No fue el eclipse, fue la comunidad Ángela Rodríguez Pam
España no se entiende sin el Partido Socialista Obrero Español. Durante casi siglo y medio de historia, con sus luces y sus sombras, el PSOE ha sido mucho más que una organización política: ha funcionado como uno de los grandes arquitectos de la España contemporánea.
La democracia española, la construcción del Estado del bienestar, la ampliación de derechos civiles y la modernización económica del país llevan una profunda huella socialista. Pero precisamente porque su papel histórico es tan relevante, su crisis actual no puede analizarse con nostalgia ni con indulgencia. El PSOE solo podrá seguir siendo el caballo ganador de la izquierda si es capaz de mirar de frente sus errores, asumir sus responsabilidades y reinventarse para una nueva época.
La historia reciente de España tiene un punto de inflexión en 1982. La llegada de Felipe González al Gobierno representó la culminación de un largo proceso de reconstrucción democrática y la incorporación definitiva del país al proyecto europeo. Aquel PSOE transformó una nación todavía marcada por las desigualdades heredadas del franquismo en una democracia homologable a las grandes sociedades occidentales. La universalización de la sanidad pública, la expansión de la educación, la modernización de las infraestructuras, la entrada en Europa y la consolidación de una cultura de derechos forman parte de ese legado.
España no sería la misma sin aquella generación socialista que entendió que la democracia no consistía solo en votar cada cuatro años, sino en construir una sociedad donde la ciudadanía tuviera oportunidades reales. La sanidad universal, hoy uno de los mayores consensos nacionales, es una de las grandes obras colectivas de la izquierda española. También lo son avances como la ley del divorcio, la igualdad jurídica entre hombres y mujeres, la ampliación de derechos sociales o la defensa de un Estado capaz de proteger a los ciudadanos frente a las incertidumbres del mercado.
Más tarde, los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero impulsaron otra transformación profunda en el terreno de las libertades individuales. La aprobación del matrimonio igualitario, la ley de dependencia, la ampliación de derechos de las mujeres o la retirada de las tropas españolas de Irak formaron parte de una agenda política que situó a España en la vanguardia europea de determinadas conquistas sociales.
Y en los últimos años, pese a las dificultades y la polarización extrema, los gobiernos socialistas han participado en reformas relevantes: la respuesta económica durante la pandemia, la reforma laboral pactada con sindicatos y empresarios, el incremento del salario mínimo o la apuesta por la transición energética y la digitalización. Con aciertos y errores, el PSOE ha mantenido una vocación reformista que lo diferencia de una izquierda puramente testimonial.
Pero ningún legado histórico inmuniza contra la decadencia. El principal problema del PSOE actual no procede de sus adversarios políticos; nace de sus propias contradicciones. La corrupción ha sido la gran herida moral que ha atravesado su historia reciente. Desde los escándalos de los años 90 vinculados a los fondos reservados y al caso Filesa hasta episodios posteriores como los ERE de Andalucía, pasando por otros casos que han afectado a dirigentes y administraciones socialistas, el partido ha sufrido una erosión profunda de su credibilidad.
El PSOE solo podrá seguir siendo el caballo ganador de la izquierda si es capaz de mirar de frente sus errores, asumir sus responsabilidades y reinventarse para una nueva época
La corrupción no puede explicarse como una anomalía inevitable de la política. Es una enfermedad que destruye la confianza ciudadana y alimenta el discurso de quienes presentan todo el sistema democrático como un mecanismo corrupto. Cuando un partido que nació con una fuerte identidad ética aparece asociado a redes clientelares, financiación irregular o abusos de poder, el daño es especialmente grave porque no afecta solo a una organización: mina la propia política como herramienta de transformación social.
El PSOE también ha cometido errores políticos. En ocasiones ha confundido pragmatismo con falta de rumbo, gestión con proyecto y supervivencia parlamentaria con horizonte ideológico. Ha tenido dificultades para conectar con sectores jóvenes, con las nuevas clases trabajadoras urbanas, con los autónomos, con quienes viven la precariedad de la vivienda o con una generación que observa el futuro con incertidumbre climática, tecnológica y laboral.
La izquierda española atraviesa una creciente fragmentación. Las nuevas fuerzas progresistas demandan renovación, pero su división y rivalidad interna entrega a la derecha una ventaja estratégica. Y la historia europea demuestra que los grandes cambios sociales requieren partidos amplios capaces de combinar ideales y capacidad de gobierno.
El PSOE sigue siendo, probablemente, el único partido progresista español con capacidad estructural para liderar una mayoría social. No porque sea perfecto, sino porque posee algo que ninguna otra fuerza ha conseguido reunir: historia, implantación territorial, experiencia de Estado y capacidad de representar a sectores sociales diversos.
Pero para seguir siendo ese caballo ganador necesita una transformación profunda. La fórmula del futuro no consiste en regresar al pasado, sino en recuperar su mejor tradición adaptándola al siglo XXI.
El nuevo PSOE debería construirse sobre cinco pilares. Primero, una regeneración democrática radical: tolerancia cero con la corrupción, más transparencia, controles internos independientes y una cultura ética que no dependa de la presión judicial o mediática. Segundo, un nuevo contrato social que responda a los grandes problemas actuales: vivienda, inteligencia artificial, envejecimiento, desigualdad territorial y cambio climático. Tercero, recuperar una relación emocional con las clases medias y trabajadoras que durante décadas fueron su base electoral y que hoy se sienten abandonadas o tentadas por discursos populistas. Cuarto, defender un patriotismo democrático e inclusivo que no deje la idea de España en manos de la derecha. Y quinto, abandonar viejas trincheras identitarias para recuperar una política basada en resultados, derechos y oportunidades.
El PSOE no necesita negar su pasado, sino reconciliarse con él. Sus mejores hitos históricos demuestran que la política puede cambiar la vida de millones de personas. Sus peores capítulos recuerdan que ningún partido está por encima de la sociedad a la que pretende servir.
En un momento en que las democracias occidentales viven una oleada de desconfianza y las fuerzas iliberales avanzan prometiendo soluciones simples a problemas complejos, España necesita una izquierda fuerte, moderna y fiable. La pregunta no es si el PSOE tiene pasado. Lo tiene y muy relevante. La cuestión de fondo es si tiene futuro.
La respuesta dependerá de su capacidad para repetir algo que ha sabido hacer en sus momentos álgidos: cambiar para seguir siendo reconocible.
El caballo ganador de la izquierda española no conservará intacta su vieja montura.
Correrá con la velocidad de los nuevos tiempos.
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Fernando Claudín di Fidio es escritor.
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