Los ecos de la Guerra Civil contados por mi madre
Mi madre, Antia Cal, hija de unos emigrantes gallegos originarios de Muras —una pequeña villa de la montaña lucense—, nació en La Habana en 1923. En su biografía, titulada Ese camino que hicimos juntos, publicada en gallego, relata así sus recuerdos de la Guerra Civil siendo una niña ya de regreso en España:
Sé que mi abuelo estaba arreglando el pote de las coles, limpiando las malas hierbas, cuando supimos las primeras noticias de la Guerra Civil. Por la carretera pasaron varias camionetas con mineros de Viveiro. Iban gritando, dando voces a favor de la República. Algo pasaba. También recibíamos noticias a través de la radio. Se hablaba en los lugares, en las casas... El abuelo volvió rápidamente al Mesón, la casa familiar, para ver si los mineros habían parado. Pero siguieron adelante. De allí al poco tiempo empezamos a saber más cosas; tengo recuerdos revueltos, confusos porque ya entonces andaba yo por los 13 años. Hablé de doña Rogelia, la maestra. Al maestro, que se llamaba don Antonio, lo mataron. Tenía seis hijos. Había retirado el crucifijo de la escuela. A uno de los dos hijos lo acogió mi tío Tomás. La gente de derechas se puso muy brava.
Un día apareció por casa Julia Cerdeiras, Julita, muy amiga de la familia, íntimos del Mesón. Ya teníamos relación con ellos en Cuba. Era la hermana del alcalde de Viveiro, dentista de profesión. "Voy a Burgos... voy a Burgos", la oímos decir. Quería hablar con Franco; querían matar a su hermano porque se había mantenido fiel a la República y porque era galleguista. Fue la primera vez en mi vida que oí decir esa palabra, galleguista, siendo yo una niña. Quedó en mi cerebro como un clavo. Galleguista. Años después, cuando yo ya andaba con Antón Beiras, nos encontramos por las calles de Santiago con José Mosquera Pérez o Vello dos Contos. Era un hombre muy cariñoso, muy abierto y muy simpático. Nos abordó con aquel talante cariñoso que tenía y me espetó con una sonrisa cómplice: “Muy bien mocita, escogiste muy bien, que los galleguistas somos buena gente”.
Antón nunca me hablaba de política, al menos aquellos días, y recuerdo que cuando oí la palabra me estremecí por dentro. Era lo que decían del pobre Cerdeiras, que por más que intentó Julita yendo y viniendo, ¡no lo salvó!
Más tarde, comprobaría que Mosquera Pérez alguna razón tenía y, poco a poco, fui eligiendo mis partidarios según mi voluntad. Pero entonces temblaba como una vara verde. Antón tiró de mí, seguramente molesto por la indiscreción de su amigo, que en realidad era compañero de su hermano Manuel Beiras, militante del Partido Galeguista, y trabajaban los dos en un almacén de paquetería en la plaza de San Agustín, propiedad de Ángel Estévez, el padre de Gerardo Estévez, que más tarde sería alcalde de Santiago ya en la democracia. Mosquera Pérez fue una de las primeras figuras de la radio en lengua gallega cuando la República, y uno de los principales animadores de la recuperación de la casa de Rosalía en Padrón.
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A la casa del Mesón llegaban las noticias de la guerra, pero nosotros éramos muy niños aún como para comprender su verdadera dimensión. Me pasó algo parecido a lo que me sucedía a veces en La Habana, cuando había problemas de orden público en la calle, durante la dictadura de Machado. Mi padre me mandaba rápido para casa y yo me sentía segura porque su simple presencia nos daba seguridad.
En Muras, la referencia era el abuelo. La gente lo respetaba mucho, y él siempre procuró mantener sus principios y su línea de conducta abierta y humana. En realidad, eran los dos: mi abuelo y mi abuela. Tanto uno como la otra daban aquel de respeto que nadie se atrevía a romper. Nunca los oí discutir de política, aunque como dije antes, en la familia las mujeres se decantaron por una manera de pensar y los hombres por otra: las mujeres más conservadoras y los hombres con la República. Pero la tragedia nos hacía sufrir a todos. Del alcalde Cerdeiras, del maestro de Muras, don Antonio o de los presos de la Abelaira se habló siempre en casa con mucho respeto.
De vez en cuando, llamaban a la puerta de mi tío Carlos, que era médico, para que atendiese a alguna persona de noche. Eran los huidos, y luego los maquis. La policía, los falangistas y la Guardia Civil sospechaban de esas atenciones, pero mi tío respondía diciendo que él era médico y que un médico atiende siempre una demanda de auxilio, por lo que, si querían impedir que fuese, que le pusiesen una vigilancia en la puerta para que no pudiese salir o para evitar que viniesen en su búsqueda.