Hombres florero Miguel Lorente Acosta
Un médico de 41 años, hijo de un inmigrante egipcio, acaba de dar una lección de política que conviene explicar bien, porque tiene mucho más que ver con España de lo que parece a primera vista. Se llama Abdul El-Sayed, ha ganado las primarias demócratas al Senado en Míchigan y lo ha hecho a pesar de que el lobby proisraelí más poderoso de Estados Unidos se gastó una fortuna para impedirlo. Vayamos por partes.
Antes de ser candidato, El-Sayed fue médico epidemiólogo. Nació el 31 de octubre de 1984 en Rochester Hills, un suburbio de Detroit, hijo de un ingeniero egipcio inmigrante. Estudió en la Universidad de Míchigan, se doctoró en Oxford como becario Rhodes y se sacó la carrera de Medicina en Columbia, donde llegó a dar clases de epidemiología.
Pero lo suyo no ha sido la consulta médica, sino la gestión pública. En 2015 se puso al frente del Departamento de Salud de Detroit, una ciudad que salía de la quiebra y necesitaba reconstruir sus servicios básicos desde cero. Después dirigió la sanidad y los servicios sociales del condado de Wayne, el más poblado de Míchigan, con 1,8 millones de habitantes. En ese cargo hizo cosas muy concretas: quitó el plomo de las tuberías de las escuelas, generalizó el acceso a la naloxona para revertir las sobredosis y puso en marcha un plan que cancelará hasta 700 millones de dólares de deuda médica a 300.000 personas.
Es decir: no es un influencer reconvertido en político. Es un gestor público con resultados medibles, algo que conviene subrayar en tiempos de perfiles políticos hechos solo de titulares.
Tampoco es la primera vez que se presenta a unas elecciones. En 2018 fue a por la gubernatura de Míchigan con el apoyo de Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez, y perdió por más de 20 puntos. No tiró la toalla: fundó un comité de acción política progresista y se hizo un hueco en los medios con su pódcast America Dissected. Siete años después, ha ganado.
Aquí está la parte que de verdad importa. El pasado 4 de agosto, El-Sayed derrotó a la congresista Haley Stevens —la candidata oficialista, la que tenía detrás al aparato del Partido Demócrata— por un margen mínimo: 48,5% frente a 47,5%, poco más de 14.000 votos de diferencia.
Y lo hizo pese a esto: el AIPAC (el American Israel Public Affairs Committee, el lobby proisraelí más influyente de Estados Unidos) se gastó más de 30,6 millones de dólares para apoyar a Stevens o atacar directamente a El-Sayed. Es la mayor inversión que esa organización ha hecho jamás en una sola elección. Si sumamos otros grupos afines —incluida una entidad de dinero opaco que no ha revelado quién la financia, llamada A Stronger Michigan—, el total movilizado contra El-Sayed rozó los 75 millones de dólares. Su propia campaña gastó menos de cinco millones.
Hagamos la cuenta fácil, porque vale la pena verla escrita: por cada voto que consiguió El-Sayed se gastaron nueve dólares. Por cada voto que le quitaron, 95. 11 veces más.
¿Cómo se compensa eso? No con más dinero, porque no lo había. Se compensa con gente: más de 10.000 personas voluntarias tocando puertas, pequeñas donaciones ciudadanas y un mensaje que cabía en una frase, repetido sin descanso: “sacar el dinero de la política, meter dinero en el bolsillo de la gente y sanidad universal”.
La militancia y el contacto directo con el votante siguen pesando más de lo que el márketing político moderno quiere reconocer
Y aquí viene la jugada maestra: en lugar de esconder el ataque de AIPAC, El-Sayed lo convirtió en su mejor argumento. Lo dijo así de claro: “no están gastando para mantener nuestro dinero aquí, están gastando para enviarlo allá”. Y en el debate final, mirando a Stevens: “la diferencia entre nosotros son 46 millones de dólares de gasto del AIPAC”. No se defendió del ataque: lo señaló, lo puso en el centro del debate y lo capitalizó.
Sí. Es prácticamente el mismo guion que llevó a Zohran Mamdani a la alcaldía de Nueva York: joven, musulmán, crítico con la política de Israel, ignorado por su propio partido, superado en gasto por un aparato corporativo, y ganador a base de campaña de calle. No es casualidad: El-Sayed lo ha reconocido abiertamente como referencia.
Pero conviene no venirse arriba. El-Sayed ganó por menos de 15.000 votos, sin llegar al 50% de apoyo, en un estado que Donald Trump se llevó en 2024. No es una ola imparable. Es una grieta real en el muro del establishment, pero una grieta estrecha. El propio candidato tendrá que reconstruir puentes con el ala moderada del partido antes de medirse en noviembre al republicano Mike Rogers.
Más de lo que parece. Cuatro ideas para llevarse puestas:
1º) El dinero opaco en política no es invencible si lo señalas con nombre y apellidos. El-Sayed no ganó escondiéndose del gasto de AIPAC: ganó explicando, con cifras concretas, quién pagaba y por qué. En un país como España, donde la financiación de partidos y las puertas giratorias siguen siendo un punto ciego para buena parte del electorado, esta es la lección más exportable: nombrar al donante desactiva más que denunciar en abstracto la desigualdad.
2º) La estructura de base todavía gana elecciones. Diez mil voluntarios pisando la calle compensaron una diferencia de gasto de 11 a uno. No es un eslogan de manual de campaña: son datos. La militancia y el contacto directo con el votante siguen pesando más de lo que el márketing político moderno quiere reconocer.
3º) Un mensaje simple y económico conecta más que la confrontación identitaria por sí sola. Sanidad, deuda, poder corporativo: esos fueron los ejes. Israel llegó después, enganchado a esa misma narrativa sobre quién controla el dinero de la política. El orden de los factores, aquí, sí altera el producto.
4º) Ganar unas primarias no es ganar unas elecciones generales. Conviene recordarlo antes de sacar demasiadas conclusiones: lo de El-Sayed es una victoria interna, ajustadísima, en un terreno hostil. La verdadera prueba llega en noviembre.
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José González Arenas es secretario de Medio Ambiente del PSOE de Córdoba.
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