¿Y si nuestra población disminuyera? Lucila Rodríguez-Alarcón
Existe una curiosa asimetría en la percepción pública de Pedro Sánchez.
Pocas figuras políticas españolas han sido sometidas a un escrutinio tan feroz, tan constante y tan emocional. Desde que alcanzó la presidencia, Sánchez no ha conocido tregua. Cada gesto, cada decisión, cada silencio y cada palabra han sido diseccionados con una intensidad que supera ampliamente la aplicada a la mayoría de sus predecesores.
Y basta cruzar las fronteras españolas para encontrarse con una imagen muy distinta.
Mientras dentro del país se le presenta a menudo como un dirigente oportunista, ilegítimo o incluso peligroso, fuera de él suele aparecer retratado como uno de los pocos líderes europeos capaces de exhibir personalidad propia en un escenario internacional cada vez más uniformado. Un político dispuesto a discrepar cuando otros callan. A incomodar cuando otros contemporizan. A defender posiciones impopulares cuando resultan coherentes con sus convicciones.
La diferencia entre ambas miradas resulta tan llamativa que merece una reflexión. Sánchez no es perfecto.
Sus gobiernos no están libres de errores.
No es inmune a los mecanismos de poder que afectan a cualquier dirigente.
La experiencia histórica aconseja prudencia frente a cualquier idealización de la política. Todos los partidos han conocido episodios oscuros. Todas las organizaciones humanas generan estructuras de influencia, intereses particulares y dinámicas de autoprotección. Pretender que existe una formación política moralmente pura equivale a desconocer la naturaleza humana.
Por eso resulta interesante observar qué sucede cuando dejamos de analizar a Sánchez como líder de una sigla y comenzamos a observarlo como fenómeno político.
Primero llama la atención su extraordinaria capacidad de resistencia.
La carrera política española está llena de dirigentes que parecían invencibles y desaparecieron tras una derrota, una campaña adversa o una crisis interna. Sánchez ha sobrevivido a todo ello. Ha sido apartado por los suyos, dado por amortizado innumerables veces, convertido en objeto de burlas y sometido a campañas de desgaste de una intensidad poco habitual en las democracias europeas.
Y continúa ahí.
Esa perseverancia suele interpretarse como ambición. Sin duda lo es. Pero también exige otra cualidad menos frecuente: fortaleza.
Vivimos en una época fascinada por los personajes.
La política se ha convertido en una competición de estímulos. Importan los apodos, las excentricidades, los gestos teatrales y las provocaciones virales. Un dirigente logra notoriedad por su peinado imposible. Otro por blandir una motosierra. Otro por su capacidad para insultar al adversario con mayor creatividad.
La atención se ha convertido en la moneda principal de nuestro tiempo.
Paradójico que el político español que más rechazo despierta sea también uno de los que mejor encajan en el molde clásico del liderazgo institucional.
A menudo celebramos a nuestros compatriotas cuando triunfan lejos y los sometemos a un escrutinio despiadado cuando permanecen cerca
Alto, elegante, correcto en las formas, disciplinado en el discurso y muy cuidadoso en su imagen pública, Sánchez recuerda más a los dirigentes de otra época que a las celebridades políticas contemporáneas.
La belleza siempre ha provocado sentimientos contradictorios.
La admiramos y la sospechamos.
La deseamos y la castigamos.
La celebramos cuando aparece lejos y la cuestionamos cuando la tenemos cerca.
No me refiero solo a la belleza física, aunque forme parte del fenómeno. Me refiero a esa combinación de presencia, autocontrol, confianza y capacidad comunicativa que históricamente ha acompañado a ciertos liderazgos.
Los españoles solemos considerarnos inmunes a esas influencias. Nos gusta pensar que juzgamos exclusivamente las ideas. Pero la realidad demuestra que la apariencia continúa desempeñando un papel enorme en nuestras valoraciones.
¿Qué ocurriría si parte de la animadversión hacia Sánchez procediera precisamente de las cualidades que más admiramos en otros lugares?
¿Qué ocurriría si el mismo político que suscita recelos en un bar de provincias fuera celebrado como estadista en una cumbre internacional?
No sería la primera vez.
España mantiene una relación compleja con la excelencia individual.
A menudo celebramos a nuestros compatriotas cuando triunfan lejos y los sometemos a un escrutinio despiadado cuando permanecen cerca.
La literatura española está llena de observaciones sobre este fenómeno. Cervantes escribió que “la envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come”. Y Quevedo dedicó páginas memorables a retratar una sociedad donde el resentimiento podía ser más poderoso que la admiración.
Quizá exageraban.
O conocían bien el país.
La reacción que despierta Sánchez rara vez es tibia. Pocos dirigentes generan opiniones moderadas. Se les ama o se les detesta. Se les considera un peligro o una esperanza. Se les atribuyen todos los males o todas las virtudes.
Cuando una figura pública provoca semejante intensidad emocional, suele significar que estamos proyectando sobre ella algo más profundo que un simple juicio político.
En los últimos años Sánchez ha encarnado para muchos europeos una cierta idea de resistencia frente al avance internacional de las derechas radicales, el nacionalismo excluyente y la política entendida como espectáculo permanente. Ha sido una de las voces más visibles en asuntos internacionales. Por encima de poderosos dirigentes de perfil más cauto.
Se puede discrepar de sus posiciones.
Se debe debatir sobre ellas.
Pero es innegable que ha demostrado una disposición poco frecuente a sostener públicamente sus planteamientos, cuando éstos implican costes políticos.
Y esa cualidad, compartida por líderes de cualquier ideología, merece reconocimiento.
Quizá la cuestión interesante no sea si Pedro Sánchez es un gran presidente o un mal presidente. La historia se encargará de responderla.
Sino… ¿por qué un dirigente que proyecta una imagen relativamente sólida, en buena parte del exterior, provoca dentro de España reacciones tan viscerales?
Tal vez la respuesta tenga menos que ver con Pedro Sánchez que con nosotros mismos. Con nuestras expectativas.
Nuestras frustraciones.
Nuestra tendencia a convertir a los políticos en espejos donde contemplamos nuestras propias obsesiones.
La belleza no habla solo de quien la posee.
También revela algo sobre quienes la observan.
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Fernando Claudín di Fidio es escritor.
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