Rusia extiende la guerra contra Ucrania al terreno cultural con la destrucción de millones de libros
Knyholav era una editorial próspera. Fundada en 2016 por Svitlana Paveletska, una madre harta de encontrar tan poca literatura infantil en ucraniano para su hijo, la empresa se benefició de su posición de pionera. Tras el inicio de la invasión rusa de Ucrania, en febrero de 2022, se disparó el interés del público por los libros en ucraniano.
Esta intrépida pequeña editorial, que solo publicaba en ucraniano, vio cómo su facturación prácticamente se duplicaba cada año. Su catálogo se ha diversificado y ampliado, y el número de nuevos títulos publicados cada año ha pasado de unos 20 a 90 en 2025. “Este año teníamos previsto publicar 110 títulos nuevos”, señala el director general, Maksym Prazdnikov, desde su oficina en un centro de negocios de Kiev.
Una salva de misiles balísticos rusos ha hecho añicos esa ambición. En la noche del 18 al 19 de julio, un inmenso almacén situado en Bilohorodka, al oeste de la capital, quedó completamente destruido por un ataque. Knyholav alquilaba una parte de los 120.000 metros cuadrados para albergar su stock. Quedaron reducidos a cenizas unos 200.000 ejemplares.
Esa misma noche, también resultó afectada una planta de la imprenta Konvi, una de las tres más grandes del país. Los daños son considerables: resultaron dañados unos 350.000 libros y desaparecieron uno 250.000 libros de texto recién salidos de las rotativas.
Aniquiladas las existencias
Ese día sombrío para el mundo editorial no es el primero desde 2022. En 2024, un ataque devastó la imprenta Factor-Druk, con sede en Járkov, causando la muerte de siete empleados e hiriendo a otros 21. Allí ardieron decenas de miles de libros. En junio de 2025 quedaron destruidos por un bombardeo el almacén y las oficinas de la editorial Ukrainskyi Priorytet.
Pero desde principios de este verano se ha multiplicado por diez la intensidad de estos ataques y el balance es enorme: Rusia ha destruido cerca de diez millones de libros ucranianos en seis semanas. Estas destrucciones masivas son una de las manifestaciones de una nueva fase de la guerra, a veces apodada “guerra de los almacenes”, un duelo de ataques de largo alcance entre Ucrania y Rusia. Una violenta escalada muy lejos del frente, que apenas se mueve.
Moscú nunca ha dudado en atacar objetivos civiles al bombardear instalaciones de almacenamiento o medios de transporte. Pero Kiev dispone ahora de los medios para hacer lo mismo en territorio ruso, gracias a su producción nacional de drones.
Ucrania se enfrenta a una escasez de munición para los Patriot, los únicos sistemas de defensa antiaérea eficaces
Al tiempo que siguen debilitando la industria petrolera rusa —cuya capacidad de refinado se ha reducido en más de un tercio—, las fuerzas ucranianas multiplican desde mediados de julio las operaciones contra Wildberries, el equivalente ruso de Amazon. En la noche del lunes 10 al martes 11 de agosto, unos artefactos explosivos ucranianos volvieron a dañar un almacén de esa empresa en la región de Vorónezh. En total, han sido alcanzadas más de una veintena de instalaciones del gigante del comercio electrónico.
Kiev espera así asestar golpes a la economía rusa. El Gobierno ucraniano acusa además a Wildberries de ayudar al régimen a eludir las sanciones internacionales. Por su parte, Moscú se ha lanzado a una campaña de ataques indiscriminados contra la retaguardia, lanzando un número sin precedentes de misiles balísticos, más difíciles de interceptar. Esta campaña está resultando bastante exitosa dado que Ucrania se enfrenta a una escasez de munición para los Patriot, los únicos sistemas de defensa antiaérea eficaces.
El sector editorial de Ucrania sufre los efectos de forma muy directa. En la noche del 2 de julio, BookChef perdió 800.000 libros en la destrucción de un gigantesco almacén propiedad de la empresa Denka Logistics, al oeste de la capital. “Era casi la totalidad de nuestras reservas”, señala Yevhen Shyrynos, responsable editorial.
En otro ataque desaparecieron casi 100.000 ejemplares. “Unos 900.000 libros en total. Todo nuestro inventario. Ya no nos quedan libros en nuestros almacenes”, lamenta Yevhen Shyrynos, quien se declara “devastado”: “Todo ese trabajo realizado a lo largo de los años se ha reducido a cenizas en tan solo unas horas”.
“Limpieza cultural”
BookChef, fundada en 2017, publica obras de ficción y no ficción tanto ucranianas como extranjeras. Entre otras cosas, ha publicado traducciones de la novelista francesa Valérie Perrin, del escritor Jean-Christophe Grangé o de Jean-Paul Sartre. Las pérdidas directas relacionadas con los ataques ascienden a 125 millones de hryvnias (unos 2,5 millones de euros), frente a una facturación anual de 370 millones de hryvnias (7,15 millones de euros) en 2025.
El 1 de agosto fue el día más negro. Un centro logístico del grupo RNK-Ranok, en Járkov, quedó devastado por un incendio provocado por la explosión de varios drones del tipo Shahed. Quedaron carbonizados aproximadamente ocho millones de libros, entre ellos libros de texto. La dirección de este gigante del sector denunció “un ataque deliberado contra un almacén de libros”. “Hitler estaría celoso”, exclamó furioso su director, Viktor Kruhlov, en un mensaje publicado en las redes sociales.
Knyholav perdió varios miles de ejemplares almacenados allí. En total, la editorial, cuyo nombre es una contracción de “libros” y “amor”, calcula que se han convertido en humo unos 220.000 libros; le quedan 170.000. Su director, Maksym Prazdnikov, elogia la solidaridad mostrada por sus socios comerciales. Algunas imprentas se han ofrecido a darle prioridad para que la empresa pueda reponer sus existencias, pero, a pesar de todo, tendrá que rebajar sus expectativas. Solo se prevé que salgan al mercado 85 nuevos títulos este año.
El objetivo siempre ha sido el mismo: privar a los ucranianos de su lengua, su cultura, su educación y su memoria histórica
“El impacto será muy fuerte, pero no tenemos más remedio que seguir trabajando”, confiesa Maksym Prazdnikov. “El problema es encontrar un lugar donde almacenar nuestros libros con total seguridad”, añade Yevhen Shyrynos, de BookChef. “El oeste de Ucrania es más seguro, pero carece de almacenes adecuados”.
Más allá de su coste económico, hay voces que señalan el significado político de esta campaña de ataques rusos. “Una editorial es una institución que contribuye directamente al desarrollo de la cultura y la identidad”, recuerda Dmytro Kuleba, que fue ministro de Asuntos Exteriores durante los primeros años de la invasión y que publica en Knyholav. Rusia no reconoce la identidad ucraniana, ataca monumentos y destruye libros. […] Todo esto debe considerarse parte de una estrategia, de una limpieza cultural”.
A finales de julio, el jefe de la administración presidencial ucraniana, Kyrylo Budanov, denunció “un genocidio cultural” que perpetúa persecuciones que se remontan a varios siglos: “Fue precisamente en julio de 1863 cuando el Imperio ruso publicó la circular Valuev, que prohibía la publicación de la mayoría de las obras en lengua ucraniana. 13 años más tarde, el ukase de Ems estuvo a punto de aniquilar la edición ucraniana. El objetivo siempre ha sido el mismo: privar a los ucranianos de su lengua, su cultura, su educación y su memoria histórica”.
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Maksym Eristavi, autor del exitoso libro Russian Colonialism 101 (edit. IST Publishing), añade a esta genealogía la década de los 90, cuando el mercado ucraniano se vio inundado de libros rusos, mientras que los elevados impuestos aplicados a la edición en Ucrania hacían que los precios de esas obras fueran prohibitivos. “Para mí, que crecí en una Ucrania independiente, encontrar un libro en ucraniano en una librería o una biblioteca era toda una misión. Pero el mayor reto era poder permitírmelo”, escribió en un artículo publicado a principios de agosto.
Esta “vieja estrategia del Imperio ruso y de la Unión Soviética” no solo va dirigida contra Ucrania, añade Yevhen Shyrynos: “Moscú ha intentado acabar con las identidades de sus vecinos en los países bálticos, en Asia Central y en el Cáucaso […]. No es un problema exclusivo de Ucrania”.
Traducción de Miguel López