La huella del golpe de Estado del 36 en mi familia
Cuento aquí cómo este golpe de Estado ha influido en los comportamientos y relaciones familiares y con los demás, de los que lo vivieron y los que vinimos después.
Mi padre cumplió 18 años en Madrid el día 28 de agosto de 1936. En septiembre habría iniciado unos estudios en la universidad que nunca pudo cursar. Ese día Madrid sufrió los primeros bombardeos por parte de los sublevados. Esto fue de lo poco que me contó sobre ese momento.
Pocos meses después fue movilizado y enviado al frente de Aragón y después se unió al éxodo que atravesaba los Pirineos junto a miles de militares y civiles. Me contó de sus penalidades en ese recorrido. Acabó en el Campo de concentración de Argelés, junto a otros miles de derrotados. En cierto momento le ofrecieron volver a España, en donde podría iniciar una nueva vida. Y él se lo tragó y volvió. Y ahí se abre un periodo oscuro en mi conocimiento de su peripecia vital a su vuelta, porque en un tiempo encontró trabajo y formó una familia.
Silencio y miedo, esa era la situación. Y silencio en las familias. En las cercanías de mi adolescencia yo le veía como un ser miedoso, incapaz de plantar cara a nada ni a nadie. Observaba que, al pasar cerca de un guardia civil o de un policía, sus manos se volvían temblorosas.
Y para mí, que por esa época ya empezaba a plantearme la necesidad de luchar contra la dictadura, mi padre se convirtió en algo lejano, al que no entendía ni valoraba. Cosas como “Hijo, no te metas en líos, no te destaques”, fueron haciendo que mi distancia se fuese acrecentando.
De maquis y alemanes
Ver más
Pero es que ese silencio y sumisión es el que imperaba a toda la sociedad, junto con el miedo, pegado a la piel de las gentes.
Por papeles que descubrí en sus cajones a su fallecimiento, supe que cuando, engañado, pasó de Argelés a España, fue conducido directamente a un campo de concentración, en Rianxo, campo similar a los más de 200 que había en toda España y en donde las Juntas de clasificación definían, en función de informes y avales que recibían, quién tenía derecho a seguir viviendo y quién sufrir años de cárcel, o en otra mili, en un proceso que ellos llamaban de reeducación. Eso es lo que le sucedió a mi padre con tan solo 21 años.
Entonces pude darme cuenta e imaginar todo lo que pudo sufrir en esos lugares, las penalidades, las humillaciones, que le dejaron marcado para el resto de su vida, y también la de todos los que le seguimos. Silencio y miedo nos marcó a todos y a la sociedad en su conjunto.