Recuerdos compartidos Luis García Montero
Se nos va el mes de agosto. Las horas de amistad no hacen que el tiempo se detenga, sino que se ponga en movimiento. Prefiero celebrar la vida, ir y venir para mezclar el presente con las sonrisas, las risas, las carcajadas, las escenas que nos devuelven al pasado. Celebrar la vida es contar, contarse, hacer que la memoria extienda sus complicidades en el patio de una casa, por ejemplo, en Rota. Benjamín se pierde una vez más por las calles del pueblo y no sabe dónde está el camino para volver a su domicilio o al mío. Joaquín saca la cabeza por la ventanilla del coche para gritar que lo han secuestrado, socorro. Ángel es más pacífico: Benjamín, por favor, déjame aquí, me tomo en este bar una copa y me recoges dentro de tres vueltas. Poco después tendrá que explicar de nuevo por qué salió en calzoncillos de la habitación de invitados en casa de Joaquín, mientras su anfitrión se quejaba de no entender nada, nada, Jime, que no entiendo nada. Estarás leyendo a Paul Celan, sugirió Ángel, y todos volvemos a reírnos y comentamos los gustos variados de Chus Visor, que editó feliz las Hebras de sol en traducción de Jaime Siles.
Las conversaciones se nos llenan de recuerdos mientras se va agosto. Somos nosotros, una conversación que no quisiera acabarse nunca, ya sea sobre Galdós o sobre Joyce
Jesús cuenta cuando se atrevió a llevar a Joaquín y a Krahe a la televisión, al programa de Fernando García Tola Si yo fuera presidente, y se desencadenó una campaña de protesta en la prensa conservadora, críticas dirigidas contra José María Calviño por dar la oportunidad a esos dos locos de repetir la palabra gilipollas en los televisores bien educados de tantas familias. Joaquín, tú has sido gilipollas muchas veces, comento yo, y le pido a Felipe que le pregunte por su conversación en México con un enviado del subcomandante Marcos, cuando el héroe de Tampico lideraba las movilizaciones zapatistas. A Joaquín le habían avisado de que recibiría a un mensajero de Marcos y lo vio en la puerta de la habitación de su hotel. Sí, allí lo estaba esperando, lo abrazó, invitó al mensajero, pasa, te pongo una copa… Estuvo hablando más de una hora con él entre sigilos y preguntas discretas, a la espera de ese mensaje importante. Pero sonó la puerta de la habitación, Joaquín abrió y se encontró a otro señor que se presentó como enviado del subcomandante Marcos. ¿Entonces, tú quién eres?, ¿qué haces aquí?, interpeló al whisky del desconocido. Pues no sé, yo lo vi a usted en el pasillo, pensé pedirle un autógrafo y usted me abrazó, me invitó a pasar y con mucha generosidad me ha puesto dos copas.
Pero el mejor malentendido fue otro, recuerda Jimena, a la que Joaquín llama siempre Jime, venga Jime, ponme otra copa, trae el libro de Borges, está en la mesilla y quiero enseñaros algo. Una periodista muy conocida fue a su casa para hacerle una entrevista y empezó a preguntar. Joaquín hablaba, pero quiso llamar a Jime para que les pusiera una cerveza, y así hacer más agradable la conversación. La periodista grababa con interés unas palabras que de pronto fueron interrumpidas. ¡Gime! Cuando yo viajé a Londres, escapándome de Granada, ¡Gime!, y en aquel concierto en La Habana con Pablo y Silvio, ¡Gime!, la verdad es que la campaña contra la OTAN, ¡Gime!, pues en mi disco Vinagre y rosas, ¡Gimeee! La famosa periodista estaba a punto de ponerse a gemir, porque debía hacer su trabajo y Sabina era capaz de pedir cualquier cosa. Iba a empezar a gemir entre pregunta y pregunta, cuando apareció Jimena, perdona, es que estaba en el piso de abajo y no te escuchaba, ¿qué quieres? Gracias Jime, una cerveza, ¿y tú?, ¿quieres algo?, otra cerveza dijo la periodista. Acabó por confesar que había estado a punto de ponerse a gemir.
Las conversaciones se nos llenan de recuerdos mientras se va agosto. Somos nosotros, una conversación que no quisiera acabarse nunca, ya sea sobre Galdós o sobre Joyce. De la cocina sale Almudena con una fuente de croquetas. ¿Os estáis metiendo con Galdós? Pues era mucho mejor que tú, que tú, que tú y que tú.
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