Una condena sin "hermanísimo" Pilar Velasco
Donald Trump siempre había sospechado que la Historia le debía algo.
No sabía exactamente qué. Tal vez una estatua de cien metros con el pelo dorado iluminada por reflectores en la entrada de todas las capitales del planeta. Tal vez una moneda con su perfil y una frase debajo: "El hombre que arregló el mundo porque el mundo estaba claramente mal diseñado". Tal vez un capítulo entero en los libros escolares donde los niños aprendieran que, antes de él, la humanidad caminaba perdida entre políticos aburridos, científicos con gafas y expertos incapaces de entender que la solución a cualquier problema complejo era decir una frase sencilla con voz de trueno.
Trump no quería gobernar. Gobernar era una tarea de funcionarios grises, de carpetas, informes y reuniones donde la gente usaba palabras como «matiz» o «contexto». Él quería conquistar. La palabra le gustaba porque tenía músculos. Conquistar sonaba a botas pisando alfombras, a banderas ondeando al viento, a fotografías históricas con hombres importantes mirando al horizonte.
Una mañana, mientras desayunaba un café tan negro que parecía una amenaza diplomática, observó el mapa de Oriente Medio sobre la mesa.
—Ahí falta orden —dijo.
Su asesor de seguridad, un hombre que llevaba veinte años aprendiendo a asentir sin que pareciera que asentía, miró el mapa.
—Señor presidente, esa región tiene una historia de miles de años, conflictos religiosos, intereses geopolíticos, alianzas complejas...
Trump levantó una mano.
—Demasiadas palabras. El problema del mundo es que nadie tiene suficiente confianza.
El asesor comprendió entonces que la reunión había terminado. Cuando un hombre cree que la realidad es un espejo que debe obedecerle, cualquier argumento contrario parece una falta de educación. Semanas después llegó la operación militar contra Irán. Los comunicados oficiales fueron magníficos. No hablaban de bombas, soldados ni consecuencias. Hablaban de "acción decisiva", "nuevo amanecer" y "victoria histórica". Cada palabra había sido elegida para que pareciera que el ejército no entraba en un país, sino que inauguraba un hotel de lujo.
Trump apareció ante las cámaras con una sonrisa de vendedor de apartamentos frente al mar.
—Hemos conseguido una victoria increíble. Nadie habría podido hacerlo. Nadie. Los expertos decían que era imposible. Por eso lo hice.
Los periodistas preguntaron por los daños, por la respuesta iraní, por la estabilidad regional. Trump frunció el ceño. Aquellas preguntas tenían un defecto imperdonable: hablaban de la realidad. La realidad era una invitada incómoda en las grandes ceremonias del poder. Siempre llegaba tarde, despeinada y con una factura en la mano.
Al principio todo pareció funcionar según el guion. Las fotografías mostraban explosiones lejanas, generales serios y mapas llenos de flechas rojas. Los comentaristas hablaban de la «nueva era americana». Algunos tertulianos, expertos en descubrir grandezas después de que otros arriesguen sus vidas, comparaban la operación con grandes momentos militares del pasado.
Pero la Historia, que tiene un sentido del humor cruel, empezó a escribir otro relato. Irán no se transformó en un trofeo. La región no se volvió más tranquila. Los aliados comenzaron a hacer preguntas. Los mercados rompieron a temblar. Los soldados regresaron con historias que no cabían en los discursos presidenciales.
Onán es alguien atrapado en sí mismo, incapaz de comprender que sus actos tienen consecuencias más allá de su propio deseo
La gran victoria tenía una pequeña complicación: nadie sabía dónde estaba. Trump reunió a sus asesores.
—¿Cómo puede ser que después de ganar no parezca que hemos ganado? Nadie respondió.
Era una pregunta difícil porque contenía una paradoja: para alguien que solo entendía el mundo como una competición de televisión, perder el control del relato era peor que perder una batalla. Entonces un viejo historiador invitado a la Casa Blanca pidió permiso para hablar.
—Señor presidente, quizá haya un problema de interpretación.
—¿Con mi interpretación?
—Con la interpretación del poder.
Trump lo miró con aire de sospecha.
—Explíquese.
El anciano abrió una Biblia gastada.
—Existe un personaje llamado Onán. Durante siglos se ha utilizado su nombre para hablar de una conducta relacionada con el placer sin fruto. Pero hay otra lectura más profunda: Onán es alguien atrapado en sí mismo, incapaz de comprender que sus actos tienen consecuencias más allá de su propio deseo.
Trump sonrió.
—¿Está diciendo que soy bíblico?
—Estoy diciendo que muchos poderosos padecen la enfermedad de Onán. El presidente arqueó una ceja.
—¿Qué enfermedad?
—El orgasmo de poder.
La expresión quedó flotando en la sala. Nadie se rió porque todos sabían que algunas verdades solo dan risa cuando las dice un bufón. Cuando las dice un anciano, provocan silencio.
El historiador continuó:
—Los dictadores y los líderes narcisistas confunden su satisfacción personal con el destino de los pueblos. Creen que cada impulso suyo es una necesidad histórica. Se excitan con la imagen de la fuerza, pero olvidan que el poder no consiste en sentirse poderoso. Consiste en responder por lo que haces.
Trump miró por la ventana.
Afuera, Washington seguía funcionando con su habitual indiferencia. Los coches avanzaban, los funcionarios caminaban, la gente compraba café. El mundo tenía la insolencia de continuar sin pedirle permiso.
Aquello era lo más insoportable. No había estatua. No había música épica. No había final de película. Solo consecuencias.
Con el tiempo, los periódicos comenzaron a llamar aquel episodio "el estrecho Onán", una expresión que nació como una broma entre periodistas y terminó convirtiéndose en una metáfora. El estrecho era el lugar donde se habían encontrado dos ilusiones: la de un hombre que creía que podía dominar el mundo con una orden y la de un sistema que confundía espectáculo con poder.
Porque todos los grandes conquistadores tienen un momento en que descubren una verdad humillante: el mundo no es una extensión de su ego. Alejandro murió lejos de su casa. Napoleón terminó en una isla. Muchos emperadores acabaron contemplando ruinas que ellos mismos habían construido. Trump tuvo algo más moderno: una pantalla encendida veinticuatro horas al día recordándole que la realidad tenía más audiencia que él.
La Historia no lo recordaría como el hombre que conquistó Irán. Lo recordaría como el hombre que intentó conquistarse a sí mismo y terminó derrotado por su propio reflejo.
El último imperio que quiso construir no estaba hecho de territorios. Estaba hecho de espejos. Y todos los espejos, tarde o temprano, tienen la desagradable costumbre de devolver la imagen exacta de quien se mira en ellos.
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Fernando Claudín di Fidio es escritor y socio de infoLibre.
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