De la Espriella gestiona el terremoto entre las trabas a la ayuda exterior y críticas por su puesta en escena

El presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella (c), visita este viernes, una zona devastada por el terremoto de magnitud 7,4 en Quibdó (Colombia).

Una semana después del terremoto en Colombia, la gestión del nuevo presidente del país, Abelardo de la Espriella, empieza a verse marcada tanto por los problemas de coordinación y las polémicas como por la propia respuesta a la emergencia. A la movilización de miles de efectivos y los anuncios para atender a los damnificados se han sumado cambios de criterio sobre la llegada de ayuda internacional, trabas a algunos equipos extranjeros de rescate y una comunicación cada vez más centralizada en la figura del presidente.

El seísmo deja ya 289 muertos y más de 4.000 heridos, además de decenas de desaparecidos. Durante estos días, De la Espriella ha recorrido algunas de las zonas más afectadas, ha supervisado operativos y anunciado ayudas y medidas para afrontar una reconstrucción que empieza a convertirse en el otro desafío de su Gobierno.

Las polémicas llegan después de que, en las primeras horas posteriores al terremoto, el Ejecutivo aprovechara para ejecutar varios de sus principales giros en política exterior, entre ellos el acercamiento a Israel y la ruptura con la República Saharaui. Superado ese primer episodio, la atención se ha desplazado ahora hacia cómo ha administrado De la Espriella la emergencia durante su primera semana en el poder.

El rechazo inicial a los rescatistas extranjeros

Uno de los principales focos de controversia ha sido la recepción de ayuda internacional. En las primeras horas, las autoridades colombianas trasladaron que el país disponía de suficientes equipos nacionales de búsqueda y rescate y que las necesidades se concentraban principalmente en alimentos, medicamentos, material sanitario y otros suministros.

El criterio fue cambiando a medida que avanzó la emergencia y acabaron abriendo la puerta a la llegada de grupos especializados de Estados Unidos, Israel, Ecuador y El Salvador, mientras otros ofrecimientos permanecían pendientes de autorización.

El caso de México evidenció especialmente las dificultades de coordinación. El Gobierno de Claudia Sheinbaum puso a disposición de Bogotá un equipo militar especializado en búsqueda entre estructuras colapsadas, pero los rescatistas no recibieron inicialmente autorización para desplazarse. Días después, la presidenta mexicana explicó que Colombia les había solicitado una certificación adicional.

Desde el Gobierno colombiano trataron entonces de desvincular al nuevo Ejecutivo de la negativa inicial. El ministro del Interior, Rodrigo Lara, señaló a Javier Pava, director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) durante el Gobierno de Gustavo Petro y todavía en el cargo cuando se produjo el terremoto. Pava había firmado una comunicación señalando que Colombia no necesitaba activar equipos internacionales de búsqueda y rescate porque las capacidades nacionales eran suficientes.

El exdirector reconoció la existencia del documento, pero defendió que respondía a la información disponible en aquel momento. También aseguró posteriormente que, cuando preguntó por posibles ofrecimientos procedentes de México y Chile, le comunicaron que no existían propuestas de ayuda de esos países.

La explicación del nuevo Gobierno, sin embargo, no acaba de resolver todo el episodio. Pava ya había sido sustituido cuando Sheinbaum explicó públicamente que sus rescatistas continuaban sin viajar porque Colombia exigía otra certificación. Las trabas al equipo mexicano, por tanto, se prolongaron después del cambio en la dirección de la UNGRD.

Las dudas sobre quién coordinaba la ayuda exterior también llegaron desde China. Su embajador en Bogotá reclamó públicamente y con carácter urgente que el Gobierno identificara a un interlocutor para organizar la asistencia ofrecida por Pekín. El Salvador, pese a la cercanía política de Nayib Bukele con De la Espriella, también explicó inicialmente que Bogotá había comunicado que no necesitaba rescatistas ni personal sanitario.

Una emergencia acaparada por De la Espriella

El terremoto sorprendió además al nuevo Gobierno en plena transición. De la Espriella llevaba apenas tres días como presidente y varios organismos clave continuaban bajo responsables nombrados por Petro, entre ellos la UNGRD. En ese escenario, el presidente fue concentrando progresivamente la dirección política y también el relato público de la emergencia. Después de las primeras intervenciones de responsables técnicos y miembros del Ejecutivo, la Presidencia pasó a protagonizar los principales balances y anuncios.

De la Espriella ha multiplicado desde entonces sus desplazamientos a las zonas afectadas, donde ha anunciado ayudas, visitado centros de coordinación y mantenido encuentros con damnificados. También ha colocado a la primera dama, Ana Lucía Pineda, en un lugar destacado dentro de la campaña destinada a canalizar donaciones privadas. La estrategia ha permitido al presidente proyectar una imagen de presencia permanente sobre el terreno, aunque algunas de esas apariciones han generado el efecto contrario al buscado.

Ya durante las primeras horas del terremoto, De la Espriella fue criticado por aparecer sonriente, saludar y lanzar besos antes de una comparecencia sobre las consecuencias del seísmo, unas imágenes que rápidamente circularon por las redes sociales.

A esa escena se ha sumado ahora otra. Durante una visita a Quibdó, una de las zonas afectadas por la catástrofe, el presidente apareció repartiendo balones de fútbol entre los vecinos, algunos con el lema Defensores de la patria. Las imágenes volvieron a desatar críticas por la elección del gesto en una región donde numerosas familias continúan pendientes de recibir ayuda y recuperar sus viviendas. En uno de los vídeos difundidos en redes se escucha incluso a una mujer cuestionar lo que había llevado el mandatario: “¿Y balón es que trajo?”.

Del rescate a la reconstrucción 

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Con las operaciones de búsqueda entrando en una nueva fase, la prioridad empieza ahora a desplazarse hacia la atención a los damnificados y la reconstrucción de las zonas destruidas. El terremoto ha dejado decenas de miles de viviendas destruidas o dañadas, además de colegios, centros sanitarios e infraestructuras afectadas. Las dificultades son especialmente graves en zonas rurales y aisladas del Chocó y del Pacífico, donde el acceso complica la llegada de recursos.

De la Espriella ha anunciado una emergencia económica para movilizar fondos, subsidios para las personas que no puedan regresar a sus hogares y diferentes planes para reconstruir viviendas e infraestructuras. También ha buscado financiación exterior y asistencia de organismos internacionales.

La llegada de esos recursos abre ahora una segunda etapa de la crisis. Si durante la primera semana las principales controversias estuvieron relacionadas con quién podía acudir a ayudar, quién tomaba las decisiones y cómo comunicaba el presidente sus actuaciones, la reconstrucción obligará al Gobierno a demostrar su capacidad para convertir los anuncios en ayudas efectivas.

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