Pensar Andalucía
Como alumno de los Escolapios de Granada, tardé poco en saber quién era y qué había significado la figura de Blas Infante. El padre Enrique Iniesta nos hablaba en sus seminarios de él, y no sólo porque hubiese sido alumno de los Escolapios de Archidona, sino porque representaba una manera de pensar Andalucía y el progreso inseparable de una justicia social propia del cristianismo. Cuando alguien le preguntaba si Blas Infante se había hecho islamista, por amor al Sur, a Marruecos y a la tumba de Muhámmad al-Mutamid, el padre Iniesta intentaba no perder la paciencia al explicarnos que confundir las cosas era siempre el recurso de los tramposos y que Blas Infante había sido progresista y había mantenido sus compromisos con la iglesia católica.
Cuestión de vida y de Estatutos. Cuando al principio de los años 80, como estudiante y joven profesor de la Universidad de Granada, participé en las movilizaciones en favor del proceso autonómico de Andalucía, para que nuestro Estatuto tuviese el mismo valor que los Estatutos de las llamadas comunidades históricas, no conservaba ya mi compromiso con la iglesia católica. Estaba, eso sí, muy agradecido a sacerdotes escolapios como el padre Iniesta. Agradecía que me hubiesen hablado de Blas Infante y hubiesen insistido en que resultaba muy difícil la entrada de los ricos en el reino de los cielos, tan difícil como que un camello entrase por el ojo de una aguja.
Alumno de la Universidad de Granada, en la que también había estudiado Blas Infante, viví una época de conflictos sociales. Y cualquier debate, ya fuese sobre la poesía, la política, el desarrollo económico, los sindicatos o las identidades nacionales, acababa por relacionarse con la justicia social. La libertad quería ser inseparable de la igualdad. Y en esa dinámica admiré a un andaluz de Casares que había sido fusilado en 1936, en la carretera entre Coria y Sevilla, porque su ideal andalucista no era una celebración folclórica de tablado superficial, sino un compromiso ético con la sociedad de las naciones, el republicanismo federal y la izquierda radical socialista.
Sus ideales le costaron la vida en 1936, igual que a Federico García Lorca, igual que a miles y miles de andaluces, miles y miles de españoles. Conviene recordar a Blas Infante
El autor de El ideal andaluz se sentía heredero del krausismo que había animado la Institución Libre de Enseñanza, había estudiado a Costa, había conocido el pensamiento fisiócrata norteamericano. Así que su amor a la tierra formaba parte de una búsqueda política en la que debían encontrarse caminos para unir la España oficial con la España real. La organización del Estado no podía ser una mentira acordada al servicio de los poderosos, sino una respuesta a la dignidad de la vida y a la realidad de los ciudadanos. Y en ese camino se unían las búsquedas republicanas de una nueva política con la lucha contra un centralismo que, de manera estratégica, favoreció en la segunda mitad del siglo XIX las economías de Cataluña y Euskadi, desentendiéndose de la realidad andaluza, condenada al caciquismo y la pobreza.
Blas Infante traicionado
Ver más
De ahí que las lecciones de Cambó y Pi y Margall, el orgullo de las identidades y las apuestas por el federalismo, se llenasen de contenido social en el andalucismo de Blas Infante. Era un notario, un respetado profesional, un ciudadano que se había comprometido con su sociedad para hacerla más justa. Por eso se convirtió en una referencia a principio de los años 80, cuando España necesitaba profesionales que se comprometiesen con la puesta en marcha de la democracia y Andalucía se sentía obligada a pensar en su futuro. Frente a las estrategias de una derecha que intentó justificar territorios autonómicos de primera y de segunda categoría, Blas Infante representaba un orgullo andaluz comprometido con “España, el mundo y la humanidad”, un modo de orgullo dispuesto a valorar lo propio, pero no en la voluntad de aislamiento, sino en el deseo de configurar comunidades nacionales e internacionales basadas en la igualdad y el respeto.
La justicia empezaba en la propia casa. El federalismo de Blas Infante era inseparable del recuerdo de la pobreza rural que había conocido en Andalucía. Las dificultades del campesinado andaluz le hicieron identificar la reivindicación de la propia identidad con la defensa de la dignidad humana, inseparable de la justicia económica y de los valores de la igualdad.
Sus ideales le costaron la vida en 1936, igual que a Federico García Lorca, igual que a miles y miles de andaluces, miles y miles de españoles. Conviene recordar a Blas Infante.