'Chica': ¿Y si el lenguaje está armado para humillar a las mujeres?

Portada de 'Chica', libro de Camille Laurens.

Camille Laurens

¿Y si la palabra puta no fuera solo un insulto, sino la prueba más evidente de que el lenguaje está armado para humillar a las mujeres? Desde su primera bocanada de aire, Laurence Barraqué descubre que ser chica es, ante todo, una decepción.

Chica es el retrato de una época, de una clase social, de una educación que reproduce sin decirlo el orden patriarcal. A través de los años, Camille Laurens atraviesa los grandes cambios sociales de Francia: el acceso de las mujeres a la vida pública, la lucha por el aborto y la entrada en una conciencia feminista. No es solo el diario íntimo de una vida; es un acto de resistencia literaria, una interrogación constante al lugar que se le asigna a la mujer desde la cuna.

Laurens no ofrece respuestas fáciles. En su lugar, entrega una novela que incomoda, ilumina y, sobre todo, invita a pensar. Un libro necesario para comprender cómo se construyen —y cómo pueden desmontarse— las lógicas del poder y del género. Muestra una verdad brutal: ser mujer es siempre salir perdiendo.

Chica llegará a las librerías el próximo 2 de septiembre de la mano de Malpaso, pero infoLibre publica a continuación para sus lectores un fragmento a modo de anticipo literario.

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Gritas, te desgañitas, la fría verdad te llena los pulmones, la rima es femenina, grita y crea en ti el áspero sentimiento de la separación, sientes que todo se divide, ya está, son dos partes, se corta, se ha cortado. Tu nacimiento te separa a la vez de tu madre, que también es chica, algo notorio, y te separa de toda la humanidad que no lleva el nombre de chica. La palabra adversa no se ha pronunciado, y con razón, pero flota silenciosa en el éter de la habitación, la palabra contraria se estampa en el aire, un embrión, un feto, un bebé, hasta ahora el género estaba de su parte. Hace algunos instantes, ella o él, todo era posible, la gramática fantaseaba con un paisaje, ahora te han cortado las alas (¿qué otra cosa si no?), estás más sola que Robinson y, sin embargo, ya está, con la placenta la suerte también está echada, dios, nacido chico, dicen, padre de un hijo, según la creencia, dios es un niño que juega a los dados: es una niña.

"Es una niña".

La voz que enuncia tus inicios no está modulada por ninguna inflexión peculiar, salvo la que implica que el trabajo está bien hecho. Catherine Bernard empina el codo fuera del servicio, pero por ahora los resultados no se han visto afectados. A las mujeres que ha ayudado a ser madres sí les ha sacado los frutos de sus entrañas. Ahondando un poco, no se le conocen sus preferencias, quizás algo de ambivalencia: el niño recién nacido siempre le recuerda al niño Jesús en el pesebre, lo sagrado de su oficio y de la Natividad. Las chicas le son menos extrañas, las asea con mayor facilidad. De vez en cuando, pasa la mayor parte del tiempo toqueteándolas en sus partes genitales. En los chicos, estas son enormes en relación con el resto del cuerpo, están hinchadas de hormonas, es lo único que se ve. Las de las niñas, discretas, le dan menos vergüenza, aunque sea una bobada. Perdona, Señor, mis pensamientos.

"Es una niña".

'La noche cae sobre Shanghái': el nacimiento de la oscuridad del siglo XX

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Del otro lado de la frase de sor Catherine están tus padres, los destinatarios, los responsables también, los hacedores de niñas, los instigadores: él, ella, en el momento t, que no supo dar ¿el qué? Pero en este instante preciso no es la pregunta más importante, aunque más adelante será posible devolverles la pelota para rubricar su despecho y escudriñar el fracaso. Reciben la noticia. Al esperarla, esperándote, no sabían nada. No te vieron perforar la opacidad del vientre materno y remover con tus manos el aire líquido en cualquier pantalla luminosa escudriñada por una bata blanca a la que acechaban, colgados de la frase decisiva siempre aureolada por la duda (conciencia profesional), emocionados por su propia e íntima interpretación (como se mueve tanto, debe ser un…), pendientes de la emisión de un oráculo, de su probable verdad, no "es una niña" sino una prudente analogía, un sinónimo aproximado: "No veo nada". No se les informó de tu falta de formas en el lugar en el que eso se forma. "No veo nada", entiéndanme: "Es una niña…". No hay nada que ver, circulen, es una niña. Tus padres ni esperan ni oyen semejantes anuncios, pues las máquinas ad hoc todavía no existían. Estamos en 1959. Sin eco de los gloriosos testículos o nada que se pixele a ojos vistas, la idea es apenas concebible; la técnica todavía no escribe la onda gelificada de los deseos o los resquemores, ninguna imagen consigue captar a los nadadores amnióticos, por lo que puedes tranquilamente mover los pies y las manos, remover cielo y tierra con los talones, el suspense se mantiene intacto hasta el final, e inútiles son tus saludos con los pies a pesar de las predicciones del embarazo: sin náuseas, es un chico, ganas de vomitar, una niña; la libido al máximo, es un niño, el deseo por los suelos, una chica. ¿Ganas de sal, ganas de azúcar? Es sabido que las chicas son golosas. La tripa redonda, un chico guapo, la tripa como un balón de rugby, sin colita. ("Pff", dice tu abuelo, que fintó con los All Blacks en 1925 en un estadio hasta los topes). Existen incluso hipótesis más secretas que se repiten de parturienta a parturienta, entre dos respiraciones del cachorro: si se ha gozado en el momento de la concepción, será un chico, si no se sintió nada, será una niña. Tu madre está preocupada.

Es también una noticia porque tú no eres la primera. No solo es una niña, era otra nueva niña la que se anunciaba. Otra hija: prefieren no decir "una segunda", pues no contemplan que haya continuación (se equivocan). No solo eres una niña, sino otra niña. Eres la siguiente niña. Tu hermana (lo entenderás enseguida), tu hermana nació antes que tú: eres tú la que al nacer le das el nombre de hermana, eres tú la que bautizas a las dos con ese otro nombre diferente del de niña, con ese sustantivo de hermanas (ella no lo quiere, ni tú, ni nadie). A tu hermana mayor, por la gracia de dios, la dejaron llegar sin titubear. La llamaron Claude, con todo, para decirle a dios (en quien no creen) que bueno, esperaban, imaginaban, habían confiado en que… Tú, la segunda, desconciertas. "Otra niña": eres una decepcionante noticia. No te esperaban. Tu hermana no inauguraba el deseo del rey, pero tú ni siquiera eres el deseo de la reina. No eres una princesa.

No obstante, tu padre se desplazó. Asiste impaciente a tu nacimiento. Lo que apenas sí se practicaba entonces, diez años antes de Mayo del 68; los padres se mantenían a distancia del dilatado sexo de las mujeres, del dolor que se despierta en ellas en medio de un perfume de mierda y de sangre, de los gemidos del animal que, muriéndose, se vacía. Les hubiese costado recuperarse, dicen, verlo los volvería impotentes. Se protege a los hombres del fracaso y a las parejas de la repugnancia de sí mismas. Pero con tu padre hicieron una excepción, lo consideraron lo bastante sólido como para permanecer en la sala del parto, después de todo formaba parte del gremio, o bueno, casi: es dentista. Acostumbrado pues a las dilataciones, sin emocionarse ni asombrarse por las mucosas sangrientas. Familiarizado con las encías, no corría el riesgo de sentirse amenazado por una vagina dentada. De que ¡uf! se pudiera desmayar, castrado para siempre por tan terrorífica visión. Todos los días, él… Pero no, espera… Tu padre no es dentista, qué bobada, es el Dr. Galiot, con quien se cruzó en el pasillo entre una nube de humo cerca del recinto de las matronas, hace un momento; será tu dentista cuando tengas dientes, y el hijo que se dispone a coger entre sus brazos sin ni siquiera apagar el pitillo estará un día contigo en la escuela, Jérôme Galiot, un gilipollas nacido el mismo día que tú, falso gemelo que según tú no desmentirá la expresión "sexo opuesto" con sus chistes malos, pero, por el momento, trofeo de sus padres en la clínica Santa Águeda de Rouen, se te adelantó un cuarto de hora y con una corta extremidad. No, tu padre es médico general en la calle Jeanne d’Arc, y ya había previsto tu nombre. Jean-Matthieu. Jean como su padre y Matthieu como él, honrados sean los hombres de la familia y los dos Evangelios más hermosos, fe del protestante. Le avisaron en su consulta que era inminente, acudió dejando sus ocupaciones, se volvió a marchar y luego regresó a las cinco de la mañana, con el aire de la noche perfumando el cromosoma XY, esta vez sí, es un chico, lo presiente y quiere estar presente. Saludó al pasar al Dr. Galiot, "enhorabuena", y se precipitó a la sala de partos justo en el instante en el que salías del abismo. A sor Catherine no le pareció muy acertada la intrusión, mueve los pliegues del delantal como si la hubiesen sorprendido desnuda, nada más percibir tu cabeza, la despacha hacia tu madre ignorante y adormilada: los celos no caben y, además, es más correcto. Teniendo en cuenta las pocas mechas pegadas encima de tu cabeza, eres del sexo masculino, eso seguro, incluso podría decirse sin temor a equivocarse que tienes 50 años, una alopecia galopante mucho antes de ser calvo; tu padre hace bromas, pero nadie se ríe, tu madre sufre como una loca, el fruto de sus entrañas la vapulea, había olvidado ese terrible dolor, pero nunca te dirá nada porque, en efecto, el sufrimiento físico se borra de la memoria del cuerpo antes que el placer, la naturaleza es sabia, y el supremo dolor de nacidas-niñas lo conocerás bastante pronto. De pie junto a la cama, tu padre sostiene distraídamente la mascarilla por encima de la nariz de tu madre, a la que le falta oxígeno y ternura, con el cuello inclinado hacia sor Catherine, que se implica en el esfuerzo por la vida, "vamos, empuje, venga, respire", uf, uf, repite, sigue, comprime los hombros, ¿cuántos niños habrá parido con palabras? Se acerca el alumbramiento, a tu padre le da un ataque de apnea por el no nacido, de repente deja de creer, con el cuello rígido, sin aliento, al borde del vacío. "¿Qué es?", pregunta la madre entre dos bocanadas de aire, no se sabe nada, empuja una última vez, no huele a rosas y tu padre se descompone, ¿alguna vez lo creyó? ¿Qué es? Qué fracaso.

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