Cállate, Federico
Federico, por favor, cállate un poco. Deja de susurrarme al oído lo que tengo o no tengo que hacer. Deja de perseguirme apareciéndote en cualquier momento y en cualquier lugar. Todo el mundo me pregunta por ti. Yo no sé si tengo algo que decirles. Treinta años ya de aquello. Se han ido yendo los que sí que sabían de ti. Me han dejado prácticamente solo contigo. Deja que los nuevos iluminados hagan el trabajo sucio, dame un respiro.
Prometo volver dentro de unos cuantos años con fuerzas renovadas, te lo juro. Ya sé que no me crees y que supones que cuando llegue el momento saldré pitando con cualquier excusa. Necesitas que termine el trabajo que empezamos con Leonard Cohen, Enrique Morente, con mi hermano Jesús. Pero de verdad que no sé qué tengo que terminar. Me dices que aún faltan cosas, que los trabajos hay que dejarlos bien cerrados y que no hay comedias sin título. No era eso lo que yo pensaba: los trabajos nunca se acaban, te los arrancan de las manos y sigues con tu vida.
Apártate, Federico, déjame sitio para respirar. Hubo un tiempo en el que el que te buscaba era yo. Me obsesionaba descubrir tu rastro, mostrarte de una forma u otra y así convencer al mundo de que había un Federico mío, un raro y poco conocido Federico que debía, que quería, que necesitaba ser revelado. El Federico enfermo de límites, los tuyos y los míos. No estaba sólo en aquella misión, todo el mundo lo sabe. Hasta tu amigo Eduardo Rodríguez Valdivieso salió con nosotros al escenario en aquel primer Omega, tu Omega, y con su voz de otro tiempo nos trajo noticias tuyas: “Si Federico entrase por esa puerta os daría un enorme abrazo a todos”. Un abrazo que aún siento, oprimiéndome y orbitando todo lo que ha pasado después.
Queriendo hacer un homenaje al surrealista mundo de tu amigo Luis Buñuel, apareció de nuevo tu figura y tu presencia. El perro andaluz le puse al disco que hice con mi grupo, Lagartija Nick, para que le dieras la vuelta al insulto, a la pesada broma de tus pesados amigos de la Residencia, para que los perdonaras o te vengaras o las dos cosas. Hui a Marruecos el año pasado, oculto en un nuevo nombre, Mawlid, y fue inevitable volver con una versión de Ciudad sin sueño grabada en un Riad de la Medina de Tetuán. Después me enteré de que tú habías recorrido sus laberintos con Fernando de los Ríos ya en el año 1931. “El gitano, el negro, el judío... el moro que todos llevamos dentro”. Así no hay manera de echarte.
Que no te han encontrado, dices, pero si no paran de encontrarte. Lo que no saben es que tú te camuflas. Que apareces, a veces, vestido con el uniforme de un trabajador de la Renfe, con una bala en el cuello, un bote de medicinas y un mechero Zippo en los pliegues de su ropa, que es la tuya. Apareces en el cuerpo de un padre caído sobre el cadáver de su hijo, al que mataron antes para torturarle. Apareces fosilizado en un lápiz, una goma o una bala. Apareces y te multiplicas en treinta mujeres, costureras, sindicadas y muertas con la misma muerte que te dieron a probar a ti. Te sigues moviendo en el subsuelo del barranco, entre las ramas y en el fondo de los lechos de los ríos. En los espinos que crecen a tu sombra y en la sombra de todos los olivos. Siempre dejándonos pistas para que no te alcancemos jamás. ¡Ah!, ya encontramos la calavera con los dientes de oro de tu poema Fábula y rueda de los tres amigos; ya se los arrancaron y se los llevaron como tú decías. Estoy seguro de que ya te has movido de nuevo de ese sitio.
Cuando voy al barranco donde están las cenizas de mi hermano y de mi madre siento tu movimiento bajo mis pies. Un rumor profundo, un pequeño y continuo terremoto. ¿Adónde quieres llevarme Federico?
La obra maestra era él
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Suéltame, Federico. Deja que tropiece solo, deja que me caiga, deja que vean que tengo miedo cuando suelto tu mano. ¡Qué disparate! Ya no es posible. Porque tú eres sobre todo generoso y bueno. Tú eres el que no olvida, el que sueña noches insomnes, el delicioso fantasma que ha de seguir dándome todo hasta el fin de mis días. ¡¡¡Las hierbas!!! También decía tu amigo Eduardo que tú sabías mucho de los muertos y yo, Federico, no sé si quiero saber más de ellos, aunque me hayas enseñado a escuchar, en la noche interminable, el aullido del perro asirio, aunque me hayas regalado un guante de mercurio y otro de seda, aunque me hayas susurrado la gran pregunta. No lo sé, Federico, yo no lo sé.
*Texto de Alfredo Arias con correcciones de Isabel Daza.
*Antonio Arias es músico y miembro de Lagartija Nick, el grupo que en 1996 lanzó 'Omega', el influyente disco en el que adaptan poemas de Federico junto a Enrique Morente y cuyo 30 aniversario están celebrando con conciertos este año.