'24 horas en la vida de tu cerebro': qué hacer a lo largo del día para pensar, sentir y vivir mejor

'24 horas en la vida de tu cerebro', de Jesús C. Guillén.

Jesús C. Guillén

¿Qué ocurre en el cerebro mientras dormimos y hasta que volvemos a acostarnos por la noche? ¿Qué papel tienen la luz, el movimiento, la comida, las pausas, la naturaleza o los vínculos en la forma en que pensamos, sentimos y vivimos?

A través de investigaciones recientes, historias fascinantes y propuestas prácticas, 24 horas en la vida de tu cerebro recorre toda una jornada del calendario para explicar cómo funcionamos en cada momento, qué nos ayuda y qué nos desgasta, al tiempo que muestra que cuidar el cerebro no depende de una única práctica, sino de pequeños hábitos integrados en la vida cotidiana.

Rachel Carson, Viktor Frankl, Winston Churchill, Charles Darwin o Arianna Huffington ponen rostro humano a lo que la ciencia describe. Dormir bien, despertar con luz, ejercitar el cuerpo, comer con calma, descansar a tiempo, salir, crear, conocerse y cultivar vínculos significativos están más conectados entre sí de lo que solemos creer. Con rigor científico y sin recetas milagrosas, el astrofísico especializado en neurociencia y doctor por la Universidad de Barcelona, Jesús C. Guillén, nos invita a comprender mejor nuestra biología para vivir con más lucidez y equilibrio.

Este libro llega a las librerías el próximo 23 de septiembre de la mano del sello Vergara (Penguin Random House), pero hoy ofrecemos ya a los lectores de infoLibre un fragmento en exclusiva a modo de adelanto.

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Lo neuro está de moda. Neurociencia, neuroeducación, neuropsicología, neuroética… pero también neuroventas, neuroespiritualidad, neurofitness, neurosexología. Como puedes intuir, no todas las disciplinas que recurren a este prefijo tienen el mismo respaldo empírico. En algunos casos este es sólido, pero en otros apenas existe. Sin embargo, más allá de las diferencias de metodología y rigor, todos los enfoques anteriores comparten un mismo objetivo: explicar o justificar determinadas prácticas apelando al funcionamiento del cerebro.

Este nos atrae porque ayuda a comprender al ser humano. Es el órgano que crea nuestras percepciones, pensamientos, emociones, conductas y conciencia, como parte de un organismo en el que todos los órganos cooperan de forma continua. No somos cerebros, sino personas. No obstante, nuestra actividad mental emerge de la comunicación en red de unos 86 mil millones de neuronas que pueden llegar a formar billones de conexiones. Ante tal complejidad, todavía desconocemos muchos aspectos de su funcionamiento. Aun así, también conocemos lo suficiente como para obtener ideas útiles para la vida cotidiana.

La gran revolución de la neurociencia cognitiva comenzó en los años 90 del siglo XX con el desarrollo de las técnicas de neuroimagen funcional que permitieron estudiar por primera vez el cerebro en vivo. Desde entonces, la incorporación de herramientas procedentes de otras disciplinas, junto con el avance reciente de la inteligencia artificial, ha acelerado el progreso en este campo. Por ejemplo, un gran consorcio internacional de laboratorios, el proyecto MICrONS, ha reconstruido los circuitos neuronales de una pequeña porción de la corteza visual de un ratón. En un solo milímetro cúbico de tejido cerebral identificaron más de 200.000 células y alrededor de 500 millones de conexiones sinápticas, elaborando un mapa funcional y estructural con un nivel de detalle sin precedentes (The MICrONS Consortium, 2025). Cartografiar una red de esa complejidad habría sido impensable sin las nuevas herramientas de inteligencia artificial.

La neurociencia también avanza en la comprensión de las enfermedades. Un estudio reciente ha identificado un estado alterado de la microglía, un tipo de célula inmunitaria del cerebro que, cuando activa una respuesta celular al estrés, puede liberar lípidos tóxicos y contribuir a la pérdida de sinapsis característica del alzhéimer. Frenar esa respuesta mitigó parte del daño en modelos animales (Flury et al.,2025). Y, aunque pueda parecer que buena parte de la investigación neurocientífica se dedica a comprender y tratar problemas del sistema nervioso, muchas de sus aportaciones también pueden ayudarnos a vivir mejor, algo muy relevante en los tiempos actuales.

Resulta paradójico. Nunca habíamos tenido acceso a tanto conocimiento, tantas herramientas tecnológicas y tantas posibilidades materiales. Podemos editar genes, utilizar la inteligencia artificial, comunicarnos de forma instantánea y producir cantidades ingentes de información. Y, sin embargo, el cansancio, el estrés, la soledad, la dificultad para concentrarse o la insatisfacción persistente forman parte de la experiencia cotidiana de muchas personas.

Soy docente, y me gusta comenzar mis clases con una pregunta sencilla: "¿Cómo te sientes?". Difícilmente un estudiante estará en condiciones óptimas para aprender si no se siente bien. ¿Y cómo se sienten los estudiantes? Investigadores de la Universidad de Yale pidieron a 22.000 adolescentes de Estados Unidos que describieran cómo se sentían en el instituto. Tres cuartas partes de las palabras que emplearon fueron negativas: "cansado", "aburrido" y "estresado" encabezaban la lista (Moeller et al., 2020). Y el malestar no se limitaba al alumnado. Cuando ese mismo grupo de investigadores preguntó a más de 5.000 docentes de Secundaria, descubrió que pasaban casi el 70% de su jornada laboral sintiéndose "frustrados", "superados" y "estresados" (Floman et al., 2018).

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Estos datos no se restringen al ámbito educativo. La encuesta global de Gallup, una de las fuentes más robustas a escala internacional, muestra que una proporción muy elevada de adultos en el mundo experimenta preocupación, estrés, tristeza o enfado de forma cotidiana. En su informe de 2025, un 39% de los adultos encuestados afirmó haber sentido una preocupación significativa gran parte del día anterior, y un 37% declaró haber experimentado mucho estrés (Gallup, 2025). Estas no son cifras marginales. A ello se suma otro dato inquietante. Un estudio basado en más de 4,5 millones de respuestas de adultos estadounidenses recogidas entre 2013 y 2023 muestra que la proporción de personas que manifiestan dificultades cognitivas significativas —problemas de memoria, atención o toma de decisiones— ha aumentado de manera sostenida en la última década, en especial entre los 18 y los 39 años, grupo en el que esas complicaciones casi se han duplicado (Wong et al., 2025). El deterioro del funcionamiento cognitivo no puede entenderse solo como un problema de envejecimiento, sino también como el resultado de factores físicos, mentales, sociales y económicos que afectan a la vida cotidiana mucho antes de la vejez.

Comprender cómo funciona el cerebro puede ayudarnos a entender mejor muchas decisiones cotidianas. Algunos problemas actuales, como el estrés crónico, la dificultad para concentrarse o ciertas formas de malestar emocional, no son simples dificultades personales. Reflejan también un desajuste entre la biología con la que hemos evolucionado y las condiciones del mundo en el que vivimos. Entender ese desajuste no lo resuelve todo, pero puede ayudarnos a afrontar la complejidad actual con mayor comprensión y rigor.

Este libro nace de ahí. Conocer el cerebro puede ser útil para saber qué necesita a lo largo del día para funcionar razonablemente bien. Optimizarlo exige comprender mejor cómo cuidarlo, no pedirle cada vez más.

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