AMÉRICA LATINA
La doctrina Trump se impone en América Latina: del petróleo venezolano a la sumisión de nuevos aliados
Estados Unidos ha puesto su ojo, su cartera y sus cañones en América Latina, un territorio que siempre ha considerado como su patio trasero. Nueve meses después de aprobar la Estrategia de Seguridad Nacional, Donald Trump hace caja en su protectorado de Venezuela mientras marca con una cruz los países en los que va sumando aliados que replican el guion del populismo reaccionario. La injerencia de Washington en la región se despliega sin sutilezas y conlleva contrapartidas económicas y comerciales. El caso más evidente es el del petróleo venezolano, un suculento negocio para la Casa Blanca desde que ordenó el secuestro de Nicolás Maduro en Caracas a principios de año.
Trump no lo pudo expresar más claramente la semana pasada en Las Vegas. “Al vencedor le pertenecen los despojos”, llegó a decir en referencia al gigantesco botín de guerra incautado, las mayores reservas de crudo del planeta: “Estamos tomando mucho petróleo de Venezuela. Miles de millones de barriles de petróleo. Como saben, fue una guerra de 48 minutos y pagamos esa guerra con lo que obtuvimos de allí, muchas, muchas veces más. Es la vieja forma de hacerlo, ¿verdad?”.
La agresión militar contra Venezuela, ejecutada en la madrugada del 3 de enero, descabezó al régimen chavista e impuso una sucesión con la exvicepresidenta Delcy Rodríguez como interlocutora privilegiada. Washington pasó a controlar con mando a distancia el jugoso negocio petrolero del país. Según cálculos del diario Financial Times basados en registros de la plataforma de seguimientos marítimos Kpler y estimaciones de precios de materias primas de la compañía Argus, Estados Unidos habría recaudado ya unos 13.000 millones de dólares procedentes de la venta de crudo venezolano. El dinero de la factura petrolera se administra a través del Departamento del Tesoro, según una orden ejecutiva aprobada en enero. Aunque en principio esos ingresos deben ir destinados a la estabilización económica de Venezuela, la Casa Blanca no ha suministrado información al respecto, una falta de transparencia que han denunciado varios congresistas demócratas.
Un hemisferio para EEUU
Mientras en Venezuela se afianza el régimen de protectorado, Estados Unidos ha ido moviendo sus piezas en el tablero latinoamericano durante todo el año para cumplir lo expuesto en la Estrategia de Seguridad Nacional. El denominado corolario Trump o doctrina Monroe —una revisión de la consigna “América para los americanos” que hiciera célebre el presidente James Monroe en 1823— resume en pocas líneas el interés de Washington en controlar Latinoamérica: “Tras años de descuidos, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar su preeminencia en el hemisferio occidental. Para proteger nuestra patria y nuestro acceso a puntos clave de la región, negaremos a nuestros competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas […] o de poseer activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio”.
Sin mencionar a China, el objetivo último de la nueva política norteamericana con respecto al “hemisferio occidental” es expulsar al gigante asiático de un territorio que Washington considera una extensión de sus fronteras. Durante las últimas décadas, Pekín se ha asentado en la zona con grandes inversiones económicas y un intercambio comercial que no ha parado de crecer. Trump quiere cortar esos lazos y para ello precisa de la colaboración de gobiernos aliados.
Para reafirmar su posición de fuerza, el Departamento de Estado publicó el martes un vídeo en la red X en el que repasa los “hitos” de la Doctrina Monroe desde sus inicios para frenar la recolonización del continente por parte de las potencias europeas hasta la caída de Maduro. No es casual que la presentación del material propagandístico haya corrido a cargo del embajador norteamericano en Panamá, Kevin Marino Cabrera. Al iniciar su segundo mandato en enero de 2025 Trump no ocultó su deseo de retomar el control del canal de Panamá y frenar la expansión china en ese país, una idea que nunca ha desechado por completo.
“La Doctrina Monroe ha moldeado la política exterior de EEUU durante más de dos siglos”, señala el Departamento de Estado en un mensaje en el que se resaltan las declaraciones hechas en su día por Trump: “Bajo nuestra estrategia de seguridad nacional, el dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ser cuestionado”.
Nuevos aliados
En el documento aprobado en diciembre se advierte de que Estados Unidos “alentará” la llegada al poder de partidos y movimientos políticos afines a sus intereses en materia de control migratorio, combate al narcotráfico y una política de libre mercado que favorezca a las empresas estadounidenses. El intervencionismo se ha erigido en un arma fundamental para implantar la hegemonía política, económica y comercial de Washington.
Poco antes de que se aprobara la Doctrina Monroe, Trump ensayó la fórmula en Argentina. Javier Milei estaba contra las cuerdas en octubre de 2025 tan sólo unas semanas antes de que se celebraran las elecciones legislativas de medio mandato. Sin reservas de divisas en el Banco Central, la oposición peronista se frotaba las manos ante una inminente debacle electoral de La Libertad Avanza, el partido del histriónico presidente argentino. La Casa Blanca intervino rápidamente girando un préstamo de 20.000 millones de dólares a Buenos Aires, una maniobra que cambió el rumbo de la campaña.
Otro ensayo más se produciría semanas después en Honduras, laboratorio del juego sucio que la Casa Blanca aplica en la región. El apoyo de Trump al ultraconservador Nasry 'Tito' Asfura fue decisivo en su triunfo electoral. “¡Espero que el pueblo de Honduras vote por la libertad y la democracia y elija a Tito Asfura como presidente!”, escribió el mandatario norteamericano en su red social unos días antes de los comicios. Al mismo tiempo, la Administración estadounidense indultaba al expresidente derechista Juan Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos a 45 años de prisión por narcotráfico.
En los primeros días de 2026 Trump resucitaba la denominada diplomacia de cañoneras de Monroe. Cientos de aeronaves bombardeaban Caracas mientras un comando de la Delta Force secuestraba a Maduro y su mujer, Cilia Flores, en una operación relámpago. Fue una maniobra a la antigua usanza, como dijo Trump la semana pasada, un golpe de Estado de manual, como los perpetrados por fuerzas locales apoyadas por la CIA en la Guatemala de Jacobo Arbenz en 1954 o en el Chile de Salvador Allende en 1973.
Al expresidente colombiano Gustavo Petro no hizo falta derrocarlo. Su mandato expiraba este año y Estados Unidos decidió esperar pacientemente hasta la celebración de elecciones en mayo y junio. Tanto la candidata del uribismo, Paloma Valencia, como el ultra Abelardo de la Espriella encajaban en el perfil demandado por el Departamento de Estado. De la Espriella barrió a la derecha tradicional en la primera vuelta y se impuso más tarde al progresista Iván Cepeda por un estrecho margen de votos. Petro y Cepeda denunciaron la injerencia de la Casa Blanca en el proceso electoral. Admirador de Trump, donante de su campaña y nacionalizado estadounidense, el flamante presidente de Colombia es un clon criollo de su mentor republicano. Tras tomar posesión de su cargo el pasado 7 de agosto, recibió el primer regalo de Washington: un cheque de mil millones de dólares para políticas de seguridad.
Previamente había entrado en el club otro socio estratégico: Perú. La victoria de la derechista Keiko Fujimori, hija del expresidente Alberto Fujimori (ya fallecido y quien fuera condenado por delitos de lesa humanidad), fue mucho más ajustada que la obtenida por De la Espriella. Keiko derrotó al izquierdista Roberto Sánchez gracias a los votos de los peruanos residentes en el extranjero. Tanto Colombia como Perú han confirmado su participación en el Escudo de las Américas, el ambicioso proyecto militar de Trump para combatir al crimen organizado.
Con los triunfos electorales de Fujimori y De la Espriella, el mapa de América Latina ha quedado trufado de gobiernos de derecha y extrema derecha afines, en mayor o menor medida, al ideario trumpista. El Salvador (Nayib Bukele), Panamá (José Raúl Mulino), Costa Rica (Laura Fernández), Ecuador (Daniel Noboa), Paraguay (Santiago Peña), Argentina (Javier Milei), Chile (José Antonio Kast) y Bolivia (Rodrigo Paz) han mostrado su sintonía con el magnate republicano.
Con los triunfos electorales de Fujimori y De la Espriella, el mapa de América Latina ha quedado trufado de gobiernos de derecha y extrema derecha afines, en mayor o menor medida, al ideario trumpista
Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, de origen cubano, centran ahora sus esfuerzos en la isla que ha desafiado a Estados Unidos desde 1959. El ilegítimo bloqueo petrolero impuesto por Washington a Cuba se prolonga ya durante varios meses y ha dejado al país al borde del abismo. Como en el caso venezolano, el interés de la Casa Blanca es tanto político como económico. Si La Habana cae, Trump y Rubio brindarán por el fin de la Revolución y también por el reparto del negocio turístico para las empresas norteamericanas (tras la fuga obligada de las españolas), entre otros “despojos” que arrebatarán a los vencidos.
Mientras Cuba se tambalea y sus gobernantes hacen malabares para abrazar la vía vietnamita como mecanismo de supervivencia, en el Despacho Oval se preocupan ya por la verdadera joya de la corona latinoamericana: Brasil. Luiz Inácio Lula da Silva aspira a un cuarto mandato en octubre. Su rival será Flávio Bolsonaro, primogénito del expresidente Jair Bolsonaro, quien cumple prisión domiciliaria por golpismo. La Casa Blanca debe hilar fino para aupar al candidato de la ultraderecha sin que el sentimiento nacionalista encumbre aún más a Lula, como ocurrió con la guerra de los aranceles.
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América Latina no ha sido ajena al tsunami trumpista que sacude medio mundo y que las redes sociales y determinados medios de comunicación se encargan de propagar. La pobreza y la desigualdad, verdaderos obstáculos para el progreso de los países latinoamericanos, han dejado de ser asuntos prioritarios en las agendas públicas. Ahora, la seguridad y el control migratorio ocupan ese espacio, un marco emocional claveteado hasta la extenuación en la esfera de la opinión pública por los epígonos latinos del inquilino de la Casa Blanca. Así se explica que un depredador de los derechos humanos como Bukele, que ha encarcelado en El Salvador a cientos de inocentes en su lucha contra las pandillas, sea considerado un ejemplo a seguir.
La izquierda, mientras, se repliega en los dos reductos progresistas que resisten en Latinoamérica: México y Brasil. Desde algunos púlpitos mediáticos y think tanks se achaca en parte el auge de la extrema derecha al supuesto fracaso de los gobiernos de izquierdas precedentes. Sin embargo, si bien la corrupción ha sido transversal a uno y otro lado del espectro político, las transformaciones sociales fueron una realidad, con mayor o menor intensidad, en el Brasil de Lula, la Venezuela de Chávez, la Argentina de los Kirchner, el Ecuador de Correa y, más recientemente, en el México de López Obrador y Sheinbaum y la Colombia de Petro.
De momento, el oleaje ultraconservador parece imparable. La doctrina Trump cabalga a rienda suelta en América Latina.