La liga de los superhéroes del esperpento

En el Reino de Hispania de los Espejos Torcidos, donde las farolas discutían de política y los perros callejeros llevaban corbata para poder opinar en televisión, apareció una mañana un cartel gigantesco en todas las plazas: "Se buscan héroes para salvar la patria de sí misma".

Debajo del anuncio había un dibujo de ocho figuras con capas ondeantes, máscaras ridículas y músculos dibujados con rotulador. Nadie sabía quién había convocado la reunión. Algunos decían que había sido un algoritmo con ansiedad. Otros, que un asesor político desesperado buscando una nómina. Los más pesimistas afirmaban que simplemente era lunes.

El primero en llegar fue SuperSánchez, conocido en los cómics como El Hombre del Espejo Infinito. Vestía un traje azul impecable, una capa que cambiaba de color según la encuesta del día y una sonrisa tan perfectamente calibrada, que parecía diseñada por un laboratorio de dentistas diplomáticos.

Su poder era extraordinario: podía entrar en una habitación diciendo una cosa y salir diciendo exactamente la contraria sin que el espejo recordara cuál había sido la primera.

—La realidad es flexible —explicaba mientras ajustaba su capa—. Lo importante es que quede bien iluminada.

A su lado apareció Feijóo-Man, el héroe gallego de los mil silencios estratégicos. Tenía unas gafas capaces de detectar contradicciones a kilómetros de distancia, aunque curiosamente siempre se empañaban cuando la contradicción estaba demasiado cerca. Su arma secreta era el Búmeran de la Moderación: lo lanzaba contra sus enemigos y siempre volvía contra alguien de su propio partido.

—Yo no quiero ruido —decía Feijóo-Man. Y entonces todos miraban alrededor, porque detrás de él siempre aparecía una banda tocando tambores.

La tercera en llegar fue La Dama del Gran Escenario, conocida en los cómics como Ayusiana, Reina del Micrófono Eterno. Su traje era rojo brillante, sus botas tenían tacones capaces de perforar el suelo de la Asamblea y su voz era tan potente que reventaba las alarmas de incendios. Su superpoder era convertir cualquier asunto en una batalla épica.

Si alguien preguntaba por una farola rota, decía:

—¡Están intentando destruir nuestra civilización!

Si alguien preguntaba por una factura, saltaba:

—¡Es un ataque contra la libertad!

Si alguien preguntaba la hora, profería:

—¡Quieren prohibir los relojes!

Nadie sabía si gobernaba una región o protagonizaba una película de acción.

Después apareció Almeida-Man, el héroe de la sonrisa permanente. Su máscara era imposible de distinguir de su cara porque ambas tenían la misma expresión: una mezcla de entusiasmo, sorpresa y alguien que acaba de recordar que debe acudir a una reunión importante. Su poder consistía en convertir cualquier problema municipal en una oportunidad para inaugurar una placa. Tenía una mochila llena de tijeras ceremoniales.

—Nunca sabes cuándo puede aparecer una cinta que cortar —decía, emocionado.

Detrás llegó El Portavoz Invisible, un personaje misterioso del Partido Conservador. Nadie sabía exactamente cuál era su superpoder, pero todos coincidían en que podía pronunciar 500 palabras sin que ninguna pareciera haber sucedido. Su técnica de combate era el Rayo de la Declaración Indignada. Funcionaba así: un periodista preguntaba algo. Él respondía con indignación. El público olvidaba la pregunta. Victoria absoluta.

También apareció Abascalón, el Guerrero del Pasado Perdido, montado sobre un caballo imaginario que solo él veía. Su armadura estaba fabricada con antiguas banderas, viejas batallas y recuerdos de una época que quizá nunca existió. Su poder consistía en abrir puertas hacia atrás.

—¡El futuro es peligroso! —gritaba—. ¡Volvamos a algún momento anterior!

El problema era que nunca encontraba exactamente a qué año quería regresar.

Finalmente llegó Yolanda la Incansable, la heroína de los mil pactos imposibles. Su capa estaba hecha con programas electorales cosidos unos con otros y tenía el don de hablar durante horas sobre el trabajo mientras los demás personajes intentaban recordar quién tenía la competencia de qué.

La reunión comenzó. El objetivo era salvar el país de un monstruo terrible llamado El Gran Hastío Nacional, una criatura enorme alimentada por discusiones infinitas, titulares furiosos y ciudadanos que ya no sabían si estaban viendo política o un concurso de gritos.

El Gran Hastío Nacional era una criatura gigantesca, con infinidad de bocas. Cada boca decía una opinión distinta. Cada opinión necesitaba una tertulia. Cada tertulia necesitaba un enemigo

—Debemos unirnos —dijo Feijóo-Man.

—Estoy totalmente de acuerdo —respondió SuperSánchez.

Todos se quedaron mirándolo.

—¿Con qué? —replicó Feijóo-Man, perplejo.

SuperSánchez sonrió.

—Eso dependerá del momento.

Ayusiana golpeó la mesa.

—¡El verdadero monstruo es el enemigo que no piensa como yo! —prorrumpió.

—No —dijo Almeida-Man levantando una tijera—. El verdadero monstruo quizá sea una rotonda sin inaugurar.

Abascalón sacó su espada.

—Yo propongo luchar contra todo —dijo con voz tonante.

—¿Contra quién exactamente? —preguntó Yolanda.

Abascalón miró al horizonte.

—Eso se decidirá después de la batalla.

En ese instante apareció el Gran Hastío Nacional. Era una criatura gigantesca, con infinidad de bocas. Cada boca decía una opinión distinta. Cada opinión necesitaba una tertulia. Cada tertulia necesitaba un enemigo. Los héroes atacaron. SuperSánchez arrojó el Escudo de la Adaptación Permanente. Feijóo-Man disparó el Rayo de la Prudencia Calculada. Ayusiana lanzó una tormenta de frases explosivas. Almeida-Man inauguró una pequeña placa en el pecho del monstruo. Abascalón intentó asfixiarlo con una bandera enorme. Yolanda quiso negociar con él. Cuanto más atacaban, más grande se hacía la criatura.

Hasta que un niño que pasaba por ahí levantó la mano.

—Perdonen —intervino tímidamente.

Todos se giraron.

—¿Qué quieres, nene? —preguntó SuperSánchez.

—Nada especial. Solo estaba pensando que quizá el monstruo existe porque ustedes llevan años alimentándolo —filosofó el rapazuelo.

Hubo un silencio tan grande, tan pesado, tan cortante, que hasta Feijóo-Man dejó de practicarlo. El monstruo empezó a encogerse. Primero perdió una boca. Luego otra. Desaparecieron las tertulias, los gritos y los discursos preparados.

Al final quedó tan solo un pequeño bicho gris sentado en el suelo.

—¿Y ahora qué hacemos con él? —preguntó Almeida-Man.

Todos miraron al monstruo. Se miraron entre sí. Y… como era tradición en Hispania de los Espejos Torcidos, decidieron crear una comisión para estudiarlo.

Cuatro años después seguían reuniéndose. El monstruo había vuelto a crecer. Pero esta vez llevaba corbata. Y había aprendido a votar. Porque en aquel extraño reino nadie conseguía derrotar definitivamente al esperpento. El esperpento siempre encontraba la forma de presentarse a las elecciones.

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Fernando Claudín di Fidio es escritor.

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