Diez lecciones que deja Ceuta

Hace mucho que los veranos dejaron de ser desiertos informativos, pero este ha sido diferente. A los consabidos incendios, sequías y olas de calor se ha unido una crisis, la entrada masiva de migrantes en Ceuta, cuya sombra se alargará en el tiempo. Las lecciones que deja son múltiples, y todas ellas describen muy bien el momento político actual. Ahí van las que creo que son las diez más relevantes:

1.- Si una crisis no está bien identificada, no se puede gestionar. La de Ceuta no es una crisis migratoria, sino una grave crisis geopolítica que usa la migración como arma. Como todas las crisis actuales, y como si de una muñeca matrioska se tratara, encierra dentro otras: la humanitaria, que apunta a los migrantes que siguen aún ahí, y la de convivencia, que altera la vida de los y las ceutíes, son algunas de ellas. El Real Decreto que declara la situación de interés para la Seguridad Nacional (ver aquí), sin embargo, la define como “la producida por los efectos derivados de la permanencia temporal indeterminada en la ciudad de Ceuta, mientras se resuelven y se lleven a cabo los trámites y actuaciones pertinentes, de un elevado número de personas migrantes en situación irregular tras la afluencia masiva y simultánea ocurrida el 30 de julio de 2026, que está alterando el normal funcionamiento de las administraciones públicas, superando las capacidades ordinarias de gestión, acogida, asistencia, y seguridad ciudadana en dicha ciudad, y que, por su alto riesgo, requiere la intervención coordinada de recursos de ámbito estatal y local”. Es decir, mira sólo una parte de la crisis. El Gobierno ha renunciado a definir correctamente en voz alta la naturaleza de esta crisis. Se acercó a ello el presidente del Gobierno cuando el primer día dijo que era una ”violación de la integridad territorial de España”, pero 48 horas después el ejecutivo optó por hacer como si la crisis estuviera resuelta. Ahí empezaron los principales problemas.

2.- Cada crisis tiene un contexto sin el que no se puede entender. Lo ocurrido en Ceuta encaja en lo que se denomina una “guerra híbrida”, término que hasta hace unos meses no salía de grupos de expertos y que hoy la sociedad española ha aprendido por la fuerza de los hechos. Con este término se hace referencia a aquellos conflictos que combinan acciones militares tradicionales con métodos no convencionales para desestabilizar a un país enemigo sin declarar una guerra formal (ver aquí). Entre los no convencionales se encuentran la desinformación, los ciberataques, la presión económica y/o comercial (por ejemplo en materia de energía, chips…) y, por supuesto, el uso de flujos migratorios. Una de sus características es que es de difícil atribución. No está claro si es un Estado, varios, o si son grupos concretos dentro de ese Estado, ni si actúan por su cuenta o son subcontratados. ¿De qué hablamos cuando hablamos de Marruecos: de su rey, de una parte de su gobierno, o de las diferentes facciones que se enfrentarán en unas elecciones el próximo 23 de septiembre? Lo que no admite lugar a dudas, sin embargo, es que Marruecos es un aliado de EEUU e Israel, países todos ellos que chocan de frente con las políticas del actual Gobierno de España: oposición frontal al genocidio en Gaza y apuesta por la solución de los dos estados, negativa a incrementar hasta el 5% del PIB la aportación a la OTAN, etc. Pedro Sánchez se ha erigido en el último año en el ámbito internacional, donde goza de enorme prestigio, en la figura antagónica a Trump y lo que el trumpismo representa. En este contexto, la debilidad que el Gobierno de España ha mostrado con Marruecos en asuntos clave como el Sáhara ha sido interpretada como un flanco por el que atacar. ¿Para cuándo otro tipo de relación con Marruecos, que nunca ha ocultado y ahora reivindica la marroquinidad de Ceuta y Melilla?

3.- La pregunta clave: ¿Quién gana? Dado que quizá nunca sepamos del todo quién o quiénes estaban detrás de esto y qué rol jugaba cada uno, conviene acudir a una pregunta que ayuda a entender más de lo que parece. Es sencilla, y remite al centro de la política. ¿Quién gana? En este caso está claro: la ultraderecha global. En un curso especialmente relevante para Europa, donde se celebrarán elecciones en varios estados alemanes, presidenciales y legislativas en Francia y generales en España, Italia, Suecia y Finlandia, la crisis de Ceuta ha impactado con fuerza en toda la Unión Europea. No hay más que echar un vistazo a la prensa de estos países y comprobar cómo todas las fuerzas de ultraderecha han hecho de Ceuta su bandera, y en buen número de casos las derechas no ultras les han seguido asumiendo buena parte de su discurso, como hace el PP con los planteamientos racistas y xenófobos de VOX. Y sí, también la “socialdemócrata” danesa –con muchas comillas–, la primera ministra Mette Frederiksen, se ha unido a esta tendencia, como mostró el comunicado que firmó junto a la ultra Meloni (ver aquí).

4.- Es clave entender el objetivo: un torpedo en la línea de flotación de las democracias europeas. Cuando este movimiento se activa es clave entender qué buscan sus impulsores, y en este caso los efectos son clarificadores. La división de los países de la Unión Europea se vio de forma meridianamente clara en esa carta que 22 Estados miembros dirigieron a los máximos representantes institucionales de la UE (ver aquí) criticando la actuación de España y vinculando este ataque con la reciente regularización de migrantes, algo de lo que no hay evidencia alguna de causalidad (la anterior entrada masiva fue en 2021 y la última regulación en 2016.). Es cierto que la reunión urgente del Consejo de Ministros de Exteriores encauzó la situación, pero la brecha está abierta en el conjunto de la UE y en el interior de muchos estados miembros. En Ceuta se ha librado el primer combate de la siguiente campaña electoral, el que decide cuál va a ser el tema central de la campaña. Y ya está claro. La migración capitalizará las contiendas electorales de toda Europa. Un asunto donde la ultraderecha se siente en casa, la derecha no ultra bastante cómoda, y la izquierda absolutamente perdida.

5.- Conviene evitar la disonancia de percepción. ¿Creo lo que ven mis ojos o lo que dice mi gobierno? En el complejo mundo de las relaciones internacionales, y más cuando de Marruecos se trata, una cosa es lo que se dice en público y otra las conversaciones y negociaciones que se producen con la imprescindible discreción. En los primeros días el señalamiento de las mafias —aparentemente pactado— como los culpables de la entrada masiva de migrantes podía responder a la necesidad de que las autoridades marroquíes colaboraran en el regreso voluntario de la gran mayoría de los que cruzaron. Ahora bien, a partir de ese momento, y aunque quedan aún miles de personas cuya situación está aún por valorar, la sociedad española está viendo con sus ojos una realidad que conoce –no es la primera vez–, sin que su gobierno se la explique de forma convincente. Las primeras encuestas nos dicen que casi la mitad de los españoles cree que Marruecos ha estado impulsando de una forma u otra esta operación (ver aquí). Si por algo se caracteriza el lenguaje diplomático y político es porque tiene un amplio y ancho margen de ambigüedad en el que caben medias verdades, alusiones oblicuas y todo tipo de ejercicios en el alambre. No se trata de hacer un ejercicio de striptease, sino de explicar hasta donde se pueda de forma creíble. Tratar a la sociedad como personas adultas es propio de las mejores democracias.

La naturaleza de España apela a la cooperación y la colaboración entre instituciones para poder dar respuesta a las crisis. Lo vimos en Valencia, en los incendios, en la pandemia, y volvemos a verlo ahora

6.- Las democracias se juegan su ser o no ser en la gestión de la migración. Innerarity lo expresaba así en una reciente entrevista en El Correo: “la calidad democrática de un país se mide también en cómo gestiona la inmigración” (ver aquí). En efecto, las democracias tienen procedimientos legales y un ordenamiento jurídico que establece cómo se gestiona el fenómeno migratorio desde la legalidad y el respeto a los derechos humanos (el debate sobre estas políticas, para otro día). Por eso están fuera de lugar todas las alusiones que, tanto desde miembros del Gobierno como, sobre todo, desde líderes de la oposición, incluyendo al presidente Vivas, han llamado a la inmediata expulsión de todos los que cruzaron (ver aquí una muestra… hay muchas más). Olvidan que hay menores, solicitantes de asilo, y situaciones que han de ser valoradas una a una. Lo contrario es un ejercicio de desobediencia a la ley y es no sólo inadmisible, sino una grave irresponsabilidad y, en algunos casos, de manifiesto sadismo y falta de humanidad.

7.- Si los migrantes están bien, los ceutíes estarán mejor. Durante unos días se habló de una cierta tardanza deliberada en atender con las infraestructuras básicas —cobijo, comida, agua potable, condiciones sanitarias— a los migrantes que seguían en Ceuta entendiendo que de esta forma volverían voluntariamente a Marruecos. Si esto fue así —por mi parte, carezco de esa información— fue un enorme error. No ocurre nunca y tampoco ha pasado en Ceuta, al menos en cifras relevantes. Si fuera cierto que ha habido un goteo, como declaró el viernes Marlaska, ¿cómo es posible que no se haya sabido? Así y todo, el mayor de los errores es no entender que cuanto mejor estén los que siguen a la intemperie mientras se tramitan una a una sus respectivas situaciones, mejor estarán los vecinos porque menos afectada se verá la convivencia. Por el contrario, los campamentos improvisados por los migrantes en la playa o los escondites en el monte son un polvorín tanto para la seguridad —no puedo dejar de pensar en las niñas— como para la convivencia. Ya hemos visto las primeras imágenes del horror. Ojalá no vayan a más. Conviene recordar que en una crisis las primeras horas son cruciales. Y si, al tercer o cuarto día, cuando ya habían vuelto a Marruecos quienes quisieron hacerlo voluntariamente, se hubiera convocado el “mando único”, la autoridad funcional según el artículo 24 de la Ley de Seguridad Nacional (ver aquí), y puesto en marcha los medios e infraestructuras necesarias, se habrían evitado muchos problemas. Cada minuto que pasa será más difícil gestionar una situación que tiende a envenenarse por minutos.

8.- La institucionalidad se demuestra en los momentos duros. Esta es una de las mayores crisis que España ha afrontado en los últimos años, y van unas cuantas. Es ahora cuando se demuestra y se ha de poner en valor la institucionalidad. Esto implica, al menos, atender a dos cuestiones: en primer lugar, la naturaleza política de España como Estado compuesto y, en el marco de las competencias de cada administración, extremar los mecanismos de cooperación institucional. De nada valdrían estados de alarma ni imposiciones de otro tipo. La naturaleza de España apela a la cooperación y la colaboración entre instituciones para poder dar respuesta a las crisis. Lo vimos en Valencia, en los incendios, en la pandemia, y volvemos a verlo ahora. La segunda cuestión es la lealtad institucional, esa que la derecha olvida de forma sistemática cada vez que toca arrimar el hombro.

9.- La crisis no ha acabado, las gestiones avanzan lentamente y la irresponsabilidad lo hace a toda velocidad. Mientras vemos cómo las gestiones para dar salida a la situación van avanzando lentamente —un mes después aún no hay cifras oficiales de las personas que quedan y aún se habla de que quedan X por filiar!!!—, los actos de irresponsabilidad política crecen rápidamente. La ultraderecha aprovecha para izar banderas xenófobas, Aznar acude a Ceuta en un acto de clara provocación, imágenes sensacionalistas llenan las televisiones… La primera víctima, la convivencia en Ceuta. Es eso lo que ahora está en peligro extremo. Ceuta se ha convertido en un polvorín. Cualquier chispa —y van ya unas cuantas— lo hará arder. Ojalá me equivoque.

10.- Un elemento subyace a todas estas crisis, y le debemos prestar especial atención. Se trata del sentimiento de abandono que expresan cada vez más colectivos sociales. Ahora son los y las ceutíes —de forma bastante transversal, por cierto—, antes lo fueron los afectados por la DANA, y hace ya años, quienes viven en la España vacía. Cada vez son más y por ahí se cuela la ultraderecha, ensanchando las brechas que existen en las democracias. La política siempre ha tenido mucho de gestión del miedo, y cada vez más se articula sobre percepciones. Quien consiga generar una percepción de protección y seguridad frente a las amenazas, la inseguridad, la incertidumbre y el miedo, gobernará el futuro.

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