estamos hartos, ya no podemos más", explica Sufián Mustafa, un albañil de 28 años casado y con tres hijas, una de ellas recién nacida. "Con el calor que hace tenemos que estar con las ventanas cerradas por el olor. No es solo que todos hagan sus necesidades por aquí, es que los colchones, la ropa sucia, la multitud... Todo apesta". Mustafa pasa la mañana junto a sus vecinos Yassin y Alami a la sombra en su portal. Cuentan que los problemas se incrementan por las noches. Que hay drogas y peleas constantes y que las mujeres y las personas mayores tienen miedo de salir por si cualquier desesperado les roba. Pero los tres miembros de esta comunidad no solo se quejan de las autoridades. También de otros vecinos que han visto la aglomeración como una oportunidad y alquilan habitaciones en sus casas. "Hay algunos que han montado auténticos pisos patera y cobran a cada uno entre 30 o 50 euros por noche; es una vergüenza".
Muchas de las personas que se han instalado aquí van y vuelven cada día a la playa de El Trampolín, donde la Cruz Roja reparte bolsas de comida. El motivo que los mantiene en la zona es la esperanza de entrar en el campamento, cuando se termine la ampliación. Por el momento se ha levantado una enorme carpa y la estructura de otra ya está construida a su lado. En el suelo hay decenas de literas listas para montarse y colocarse en su interior cuando todo esté dispuesto. "El problema es que toda esta gente se cree que en cuanto se termine van a estar dentro", dice uno de los trabajadores del campamento. "Puede que tengamos problemas, porque muchos creen que están haciendo cola, pero seguro que no se darán las plazas por orden de llegada, sino de acuerdo a criterios de vulnerabilidad y necesidad de cada persona", añade.
Al otro lado de este enorme aparcamiento diseñado para que los vehículos esperen a cruzar la frontera durante la operación Paso del Estrecho, soldados del Regimiento de Infantería Canarias 50, que han sido desplazados aquí desde su base en Gran Canaria, impiden que la gente se aproxime al campamento campo a través. Los vecinos aseguran que, durante los primeros días, antes de que llegaran los militares, muchos irregulares desesperados trataban de utilizar esa treta para intentar colarse dentro. Loma Colmenar, como Sidi Embarek y otras barriadas lejanas y musulmanas son las que realmente lidian más duramente con la indigencia masiva que recorre la ciudad. Y los más solidarios con los recién llegados.
Otro de los distritos más afectados por el desplazamiento progresivo de los migrantes es el barrio de El Príncipe, también pobre y de mayoría musulmana. Muchas de las callejuelas de este núcleo que sube el monte desde el puesto fronterizo con Marruecos están llenas de colchones en los que duermen desperdigados cientos de personas. Los vecinos se han organizado para alojar en un campamento improvisado a las mujeres y las niñas más vulnerables, que gracias a ellos tienen acceso a baños, duchas y, en general, condiciones de vida más higiénicas, y protección. Pero sus habitantes tienen miedo. En un negocio de la parte alta, junto a la iglesia, una mujer de unos 40 años se pregunta cómo va a hacer cuando su hija empiece el instituto. "El curso pasado se iba sola en autobús, pero ahora tengo miedo. ¿Cómo voy a acompañarla si yo empiezo a trabajar a las siete cada mañana?", dice.
Es en este barrio donde se encuentra el polígono de El Tarajal, a las puertas de cuyas naves, muchas cerradas desde hace años, un millar de personas, entre las que es posible ver a familias enteras, ha levantado un campamento de chabolas a base de palés, electrodomésticos, plásticos, alfombras y muebles viejos que han recogiendo por la basura. Los escasísimos comerciantes que quedan en el lugar –también modestos y pertenecientes a la comunidad musulmana– se quejan de que, si antes ya venía poca gente, ahora no lo hace casi nadie.
Estamos a escasos cuatro kilómetros de la elegante y cuidada plaza de África y de los cafés y bares de tapas y restaurantes del centro. Pero desde este núcleo de infraviviendas y suciedad pegado a la línea fronteriza parecen cientos.