Custodia compartida Aroa Moreno Durán
Quizá hay cosas que no se sienten ni presienten hasta que no te toca pasar por ellas. Puedes llegar a imaginarlas. A veces, te preguntan: ¿podrías haber escrito ese libro si no fueras madre? ¿Y si no hubieras sentido la soledad, si no te hubieran traicionado, si no hubieras perdido a alguien vital? Ese libro, no. Habrías escrito uno distinto. Tenemos la imaginación. De eso se trata: de buscar y encontrar el lugar del otro. Pero ni siquiera así. Hay situaciones y circunstancias que no te rompen de la misma manera si nunca las has tocado; si no te han ensuciado una mañana clara cuando menos lo esperabas, no consigues llegar a su hueso verdadero, el matiz, ese detalle tierno o violento, y, a veces, si no te han pasado, sencillamente, no existen.
Según los datos del Instituto Nacional de Estadística, en 2025, hubo en España casi 90.000 divorcios. En algo más del 50% de esas separaciones había hijos e hijas menores sobre los que hubo que decidir una custodia. La custodia compartida se concedió en la mitad de los casos. Es deseable que, cuando todo es normal, los hijos puedan mantener una relación sana y profunda con la madre y con el padre. La custodia compartida permite que se desarrolle el vínculo con los dos y sus familias, reparte las responsabilidades, favorece la estabilidad emocional, permite que ambos puedan conocer la vida cotidiana de ese hijo o hija.
Entonces llega el verano y estallan las rutinas. Hay casi tres meses de tiempo muy laxo y a repartir. Y, aunque no se nos vea, porque se intenta la razón siempre y el silencio, existe un ejército de padres y madres que se separan de forma más evidente de sus niños, más radical en estos meses. Se alejan. Se van de viaje en direcciones distintas. Hacen y deshacen maletas solitarias. Y eres consciente, más que en ningún otro momento, de que aquella decisión de la que nunca te has arrepentido ha traído una consecuencia que intentas no advertir el resto del tiempo: te estás perdiendo la mitad de su vida. La mitad de todo lo que le pasa: su alegría, si algo le duele, si te necesita. Un eclipse total de sol.
La custodia compartida permite que se desarrolle el vínculo con los dos y sus familias, reparte las responsabilidades, favorece la estabilidad emocional, permite que ambos puedan conocer la vida cotidiana de ese hijo o hija
Nadie te lo contó. Lo sabías, claro, pero no estabas ahí. Porque justo en ese ahí, para recordártelo, en un rincón, aparece un día un cubo vacío de conchas que nadie las ha recogido de la playa, y una pala y un rastrillo limpios de arena. Y la televisión es una pantalla negra que pasa días apagada y no emite esas voces chillonas de los dibujos animados. No hay que negociarle a nadie el tiempo que pasa leyendo, jugando, durmiendo, que coma más fruta y no tanto helado. La casa tiene un orden aséptico que, de alguna forma te gusta y te molesta a la vez. Hay silencio. Hay una habitación a la que no entras porque bajaste la persiana hace unos días.
Y claro que disfrutas de ti misma. Y claro que el tiempo es tuyo y de nadie más. Y puedes salir por la noche. Y puedes leer un libro de tirón. O darte un atracón de películas una tarde cualquiera. Y tienes más tiempo para arreglarte, para ver a quien nunca puedes ver. Vas ligera de equipaje otra vez por la vida.
Pero todas sabemos que en un rincón del cuerpo algo está quebrado. Hay algo que chirría. Le gustaría tanto estar aquí, piensas de forma inevitable. Intentas no escucharlo y a veces lo consigues. Porque hay veces, pocas, ninguna quizá, en que se te olvida que eres una madre de un hijo que no está.
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