Gracias a infoLibre Luis García Montero
Imagino a las comentaristas de derechas diciendo: “¡Ahora resulta que hasta el eclipse es woke!” O bien: “¡La atención al eclipse es cosa de Sánchez para que no hablemos de Ceuta!” En realidad, han dicho las dos cosas, así que si alguien va a criticarme por este atrevido artículo, que sepa que ellos empezaron antes y que pienso que, en realidad, tienen razón, que también el eclipse puede leerse en clave política.
Lo cierto es que después del eclipse me lancé a las redes para leer las impresiones de unos y otros sobre el fenómeno del que toda España hablaba, porque tenía una intuición. Una intuición que se reveló cierta según nos alejábamos del momento concreto en que se produjo, y es que pasadas las horas, pasados ya algunos días y según nos alejábamos del momento concreto, iba percibiendo que a muchas personas de extrema derecha con voz pública (comentaristas, influencers, pseudoperiodistas…) aquello no les había gustado nada y que estaban ya construyendo un contrarrelato que afirmaba que el fenómeno en sí no había tenido nada de especial y que, en todo caso, el espectáculo de cientos de miles de personas mirando al cielo al mismo tiempo “con cara de bobos” les había parecido una exageración, ridículo y patético.
Es muy evidente el clasismo de muchas de estas personas. Cuando muchos influencers de derechas se vieron participando de la misma ilusión que prácticamente todo el mundo, dieron un paso atrás. Cuando se percataron de que tener un yate, una finca o un jardín no otorgaba ningún privilegio sobre la masa que lo veía y disfrutaba sentada en un secarral… la ilusión se matizó. No se sentían cómodos compartiendo el entusiasmo con quienes habían buscado una buena ubicación a la que poder llegar en autobús y allí que se fueron cargados con las sillas de playa, la fiambrera y la familia.
Porque un espectáculo que nos permite disfrutar a todos con la misma intensidad nos demuestra que somos mucho más iguales de lo que parece; y eso se permite, o se fomenta, con el fútbol, pero con pocas cosas más. Porque el fútbol, los deportes, todas aquellas cosas que el capitalismo procura que nos unan son siempre estrechamente identitarias, relacionadas con la competición, la victoria o la fuerza y siempre, siempre, se pueden usar contra alguien. No se fomenta aquello que nos pueda unir como humanidad, pero mucho menos si esto que nos une está relacionado con la belleza. Sentir en común una emoción profunda y que esta tenga que ver con lo bello, lo profundo, con lo que nos hace iguales, es subversivo. Mucho más si la cosa en sí no cuesta dinero, ni esfuerzo, ni requiere capacidad personal alguna, sino sólo de dejarse estar y de, en parte, abandonarse.
Un espectáculo que nos permite disfrutar a todos con la misma intensidad nos demuestra que somos mucho más iguales de lo que parece
Además, y en esto coincidimos casi todos los que nos maravillamos esa noche, el eclipse nos produjo un cierto estremecimiento interior que no tuvo el mismo significado para todos, pero que se relacionaba con emociones que no son aquellas que la derecha fomenta precisamente. La gratuidad de la belleza que nos ofrece la naturaleza, la conciencia de nuestra pequeñez y, por eso mismo, quizá, la conciencia de lo común y del cuidado necesario. Somos la misma humanidad vagando por el cosmos en un planeta frágil que estamos arrasando. Esta es nuestra casa y no tenemos otra. Y ese conocimiento fue un chispazo, quizá no del todo consciente, pero estaba ahí.
Me sorprendió que sin que fuera especialmente premeditado ni fuera un asunto del que se hablara mucho en los días previos, casi todo el mundo quisiera ver el eclipse con la gente que ama: familia, amigos, parejas. Y me sorprendió que cuando se llegó al sitio elegido, con las personas elegidas, se extendió entre todos los que estaban por allí, con sus personas queridas, una sorprendente sensación de comunidad. Como escribí en un post, yo tuve enfrente la terraza de un edificio impersonal de esos de vecinos de paso. Vecinos que no se conocían seguramente, pero que cuando se vieron en la terraza esperando el momento terminaron hablando, bailando y riéndose todos con todas. Las amigas con las que he hablado me han dicho que lo mismo sucedía en todas partes: hermandad. Toda la política de la derecha se dirige a romper esos vínculos, a separarnos, a procurar que odiemos o que desconfiemos del vecino.
Y cuando de repente se hizo un silencio hondo y cayó una noche inesperada, es verdad que todos los corazones se encogieron un poco y, en ese momento tan sumamente breve, todos buscamos el refugio de otros. Yo vi a los amantes comerse a besos, vi a las madres abrazar a sus hijos y yo misma busqué el contacto cercano de mi pareja. Y esos vínculos que buscamos con los otros más queridos nos proporcionaron, por un instante, una pequeña y humilde felicidad que nos expandió un poquito el alma y la alejó de la miseria cotidiana. Y para eso no hizo falta gastar dinero, ni gastar tiempo, ni esfuerzo, bastó un cierto recogimiento y abandono.
Así pues: la belleza por la belleza, sin más compensación ni precio. La contemplación de la naturaleza y la comprensión de lo que ésta significa en nuestras vidas: todo. El sentimiento de hermandad y conexión con otros: que lo vimos en común, que nos situó también ante un destino común, nos salvaremos juntos o nos perderemos juntos; que por un instante nos hicimos conscientes de que estamos inevitablemente unidos en este pequeño barco a la deriva que es la Tierra, que no tenemos otra cosa ni otro sitio a donde ir pero que, por otra parte, esta casa nuestra es suficiente y hermosa. También la percepción sobrecogedora de la muerte, de nuestra finitud inevitable, que quizá nos hizo darnos cuenta de que en este minúsculo instante de tiempo que es nuestra vida no hay otro sentido, ni otra cosa a la que aspirar, si no es a una cierta felicidad que será siempre con los otros.
Así pues, en esencia el eclipse consistió en gente sintiéndose vinculada a los demás; gente descansando por un rato del Yo individual, neoliberal y agotador; gente buscando la presencia de los amigos, apreciando y emocionándose con la belleza natural sin más pretensiones; gente disfrutando de lo más simple y sintiendo cierta felicidad por todo ello.
¿No pasaba nada más en el mundo que eso?, preguntaban los agonías. Sí, seguía pasando lo de siempre, pero lo mejor es que, por una vez, por un instante muy breve, lo único que parecía que pasaba en el mundo era algo bueno, hermoso, sencillo, natural y gratuito. Por si fuera poco, la ciencia nos ha permitido vivirlo sin el miedo con el que durante siglos los humanos se acercaban a un fenómeno como este. Resumiendo: ¿cómo iba a gustarle esto a la derecha?
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Beatriz Gimeno es exdirectora del Instituto de las Mujeres.
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