¿Qué tetas no molestan en el verano del Ozempic?

¿Hay una teta que no moleste? Se lo pregunta en un vídeo viral la directora de ópera Marta Eguilior, que tuvo que enfrentarse a la seguridad de un hotel en Chiclana por hacer topless en su piscina. Lo mismo le pasó hace pocos días a una mujer en un pueblo de Segovia donde, después de 30 años enseñando las tetas, tuvo que ser identificada por la Guardia Civil a petición de la alcaldesa de dicho pueblo ante semejante comportamiento y tras la desaprobación de una bañista de unos 20 años. Ninguna sorpresa, aunque toda la decepción comprobar que esa policía moral es liderada en muchas ocasiones por otras mujeres, sin embargo, como ha sucedido otros veranos antes, ambas pudieron comprobar con sus pesquisas y su resistencia a las autoridades puritanas que no existe norma estatal alguna que prohíba enseñar las tetas en lugares como las piscinas o playas. No obstante, la regla social pervive, se reproduce en algunos lugares privados y la percepción de este verano es generalizada. Hay menos mujeres en espacios públicos haciendo topless, con lo que la pregunta es necesaria: ¿por qué todavía (o incluso cada vez más) es problemático enseñar nuestro pecho?

Eguilior lanza algunos argumentos sobre los que merece la pena discutir, porque este verano, en 2026, está siendo el verano del retorno de lo conservador, y como punta de lanza de toda esa ola, también el verano del retorno de la extrema delgadez. Se pregunta Eguilior, con toda la razón, si sigue teniendo algún sentido que en el 2026 hombres y mujeres tengamos normas diferentes para algo tan básico como enseñar nuestro cuerpo, fundando su expulsión simbólica de la piscina por el hecho de tener vulva. Cabe preguntarse si el pecho de una mujer trans hubiera sido censurado de un modo diferente, y, sobre todo, merece la pena preguntarse si el dispositivo que moraliza y censura nuestras tetas lo hace examinando los genitales. Me atrevo a decir que ni una cosa ni la otra son ciertas. Más bien al contrario, lo que está en juego cuando se nos pide que tapemos nuestros cuerpos no es la esencia de lo que una mujer es, sino qué se nos permite hacer como mujeres que somos. Dicho de otro modo, no se trata tanto de denunciar al enemigo como de explicar qué eje de dominación es el que hace que no podamos hacer topless en la playa con la misma normalidad que hace un par de veranos o, peor aún, que haya mujeres jóvenes dispuestas a denunciar a otras por hacerlo. Entonces la pregunta que nos ocupa es aún más profunda. ¿Qué molesta y de qué cuerpos?

La reivindicación por librar los domingos y las domingas no es solo una cuestión ni de género ni de peso, ni siquiera de erotismo, sino más bien un debate sobre el contenido de nuestra libertad en lo que tiene que ver con la dignidad y la integridad de nuestros cuerpos

En esta tarea, sale igual de caro el esencialismo que la gordofobia. Eguilior denuncia cómo a un hombre gordo no le pondrían ningún problema por enseñar las tetas, aunque sus tetas sean más grandes que las de ella. Esta comparación resulta problemática por varios aspectos. En primer lugar, no parece que la prohibición del topless tenga que ver con el tamaño de lo enseñado, por lo que es particularmente torpe señalarlo. Y en segundo lugar, porque no parece razonable desear un privilegio que se sostiene en lo indeseable, y es que no podemos obviar que el mismo régimen que condena el topless expulsa lo gordo del deseo, haciendo invisible el cuerpo mostrado, decidiendo de forma en muchas ocasiones violenta que ese cuerpo no merece ser mirado.

Sin embargo, esto no nos puede hacer pensar que un cuerpo invisible a estos ojos es un cuerpo menos vigilado, sino más bien lo contrario. Los cuerpos de las mujeres y los cuerpos de los hombres están atravesados por un mismo régimen que se expresa en diferentes mandatos (de género, de peso, de aspecto), que no es otro que el patriarcal, que convierte en deseables unos cuerpos y desecha otros. Por ello, y del mismo modo que opera en nosotras el privilegio de lo masculino, nos encontramos este verano asfixiadas por el privilegio de la delgadez, una de las inevitables consecuencias de la industria farmacéutica que se enriquece con nuestro deseo de languidecer. La diferencia entre las instrucciones que reciben ambos cuerpos incorrectos, el de la mujer delgada en topless y el hombre gordo con tetas, es que la segunda orden tiene un mercado especialmente boyante en este verano del Ozempic.

En el momento en el que el look es la delgadez y la clavícula marcada la mejor joya que puedes llevar puesta, de poco sirve quejarnos de que a un gordo le dejan enseñar las tetas a pesar de su tamaño. Sirva por un lado esto para recordar que no son los hombres los enemigos en nada de esto, sino más bien quienes salen ganando con la censura de los cuerpos y la idea de que lo desnudo es problemático o lo sexualizado, algo a evitar. Y, por otro, ¿dónde quedan en todo esto las tetas de una mujer gorda como esta que escribe? ¿Alguien de verdad cree que la violencia que una mujer delgada y una mujer gorda sufren por enseñar las tetas es la misma? ¿Es la misma para una mujer blanca que una negra? ¿Para una rica que para una pobre? ¿Es lo mismo enseñar las tetas en la piscina de tu pueblo que en un hotel del Riu? ¿Qué pensamos de las mujeres que no tienen tetas ya o nunca las tuvieron?

Lo gordo, lo feo o lo deforme merece enseñarse con el mismo gusto que lo que llamamos hoy por hoy bello. Lo gordo es bello. Por ello, la reivindicación por librar los domingos y las domingas no es solo una cuestión de género ni de peso, ni siquiera de erotismo, sino más bien un debate sobre el contenido de nuestra libertad en lo que tiene que ver con la dignidad y la integridad de nuestros cuerpos. Es evidente que muchas mujeres van a sentir que tienen que cubrir su cuerpo hoy en la playa, probablemente más aún si sus cuerpos son también cuerpos gordos, marrones o discas. Y no lo van a sentir únicamente porque haya un socorrista o bañista que se queje, sino porque nuestros cuerpos nadan en un régimen que castiga todo aquello que los hace precisamente ser cuerpos.

La pregunta ya no puede seguir siendo qué teta no molesta, porque esa teta —perfecta, ideal, mediana, levantada, sin pelos, sin género, sin gravedad, sin estrías, sin vida— sencillamente no existe. La pregunta es más bien qué forma de mirar nuestros cuerpos es útil para ser más libres. Y por todo ello, no hay mayor acto de resistencia feminista hoy que mirarnos a nosotras mismas desde otro lugar, y la que pueda, que enseñe las tetas.

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Ángela Rodríguez 'Pam' es ex secretaria de Estado de Igualdad.

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