El alma de Gaza
Hospital Al-Quds. A la doctora Amal le pesaba todo. El aire cargado del quirófano. La mascarilla. El desinfectante raspando los pulmones. El calor sofocante.
Sobre la mesa de operaciones, un hombre. Anestésico profundo. Había llegado casi con muerte cerebral, tras el ataque aéreo. Cirugía a corazón abierto.
Sintió el cuerpo cubierto de sudor bajo el mono quirúrgico. Cansancio. La cabeza le daba vueltas. Los movimientos repetían la rutina de años de práctica.
Había muchos heridos esperando. La operación era su prioridad. Aisló la mente del caos que invadía el hospital. Pulso firme. Bisturí.
El tic-tac del reloj martilleaba sus sienes. Alrededor, el equipo de apoyo se hizo notar. Estaba allí, asistiéndola. Protocolos sincronizados, ecos de muchas cirugías. ¿Cuánto tiempo llevaban trabajando en precario, paso a paso, para no desesperarse?
Sonaron las bombas. Amal no mostró sorpresa. Ninguno de los presentes. Continuaron. Lo único importante era salvar esa vida.
Los monitores pitaron más fuerte. La operación había sido un éxito. Amal y sus colegas cruzaron miradas de alivio.
—Buen trabajo, doctora —dijo la enfermera.
Con el mismo automatismo, Amal desinfectó. No había tiempo para más. Aguardaba un parto urgente. Se quitó los guantes manchados de sangre. El corazón del hombre latía, regular.
Siguiente paso.
Amal entró en la sala de partos. Cielos, una niña. Alaridos. Se retorcía de dolor, bañada en sudor. Carita de desesperación. Las manos infantiles aferraban la sábana tan fuerte que la desgarraban.
Amal le habló. Su voz serenaba. Volvió a funcionarle, la chiquilla respiró como le indicaba. Un parto difícil, pero no era novata. Cientos de nacimientos habían pasado por sus manos.
El bebé nació. Amal cortó el cordón. Una niña, preciosa. La puso en los brazos de la madre. Preguntó cómo iba a llamarse. La muchacha, pálida, agotada, miró a su hija. Ojos vidriosos. Sonrisa tímida. Lágrimas. Abrazó al bebé como si fuera una muñeca grande.
—Salma.
Un estruendo sacudió el hospital. Las luces se apagaron. Otra explosión. Le iban a estallar los tímpanos. Amal se sintió suspendida en el aire. Todo colapsaba. Techo. Paredes. La mente pasó fotogramas. Momentos. Rostros queridos.
El suelo se hundió. Nube de polvo. Escombros. Amal cayó. Se desvaneció.
Despertó en otra realidad. El emblemático hospital Al-Quds, que tantas vidas había salvado durante las últimas décadas, víctimas de los bombardeos y las emergencias humanitarias, en cuya maternidad habían visto la luz por primera vez infinidad de criaturas… Ya no existía.
En 2014 y 2018 también había sufrido bombardeos y fue reconstruido. Ella participó en las obras, como directora sanitaria.
Había que levantarlo desde los cimientos.
Ruinas. El antiguo emblema y santuario de esperanza, resistencia y vida era ahora una extensión de muerte y polvo.
Amal se incorporó entre los escombros. Le dolía todo. Persistía el pitido en los oídos, le costaba estar de pie. El mundo daba vueltas.
Recurrió al autocontrol y la disciplina, integrados en su rutina. Se obligó a caminar, un paso detrás de otro. El sonido de los derrumbes retumbaba en su cabeza. Cada paso era un logro. Debía caminar. Entre corredores desplomados, pisando cristales rotos. Y a veces cuerpos, sin querer.
¿Por qué no había nadie más vivo? ¿Qué tenía ella de especial? Reconoció al gerente, compañero de universidad. Recordó la frase que le había dicho días atrás: “Eres el alma de Gaza, Amal”
Ver aquello le encogió el corazón.
Cadáveres. Rostros desfigurados. Una doctora amiga suya, enfermeros, celadores, pacientes. En el magma polvoriento. Todos sus colegas estaban allí. Se despedían en silencio. Habían trabajado juntos salvando vidas o haciéndolas nacer durante años.
Con la visión borrosa, Amal suspiró.
¿Por qué no había nadie más vivo? ¿Qué tenía ella de especial?
Reconoció al gerente, compañero de universidad. Recordó la frase que le había dicho días atrás: “Eres el alma de Gaza, Amal”.
Avanzó. En vano buscaba un rescoldo de vida en los cuerpos aún calientes. ¿Cómo era posible aquella aniquilación?
Se negaba a rendirse. Rastreaba aliento en cada víctima.
Preguntó si alguien necesitaba ayuda. Escupió impotencia y polvo.
No tenía voz.
Las piernas se obstinaban en trepar por trozos de pared. Los dedos tanteaban un latido de esperanza en la yugular. No se detendría mientras pudiera mantenerse en pie. No cedería. Llevaba años conteniendo las emociones. Primero su profesión. Luego, lo personal.
Oyó algo. Bajo los escombros. Llanto. Amal agachó la cabeza. Dedos temblorosos. Tocó una camilla retorcida. El llanto sonó más claro, más cercano.
Un bebé.
Desplazó una capa de escombros. El esfuerzo acabó de agotarla.
A pesar de la capa gris, la reconoció. La chiquilla que acababa de dar a luz. El rostro inmóvil. Los ojos, fijos. Muerta.
La criatura, frágil, a su lado, agitándose bajo el polvo.
Amal le limpió la carita. La acunó. El llanto se acalló. El bebé se aferraba a ella. Buscaba su calor. Le reclamaba un alimento que no podía darle. Aún.
El contacto de ese cuerpecito tierno y tibio rompió el dique. Las lágrimas quemaban. Todo lo perdido era un derrumbe aún mayor. Un abismo de incertidumbre a sus pies.
Amal abrazó a la criatura. Cerró los ojos. Ese pedacito de carne daba sentido a todo. Aunque el mundo fuera escombros y miedo.
Debía seguir. Tenía entre sus manos la razón.
Sonrió al recordar el nombre que quería ponerle la madre. Salma significaba paz.
—Te prometo que volveremos a levantar este hospital, alma mía.
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Fernando Claudín di Fidio es escritor.
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