El algoritmo del fútbol

La final del Mundial entre España y Argentina debería ser una celebración. Dos países unidos por una lengua, una historia entrelazada, millones de vínculos familiares y culturales. Dos pueblos que durante décadas han compartido canciones, literatura, migraciones, alegrías y tragedias. Un partido entre hermanos. Una fiesta.

No. En este mundo hiperpolarizado hasta una pelota vive presa de la lógica de bloques. España y Argentina encarnan simbólicamente las dos sensibilidades geopolíticas enfrentadas: una España más cercana a las posiciones propalestinas y una Argentina alineada con el eje político israelí. El césped se torna cuadrilátero donde las tensiones del mundo exterior proyectan sus sombras. Ya no basta ganar un partido: es necesario que se imponga una identidad, una ideología, una forma de entender el mundo.

¿Qué queda del fútbol de la calle, de la escuela, del barrio, del corazón?

El fútbol nació como una ceremonia colectiva sencilla: veintidós personas persiguiendo un balón, una multitud compartiendo emociones, una competición donde el talento, el esfuerzo y el azar decidían el resultado. Era una metáfora lúdica de la vida: había vencedores y vencidos, y también respeto, belleza, incertidumbre, épica.

Hoy esa imagen parece lejana. El fútbol es una gigantesca industria global. Los jugadores son logotipos comerciales. Los clubes son multinacionales. Los aficionados son consumidores. La selección es “la marca España” en vez de “la alargada sombra del ciprés”. No encarna el alma de nuestro país, sino nuestra hambre patria de éxito planetario.

El balón sigue rodando, pero alrededor de él gira una maquinaria económica de dimensiones colosales: derechos televisivos, patrocinadores, apuestas, merchandising, plataformas digitales, turismo deportivo.

¿Cuánto hay de competición y cuánto de espectáculo diseñado para generar beneficios?

¿Dónde termina el deporte y dónde empieza el show-business?

Los ansiados mundiales, esperados con tanta expectación durante cuatro años, ya no solo venden partidos; venden experiencias, identidades y emociones manufacturadas. Un aficionado puede recorrer miles de kilómetros, pagar precios desorbitados por un vuelo, un hotel y una entrada, endeudarse durante meses para estar noventa minutos en una grada. No compra un asiento, una localidad, sino un sitio, el suyo: compra la sensación de pertenecer a algo más grande que su “insignificante humanidad”. Y una eyaculación de felicidad. Diez mil euros es un precio razonable por ese “orgasmo de poder” que no está al alcance del simple mortal de ninguna otra forma.

En una sociedad donde muchas personas se sienten aisladas, desconectadas y privadas de grandes relatos colectivos, el fútbol ofrece una patria emocional instantánea. Durante unas semanas millones de personas dejan de ser individuos anónimos y se mimetizan anímicamente en una multitud con un mismo afán y un grito unánime de aliento.

Pero esa emoción no es limpia. Desemboca en fanatismo.

¿Por qué necesitamos tanto ganar y demostrar públicamente que hemos ganado?

¿Por qué una derrota deportiva puede provocar tristeza profunda, rabia o incluso violencia? ¿Por qué alguien que jamás conocerá personalmente a los jugadores siente que una victoria de once desconocidos representa un triunfo propio, quizá el mayor de su vida?

La camiseta de una selección se transforma en bandera emocional. El estadio, en templo. El partido, en ritual colectivo

Acaso porque el fútbol ha ocupado el espacio que antes llenaban otras formas de pertenencia. Las comunidades tradicionales se han debilitado, las religiones pierden influencia en muchas sociedades, las ideologías políticas ya no movilizan como antaño, y el individuo contemporáneo, más libre pero también más solo, busca nuevas formas de identidad e integración colectiva.

La camiseta de una selección se transforma en bandera emocional. El estadio, en templo. El partido, en ritual colectivo. Pero todo ritual puede ser manipulado.

El fútbol actual no solo mueve emociones; mueve miles de millones. Y cuando hay tanto dinero en juego, resulta ingenuo pensar que la política permanece al margen. La polémica intervención de Donald Trump para retirar la tarjeta roja a un jugador de la selección estadounidense demuestra hasta qué punto el poder político intenta apropiarse del espectáculo deportivo. La independencia del deporte queda cuestionada cuando los líderes descubren que un balón moviliza más pasiones que los discursos, el precio del petróleo o las bombas.

El fútbol se vuelve un instrumento de influencia, una plataforma de propaganda y un territorio donde las naciones proyectan su poder.

Y los aficionados se dejan arrastrar. Son la pieza clave del engranaje y al tiempo sujeto pasivo movido por hilos invisibles.

La industria del fútbol necesita emociones extremas porque son más rentables que las emociones moderadas. Un aficionado tranquilo consume menos que un hincha enfervorizado. La pasión devora consumo. La rivalidad vende. El enfrentamiento es un acelerador comercial.

El negocio no quiere que veamos un partido; necesita que vivamos una batalla. ¿Es esa histeria colectiva la consecuencia de una sociedad cada vez más vacía de alma?

Vivimos rodeados de estímulos permanentes, algoritmos que predicen nuestros gustos, redes sociales que amplifican nuestras emociones y sistemas económicos que lo reducen todo a mercancía. La atención humana es el nuevo petróleo. Quien controla nuestras emociones controla también nuestro tiempo, nuestros hábitos y nuestras decisiones.

Antaño se afirmaba que el fútbol es un dispositivo de distracción masiva, “el opio del pueblo”. Hoy se ha construido alrededor del fútbol una arquitectura comercial capaz de explotar nuestras necesidades más profundas: pertenecer, competir, ser reconocidos, formar parte de una comunidad, triunfar, ocupar el primer lugar, gritar “soy yo”.

Sí, hay millones de personas que aman el fútbol, aman su simbolismo, aman su sencillez, aman sus orígenes humildes, aman la autenticidad de su compromiso colectivo. Pero ese “excesivo volcarse”, esa “sobreactuada teatralidad”, esa “visceralidad patológica” que saca de nosotros por un momento una animalidad soterrada... ¿a qué obedece?

Una final entre España y Argentina debería recordarnos precisamente lo contrario. Antes que rivales somos seres humanos. Una frontera, una bandera o una camiseta no deberían borrar siglos de vínculos compartidos. La grandeza del deporte no está en destruir al adversario, sino en reconocer su valor.

Quizá el verdadero triunfo no sea que España gane a Argentina o Argentina a España.

El verdadero triunfo sería recuperar un fútbol donde la victoria no necesite humillar al otro. Donde la pasión no sea odio. Donde la competición no sea rapaz negocio. Donde una pelota vuelva a ser simplemente una pelota.

Cuando todo se vuelve espectáculo, propaganda y mercancía, perdemos lo bello del juego: la ilusión inocente de sentir durante noventa minutos que el mundo es tan sencillo como cantar ¡gol!

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Fernando Claudín di Fidio es escritor y socio de infoLibre.

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