Frenesí dialéctico

Promediando agosto, dos grescas han tenido entretenido al respetable. España no será país de filósofos, pero sí de follones. Atiendan, atiendan: "Hoteles sin niños", cuestión de Estado. Enésimo ataque a la familia tradicional, última treta de los promotores del gran reemplazo. Derechos fundamentales colisionando: no me diga usted dónde pueden incordiar mis niños; señora, llévese a sus cabestros a pastar a otra parte.

Mirándolo con sensatez, el debate tendría poco recorrido. Si aceptamos que los niños son personas (¡ejem!), lo de segregarlos queda feo. El silogismo obliga, ríñanle a Aristóteles. Miren, si Antonio Burgos no se suicidó cuando las mujeres salieran de capitore, nosotros podemos tragar con esto. Conste: como fin de mi raza y tiquismiquis empedernido, me he peleado con matrimonios parentelados en casi cualquier contexto imaginable. La más pintoresca: casi llego a las manos en el Auditorio Nacional. ¿La causa? Dos niñatos que confundieron mi respaldo con una pelota. Compadezcámoslos. Sus padres los habían abandonado en el otro extremo de la fila en manos de la integral de órgano de Johann Sebastian Bach. Imagino que, como parte de sus carencias educacionales, sus progenitores tampoco les habían advertido sobre los peligros que pueden acarrear los incordios a un señor gigante y barbudo que no tiene mejor cosa que hacer un sábado por la mañana que pagarse una entrada para escuchar fugas y pasacalles.

¿Creo, entonces, que habría que prohibir la entrada de los menores a los teatros? ¡Ni mucho menos! La humanidad no puede prescindir de una nueva generación de melómanos. Bastaría, en mi prudente opinión, con instaurar una sensata política punitiva contra los tutores descuidados. Algo sencillo, como amputaciones pedagógicas. Picotas en las entradas de la ópera, un discreto auto de fe al final de temporada.

¿Creo, entonces, que habría que prohibir la entrada de los menores a los teatros? ¡Ni mucho menos! (...) Bastaría, en mi prudente opinión, con instaurar una sensata política punitiva contra los tutores descuidados. Algo sencillo, como amputaciones pedagógicas

La segunda bagatela hay que reprochársela al cosmos infinito. ¿A qué dios chapucero se le ocurre dejar que los cuerpos celestes se estorben tan a la ligera? Eclipse total, ¡válgame el señor!; despliegue informativo: consulte cómo se verá en su pedanía, qué gafas pertrechan mejor las córneas y demás hitos astronómicos a los que estar atento. Sorprendentemente, un espectáculo secular y celeste puede tener detractores. "¡Soy muy especial, así que me quedaré en casa!". Estupendo camarada, ve y cuéntaselo a mamá. Oiga, que se han escrito columnas con ese argumento; en periódicos serios, ¡de los que salen en papel! Ojalá encontrase una ranura desde la que fisgar en esas vidas irrepetibles. Gente esmerada en desborregarse: ni fútbol, ni procesiones, ni gaseosas, ni penicilina, que eso gusta mucho al populacho. Apóstatas de la sociedad consagrados a llevarle la contraria. Que el eclipse será una filfa, pero le has dedicado 600 palabras, compañero.

Luego, claro, vinieron los grupis. "Anoche pudimos tocar a dios". Madre mía, ese seguro que terminó con desprendimiento de retina. "Lo más hermoso que vi en mi vida", cincelaba alguien en Twitter. Ya lo siento, chico: desde ahora, todo cuesta abajo. Si fuese por mí, juntaba a tirios y troyanos en una plaza y que sobreviva el mejor. Cursilería contra cinismo baratero, una batalla para terminar con todas las guerras. Por medio, sospecho, florecería la tercera España: la que temía que la gravedad se tomase un descanso o que por el oscuro redondel se colasen los demonios y los marcianos. Los efectos de las profecías aún están por comprobarse. Serán como los de la vacuna del covid: en 100 años, todos calvos.

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