Los sueños republicanos de dos adolescentes

Foto de las dos hermanas en 1949.

Hélène Rufat

Justo había terminado con éxito mi primer ciclo de educación secundaria, y ya sabía que quería formarme para ser enfermera. Estudiar en las aulas mixtas de la escuela republicana me encantó, y siempre lo recordé como un privilegio y con orgullo, sobre todo por los maestros y las maestras que tuvimos: comprometidos y siempre atentos a las capacidades de cada chico y chica. Mi hermana pequeña tenía 11 años, y todavía andaba por el período básico obligatorio, pero también se quedó maravillada con la labor de los docentes, hasta tal punto que decía que quería ser “una maestra de la república”. Tuvimos la suerte de poder beneficiarnos de la enseñanza pública y laica… durante unos años que fueron decisivos para nosotras porque nuestros padres eran “humildes”: papá era un obrero de la catalana de Gas, y mamá limpiaba algunos portales de la calle donde vivíamos, pero ambos tenían claro que sus hijas debían estudiar. Además, dos años antes de la guerra, en la escuela, me enamoré de un chico que empezaba su segundo ciclo de educación secundaria. Él quería ser médico. Nos hicimos novios. 

El 18 de julio de 1936, todos nuestros sueños empezaron a desmoronarse. Mi hermanita tenía ataques de pánico cada vez que sonaban las alarmas; la mandaron al pueblo, con los tíos y los primos, para que estuviera más tranquila y sobre todo para que comiera mejor. Gracias a sus contactos, y porque siempre estaban dispuestos a hacer favores (en la medida de sus posibilidades), mis padres consiguieron salvar la economía familiar para sobrevivir en tiempos de guerra. Por mi parte, me acerqué de la Cruz Roja para formarme como practicante puesto que pronto se comentó que necesitaban personal sanitario. La realidad de los bombardeos en la ciudad era muy dura. Las jornadas de trabajo eran extenuantes. Pero yo, ¡estaba consiguiendo formarme de lo que quería! 

En medio del ajetreo de las intervenciones, de las atenciones en los hospitales y otros centros sanitarios donde la Cruz Roja me enviaba, coincidí en varias ocasiones con un joven médico que se hizo cargo de las urgencias bélicas en el Clínico de Barcelona: el Dr. Broggi. Se encargó de los afectados por los bombardeos de marzo de 1938; entre las víctimas mortales estaba mi novio… ¡20 años! Una vida borrada de la historia libertaria de la ciudad, pues se había afiliado a la CNT el año anterior. A su vez, mi corazón quedó malherido para siempre; no volví a tener ningún otro novio. Cuando acabó la guerra, después de ser inhabilitado por el régimen franquista, “por suerte” (como decía él mismo), el Dr. Broggi trabajó en diferentes centros sanitarios privados. Por mi parte, seguía ayudando a la gente del barrio y mantuve mi voluntariado con la Cruz Roja. Como no había obtenido ningún diploma oficial durante la guerra, no fui represaliada como tantas otras colegas.  

Andrés Guerrero González, maestro fusilado

Andrés Guerrero González, maestro fusilado

Años más tarde, un día tuve que ir a la Clínica Corachán, y allí volví a encontrarme con el Dr. Broggi que, acordándose de mí se alegró de verme y me recomendó que contactara con un joven médico con el que había coincidido en algún comité y que sabía que estaba buscando una “enfermera de confianza”. Yo había conseguido ser reconocida “practicante”, gracias a la Cruz Roja; no era enfermera, pero igualmente fui a conocer al Dr. Bosch que, por aquella época, trabajaba en diferentes centros privados, su consulta personal y como médico laboral en un laboratorio farmacéutico. Y sí: fui “su enfermera de confianza” hasta la jubilación.

Mi hermanita siguió su vocación y estudió magisterio durante el franquismo… Aquello ya no se parecía a ser “maestra de la república”, pero como era buena estudiante y tenía pasión por la docencia, incluso pasó las oposiciones que se convocaron en 1948, y las aprobó. Pero con el sistema de las “plazas reservadas por ley”, le dijeron que le tocaba irse a Ceuta para ejercer… y para ella era demasiado lejos: quería quedarse en Barcelona, cerca de su familia. Prefirió optar por ser “supernumeraria”. Entonces, una mercería del barrio le ofreció ser vendedora, y como también era muy coqueta y le gustaba el ambiente, aceptó este trabajo, y un par de años más tarde renunció a su puesto de maestra. Su sueño de ser una “maestra republicana” a pesar del franquismo ya sólo pudo ejercerlo, años más tarde, con sus propios hijos, y en el exilio.  

Por cierto: he pedido a mi sobrina que escribiera este “relato íntimo” porque ella se dedica a la literatura y también ha sido buena estudiante como su madre. Además, se ha preocupado por conocer las historias de la familia, preguntando, haciéndonos hablar y recogiendo cartas, libretas y todo lo que habíamos guardado escrito por nosotras. Y sí: me importa que se conozcan estas desilusiones de las vidas más humildes, porque si bien el 18 de julio de 1936 se llevó la ilusión republicana de unas jóvenes apasionadas, también se fue creando una red social de “buenas personas”, siempre dispuestas a ayudar al más necesitado.

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