Oé, oé, oé
Ya somos otra vez campeones del mundo, ya se borda la segunda estrella en las camisetas de la selección —y es la tercera, que las chicas ganaron otra— y la conclusión es evidente, visto lo visto, los votantes deberíamos parecernos a los hinchas, porque ha quedado meridianamente claro que la transversalidad está en el fútbol: ahí no hay movidas con las banderas y todos le pegamos al mismo balón. Y, la verdad, la experiencia es muy sana y curativa, tal vez por lo infrecuente. Lo mejor que tenemos los adultos es lo que nos vuelve a hacer niños, que puede ser echarse una pachanguita en la playa con los vecinos, salpicarse agua o sentarse juntos ante el televisor para ver a ese que llamamos, de manera sintomática, el equipo de todos. Yo no echaría esas lecciones al olvido.
El deporte une lo que separa la política. Aquí la gente de derechas y la de izquierdas jurábamos en arameo al ver la violencia con la que se emplearon contra nosotros los rivales, en el partido contra Uruguay; saltábamos con ansias justicieras ante la exhibición que hizo La Roja frente a la temible Francia y ni que decir tiene que fuimos uno solo en la final y nos dolió ver de qué forma nos cosían a patadas los adversarios que, más que nada, se deshonraron a sí mismos: esa banda de marrulleros no merece representar al mismo país del que salieron Di Stéfano, Maradona y el propio Messi, que se despidió con mucha pena y ninguna gloria. Estamos orgullosos, porque además de haber ganado hemos sido los mejores.
Lo mejor que tenemos los adultos es lo que nos vuelve a hacer niños, que puede ser echarse una pachanguita en la playa con los vecinos, salpicarse agua o sentarse juntos ante el televisor para ver a ese que llamamos, de manera sintomática, el equipo de todos
Dicho todo eso, claro está que hay otras lecturas, empezando por Trump, al que el servil presidente de la FIFA, el mismo que le entregó un premio oficioso de la paz, tuvo que explicar que la copa de oro no se la iban a dar a él, tan acostumbrado a ser el niño en el bautizo y el muerto en el entierro, y acabando por su palco brillante, ante el cual los analistas se disfrazaban de paparazzis para captar el saludo entre Pedro Sánchez y el presidente de Estados Unidos que un día nos quiere echar del mundo y al otro nos riega de piropos.
Y, por supuesto, cómo no vamos a destacar –en estos tiempos de racistas, ventajistas y patriotas a quienes lo único que les interesa del debate es el bate– la feliz condición multirracial de la plantilla, con chicos cuyas familias vienen de Ghana o Marruecos y que son muy españoles y mucho españoles, que diría M. Rajoy, para quien, por lo visto, los blancos son cada uno de su país y los negros, todos de África. Donde no hay, no se puede pedir, pero si la xenofobia es el carnet de identidad de los retrógrados, la convivencia y camaradería que demuestran los futbolistas es una luz en la noche.
Somos otra vez campeones, la segunda estrella está ya aquí y yo soy español, español, español.
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