El enemigo está en el bolsillo El Chojin
Reivindico un verano medieval. Pero no como el de Marcos Llorente de no creer en la ciencia, sino uno de rollo casi renacentista, como el de Fray Luis o el de Antonio de Guevara, de menosprecio de la corte y alabanza de la aldea; un verano de contemplar bellezas, comer frutillas que caen de las silvas en los caminos, ponerse ropa cuando anochece y quitársela para meterse en el mar.
Un verano en el que no tuvieras que contar qué o cuánto haces en tu verano, y que a nadie más que a quien intenta echarse la siesta a tu lado en la playa le interesase lo que estás haciendo. Un verano en el que no crear recuerdos en directo, live, reels, stories, o historias de whatsapp. Un verano de recuerdos en otoño y con frío, con ratos apacibles y apasionados llegando y marchando, con la misma inercia que lo hace el mar cuando la marea sube y vuelve a bajar. Es probable que nunca recordemos tanto un verano como este, ganamos el Mundial, el sol desapareció y no sé cuántas permacrisis más, todo grabado y bien grabado, y sin embargo qué pena me da este verano. Qué agobio todo planificado, qué cansancio, qué rollo, qué entumecimiento de lo humano, qué extenuación.
Reivindico un verano sin cronos, con tiempo, con aburrimiento y hasta algo de desasosiego. Con pelos, grasa, gases por comer todo lo rico que haya, arena, salitre y tierra en los pies. Verano sin pedicura, con picaduras, sin ozempic, sin dieta, sin gimnasio, sin horario. Verano sin trabajo, claro, pero también sin capitalismo. ¿Es que ya no recordamos cómo veranear? Hubo un verano que no tenía macros en tus platos y que el sibo era más bien la falta de un buen paseíllo después de cenar. Locuras como helados con lactosa, planes sin madrugar, verse en la plaza del pueblo sin tener que quedar. Supongo que existió ese verano porque de su nostalgia llenamos el que ahora ya no somos capaces ni de imaginar.
Reivindico un verano sin cronos, con tiempo, con aburrimiento y hasta algo de desasosiego. Con pelos, grasa, gases por comer todo lo rico que haya, arena, salitre y tierra en los pies. Verano sin pedicura, con picaduras, sin ozempic, sin dieta, sin gimnasio, sin horario
Ese verano renació brevemente con el entusiasmo por ver juntas el eclipse, pero murió con la misma velocidad que el sol apagó toda posibilidad de oscuridad. Fíjate tú, me pareció corta esa noche. Me dio mucha pena que se hiciera de día de nuevo, casi me pasó igual que con el apagón, y que al hacerlo volviéramos a vernos cada uno de los españoles que quiso grabar y fotografiar cada instante irrepetible como si así fuera suyo, como si tú o yo, humanos insignificantes, pudiéramos hacer algo con nuestro cansino aparatito móvil frente a la inmensidad del universo. Tu felicidad en verano consiste en la propiedad de una fotografía en la galería de tu móvil. Espero que esa fotito ridícula de la luna que ayer sacaste protegiendo tu teléfono con tus gafitas sea la que te pueda abrazar cuando estés triste en un par de meses. Pero, ay, ese ratito de verano…
Pero no te confundas, este artículo va de belleza, pero de belleza y socialismo. Esto no es Feria de Ana Iris Simón. Esto no es una exhortación a que te compres una casa en un pueblo y hagas la vendimia, tampoco a que te entregues a los brazos de cualquier otro dios. No pretenden ser mis palabras ningún tipo de encomio o recomendación de lo que la vida debe ser. Si acaso una defensa de la emoción humana frente a lo inmenso o frente a la nada que a veces llamamos verano y pocas veces eclipse. Una defensa de lo unplugged, como en los 90 en la MTV, con derecho al error, con ruido de fondo, sin posibilidad de borrador. Una defensa de lo humano, o más bien de lo que te hace sentir humano de forma insoslayable, como lo que esa noche tan corta tuvo de inolvidable, que no fue tu vídeo en el teléfono, sino que el sol se apagara para todos a la vez y gratis, sin que nadie pudiera guardarlo ni venderlo ni salir de él convertido en una versión mejor de sí mismo; unos dos minutos en que ni el jefe ni la dieta ni la aplicación que nos cuenta los pasos supieron qué hacer con nosotros, en que la belleza, lejos de crear rendimiento alguno, creció en la medida en que la compartíamos. No fue el eclipse lo que te hizo sentir más que nunca el verano, sino el anticapitalismo, la comunidad.
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