La subversión de la alegría Lucila Rodríguez-Alarcón
No hace falta volver a Lorca porque Lorca siempre ha estado ahí, como un espectro, en toda la literatura española desde su asesinato hasta hoy. Quiere uno decir que la actualidad se vive como un pelotón de fusilamiento, una guerra en las pantallas, un intento de llegar al fogonazo genial que otorga la palabra escrita antes de que estalle la próxima guerra civil, en la columna diaria o semanal que uno podría hacer porque este país no te lo acabas. Federico nos entrega un mito, un arquetipo, una manera de ser, alegre, desprejuiciada y roja, entre la tragedia y la jácara que fueron, mayormente, esculpiendo la mitología conquistada del poeta maldito, ganando más gloria, si cabe, que la de otro maldito, Rimbaud, espectro perdido en la noche oscura de la sabana africana, entre la sangre y la pólvora.
Lorca anticipó la modernidad en Europa escribiendo del lado de los homosexuales, los negros y los gitanos, contra el fascismo, el capitalismo y el heteropatriarcado. La marginalidad humana, la homosexualidad y la muerte por asesinato, a los 38 años, hacen del poeta un maudit, un hombre que nunca estuvo en su sitio, un transterrado en Madrid, en Nueva York, en Granada y en todas partes. "Entre los juncos y la baja tarde/ qué raro que me llame Federico".
Toda la psicología del poeta que nos ha legado la literatura francesa principia desde Poema del cante jondo, pasando por Diván del Tamarit, Sonetos del amor oscuro o Poeta en Nueva York. Fue un hombre trágico, "de la raza de los acusados", como de sí mismo dijo Jean Cocteau. Lorca vive en el punto de mira de un fusil desde sus primeros versos. Claro que el fusilamiento de Lorca es político y conviene recordarlo siempre y, sobre todo, ahora cuando la burguesía del Madrid D.F. trata de diluir su muerte en la etérea imagen de la España bipolar, falsaria y equidistante.
Lorca anticipó la modernidad en Europa escribiendo del lado de los homosexuales, los negros y los gitanos
No hace falta volver a Lorca porque está ahí, en Ceuta, entre la negritud y la marroquinería, entre los enfermos y las mujeres sexualmente agredidas, se hace soluble en la sangre negra de la migración, en el dolor y la alegría, en la kashba montada entre la alambrada y la playa del Trampolín. No hace falta volver a Lorca porque camina por Maspalomas, baila en Chueca y bebe por L’Example. Sigue ahí, luminoso y oscuro, como el misterio último de una vela.
Acaso su canonización, entre laica y literaria, no es sino una manera de dar por cerrado un crimen y no volver a preguntarse por los asesinos del poeta. Sería muy injusto que a Lorca se le haga justicia “poética” (que en este caso no vale) y se le envuelva después en el manto de olvido y perdón que los albaceas de la Santa Transición exigieron para los gerifaltes del pasado, llamando "pasado" a una Guerra Civil que no se termina ni tiene otro destino que ser siempre presente, ya que España vuelve a ver ondear la amenaza de la guerra en cada telediario. Y sin embargo, España continúa siendo un país estable que celebra a Lorca en cualquier momento y a cualquier hora. Y en esto, Federico es también un recuerdo inmanente que no permite la buena voluntad de olvidar aquello. Esa buena fe está llena de mala por parte de quienes salen ganando siempre con el olvido.
Afortunadamente, Lorca es mucho más. Era una enorme disonancia en aquella España de los años 20 y 30. Lorca nos da una Andalucía teórica, lírica y trágica, toda una nación opuesta al producto que venden los Quintero, los Romero de Torres y el folclorismo/casticismo de que gusta y gustaba el Madrid de los terratenientes. Lorca, para la buena burguesía, para el motor inmóvil del Madrid vigente, siempre fue un maldito que anticipó la España plural, progresista y plurinacional. Su muerte trae causa de su vida, subrayada por el crimen. Su sangre en el Barranco de Víznar es la rúbrica final del rencor y la inquietud que suele despertar el genio en los sonámbulos. Qué raro que se llame Federico.
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