Un templo como dios manda
De la basílica de San Miguel en Burdeos diría que es la iglesia más bella de cuantas he visitado. Aunque, siendo honesto, debería añadir que no recuerdo nada de su interior. Me pasó también con la discoteca Valhalla, pero por diferentes motivos. En el caso de la basílica, el no recordar la disposición de sus naves, ni ningún detalle de su ornamento, ni tener memoria de una sola de sus capillas, ni de las imágenes a las que estaban consagradas, no tiene nada que ver con el Jägermeister.
Curiosamente, lo que no he olvidado es la gente que me encontré allí. Imagino que la razón de esa amnesia selectiva, que no me permitió retener datos del espacio físico, pero sí de quienes lo ocupaban, tiene que ver con lo mucho que me impresionaron la autenticidad y la sencillez que desprendían los feligreses, dos virtudes que no siempre acompañan al trato con lo sagrado.
La visité una mañana de domingo y debí de llegar después de haberse celebrado la misa porque el oficiante, todavía en traje de faena, departía animadamente con un grupo de fieles mientras unos niños correteaban por la nave central contagiando su alegría al recinto.
El ambiente de San Miguel era muy distinto a esa solemnidad, a veces impuesta, que es habitual encontrarse en las iglesias. Resultaba tan acogedor que Abogados Cristianos podría denunciarlo por exceso de buen rollo.
Orgullo felino
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Allí viví un particular éxtasis místico, una especie de epifanía que me hizo plantearme la posibilidad de abrazar de nuevo la fe. Un coqueteo en el que todavía me mantengo, sin haber resuelto aún qué hacer. Debo de tener en vilo al departamento de suscripciones del Vaticano. Me temo que, si alguna vez se me aparece algún miembro de la corte celestial, sea únicamente para decirme: “¿Te aclaras o qué, calientabiblias?”.
Y tendría que decirle la verdad, que la fe es como la talla a partir de los 50: una vez que la has perdido, ya no la recuperas. Pero que a uno se le haya quedado pequeño el cíngulo no quiere decir que deba renunciar a lo que el cristianismo tiene de bueno. Yo lo uso como herramienta retórica cada vez que me enfrento al oxímoron moral de que algunos —tal vez demasiados— de los que se dicen fervientes cristianos sean los que menos practican la doctrina de Cristo.
Cuando charlo con ellos y los veo venir en algunos de esos comentarios con los que intentan escrutarte o llevarte a su terreno, me pongo automáticamente en modo religioso. Como con el asunto de los inmigrantes, en cuanto oigo un “yo no estoy en contra de que vengan, pero me parece bien que endurezcamos las leyes”, les digo: “Como a un natural de vuestra tierra tendréis al extranjero que reside entre vosotros; lo amarás como a ti mismo”. Y luego añado: “Es de la Biblia, no del programa electoral del PSOE”. Les desconcierta, no les entra en la cabeza que todo lo malo no lo haya inventado Pedro Sánchez.