Ceuta entre relatos nacionales, historia y legitimidad

La discusión sobre Ceuta y Melilla ha vuelto a plantearse en términos de antigüedad. En España, la idea de que Marruecos "no existía" cuando Ceuta fue conquistada por Portugal en 1415 aparece recurrentemente en sectores de la derecha mediática y política, casi siempre como respuesta a las reivindicaciones territoriales de Rabat. En Marruecos, por el contrario, la reivindicación de una continuidad histórica del país y de sus estructuras políticas anteriores a la independencia está mucho más extendida en el debate público y alcanza incluso a sectores académicos. El problema de ambas manifestaciones no está necesariamente en los hechos que seleccionan, sino en lo que pretenden demostrar con ellos. La pregunta "¿cuándo nació Marruecos?" contiene ya una trampa conceptual. Los Estados no suelen tener una fecha de nacimiento comparable a la de una persona o una institución creada mediante un acto fundacional.

Podemos identificar procesos de formación y consolidación estatal, cambios en las formas de ejercer la soberanía, rupturas institucionales y, en territorios colonizados, momentos concretos de independencia y reconocimiento internacional. Pero la emancipación no equivale al nacimiento histórico de una comunidad política. Marruecos no apareció en 1956, del mismo modo que la España contemporánea no emergió sin más en la Edad Media. Entre las formaciones políticas premodernas y los Estados actuales existen procesos prolongados de centralización, territorialización, institucionalización, colonización, descolonización y nacionalización. En Marruecos, antes del Protectorado francés existía una estructura política articulada en torno al sultanato y al Majzén, término que designaba el aparato de poder y las redes de autoridad vinculadas al soberano. Su capacidad para ejercer autoridad sobre el territorio era desigual, como ha mostrado Gilson Miller.

Naciones que se construyen

El Protectorado francés constituye uno de esos momentos de transformación decisiva. El Tratado de Fez de 1912 no abolió el sultanato. El régimen se organizó formalmente manteniendo al sultán como autoridad legítima del Estado, mientras Francia asumía, a través de la Residencia General, el control efectivo del gobierno. La conservación del sultanato no fue una simple concesión. Formaba parte de la arquitectura política del Protectorado. Lyautey entendió que gobernar Marruecos requería apoyarse en instituciones y legitimidades locales reconocibles, al tiempo que reorganizaba profundamente el aparato administrativo y territorial. Rivet estudió estas lógicas en Lyautey et l'institution du protectorat français au Maroc, 1912-1925 (L'Harmattan, 1988). El entramado colonial no creó Marruecos desde cero, pero tampoco se limitó a ocupar un Estado nacional previamente constituido según parámetros modernos. Esa combinación resulta esencial para entender el Marruecos contemporáneo.

También conviene distinguir conceptos que a menudo se confunden. Una población puede compartir lengua, religión, memoria o vínculos territoriales sin constituir todavía una nación en sentido político moderno. Un movimiento nacional aparece cuando determinados actores convierten esas identificaciones en un proyecto político de soberanía. El nacionalismo proporciona el marco ideológico que vincula nación y organización política. La nación moderna se consolida mediante procesos institucionales y culturales que abarcan la educación, los símbolos, el territorio y la identificación colectiva. En Marruecos, ese proceso se desarrolló bajo los Protectorados francés y español, en un contexto marcado por el anticolonialismo y el auge del nacionalismo árabe. El Dahir bereber de 1930, la Action Marocaine y el Manifiesto del Istiqlal de 1944 fueron hitos de esa movilización. Gellner y Anderson mostraron, desde perspectivas distintas, cómo las naciones modernas se construyen políticamente.

Por eso resulta insuficiente presentar el nacionalismo marroquí como la expresión política de una nación objetiva y prepolítica que hubiera esperado durante siglos para recuperar su Estado. Y sería igualmente erróneo describirlo como una simple creación europea. La colonización proporcionó nuevas instituciones, categorías jurídicas, fronteras administrativas y espacios de movilización, pero los actores marroquíes las utilizaron para formular un proyecto de soberanía. La monarquía desempeñó un papel relevante. La institución sultaniana que el Protectorado había conservado se convirtió en uno de los principales símbolos de la reivindicación nacional. La deposición de Mohammed V en 1953 y su regreso en 1955 reforzaron esa identificación. Esa convergencia entre nacionalismo y trono fue decisiva para legitimar el nuevo Estado. La misma exigencia debe aplicarse a España, cuya identidad nacional también fue objeto de elaboración política, como expuso José Álvarez Junco en Mater Dolorosa (Taurus, 2001).

La cuestión no es quién tiene el pasado más antiguo, sino cómo una determinada lectura del pasado se convierte en argumento de legitimidad política

La llamada Reconquista ofrece un ejemplo indicativo de esa reconstrucción retrospectiva. Las conquistas cristianas fueron hechos históricos, pero sus protagonistas no actuaban como miembros de una empresa nacional española orientada hacia un objetivo común. Durante siglos coexistieron reinos, dinastías, alianzas y conflictos con objetivos cambiantes. Al-Ándalus designa los territorios de la Península Ibérica sometidos, en distintos momentos, a diferentes poderes políticos musulmanes. No fue una entidad política estable, una nación ni un Estado-nación contemporáneo. Mantuvo, sin embargo, vínculos políticos, dinásticos y culturales intensos con el Magreb y con otros espacios del mundo islámico. Su carácter peninsular no permite convertirlo retrospectivamente en una extensión del Marruecos contemporáneo, del mismo modo que sus conexiones con el norte de África no permiten presentarlo como una España nacional ya constituida. La conversión posterior de aquella diversidad en una única "Reconquista" pertenece a una elaboración historiográfica ulterior.

Cuando el pasado muda en legitimidad

Aquí conviene mirar también críticamente a quienes intervienen desde la academia. No porque los historiadores españoles y marroquíes deban llegar a una conclusión común, sino porque el rigor exige respetar las categorías históricas. Afirmar que, como no existía el Estado-nación marroquí moderno, tampoco existía Marruecos confunde una forma contemporánea con las estructuras que la precedieron. Sostener que los sultanatos medievales demuestran la continuidad territorial de la nación marroquí actual incurre en el mismo error desde el extremo contrario. El problema aparece cuando se seleccionan fuentes para presentar la nación propia como preexistente y la del adversario como artificial. En 1975, además, Rabat pidió ante Naciones Unidas que Ceuta y Melilla, junto con otros territorios españoles del norte de África, fueran incluidos entre los territorios no autónomos. La petición no prosperó y ninguna de las dos ciudades figura en esa lista.

Ceuta permite observar esa operación con claridad, pero obliga a distinguir historia y estatuto jurídico. Su incorporación a Portugal en 1415 y su posterior vinculación a la Monarquía Hispánica constituyen una trayectoria histórica documentada. Tras la separación portuguesa de 1640, la ciudad permaneció bajo soberanía de la Monarquía Hispánica y el Tratado de Lisboa de 1668 confirmó esa situación. Hoy forma parte del territorio español y de su ordenamiento constitucional como ciudad autónoma, mientras Marruecos mantiene su reivindicación territorial. Esa demanda forma parte de un relato de descolonización inconclusa, pero Naciones Unidas no ha reconocido a Ceuta como territorio no autónomo. La semejanza en la estrategia narrativa no implica, sin embargo, equivalencia entre sus respectivos estatutos jurídicos. La cuestión no es quién tiene el pasado más antiguo, sino cómo una determinada lectura del pasado se convierte en argumento de legitimidad política.

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David Alvarado es doctor en Ciencia Política, profesor universitario, periodista y consultor.

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