'La noche cae sobre Shanghái': el nacimiento de la oscuridad del siglo XX

Cubierta de 'La noche cae sobre Shanghái'.

Luis Melgar

Tras siete años en China, el escritor y diplomático Luis Melgar recrea el Shanghái de los años 30 en un thriller histórico sobre el nacimiento de la oscuridad del siglo XX.

En La noche cae sobre Shanghái (Plaza & Janés, 2026), el autor aplica su experiencia diplomática y su conocimiento directo de China a una novela de espionaje, deseo, culpa y memoria histórica. Ambientada en el Shanghái cosmopolita y fracturado de 1935, la historia arranca con un asesinato en el consulado de España y crece hasta convertirse en una intriga internacional donde se cruzan el auge del nazismo, la amenaza japonesa en Asia y los prolegómenos de la Guerra Civil española.

infoLibre ofrece a sus socias y socios un fragmento en exclusiva de esta novela, ya en librerías, que elabora un retrato de Shanghái como laboratorio del siglo xx: una ciudad de diplomáticos, empresarios, mafias, periodistas, exiliados y oportunistas en la que ya laten los conflictos que cambiarán el mundo.

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Domingo, 23 de junio de 1935.

La noche de San Juan.

Asier estaba agotado. La noche anterior había estado hasta las tantas en el Paramount. Al final se había llevado a Jakob con él. En el estado en que se encontraba, no se había atrevido a dejarlo solo en casa. Le había prestado uno de sus esmóquines de trabajo, que le quedaba un poco grande de pecho y algo corto de mangas y pantalones, pero aun así le daba un aire lo bastante sofisticado como para entrar en el local. La presencia de su amigo lo había llevado a beber más de lo habitual durante el turno. Al volver juntos a casa, habían seguido con la cerveza —fría, por supuesto— y bueno…

El resultado era un dolor de cabeza monumental, pero no le quedaba otra que aguantar. Tenía que ganarse la vida y, además, se lo debía a Isabel. Tenían que averiguar qué estaba sucediendo en Shanghái. En qué andaban metidos tanto Yungli como el señor Roxas.

Llevaba en la mano derecha una bandeja cargada de comida típica española: pequeñas tapas de jamón serrano, pinchos de tortilla de patatas y croquetas para ofrecer a los invitados. Aprovechaba su libertad de movimientos para observar cada detalle de lo que ocurría en la fiesta. Un poco más allá estaba Isabel, charlando con el vicecónsul y con una pareja china. También veía al señor Roxas, que había dejado a Bernhardt a solas con el cónsul y parecía confundido. Cerca de ellos, el príncipe Nikolai conversaba con un grupo de diplomáticos. Era extraño que la princesa no lo acompañara. Normalmente, iban juntos a todos los actos sociales.

Tenía que averiguar de qué hablaban Bernhardt y el cónsul. Decidió acercarse con la bandeja para intentar escuchar lo que discutían, pero un rostro entre la multitud lo hizo cambiar de objetivo. Entre los invitados, creyó adivinar la figura de Yungli. Llevaba un traje oscuro de corte occidental, una camisa clara y una corbata corta y estrecha, con el nudo pequeño. En ningún caso la indumentaria de un «pobre» comprador. Claro que tampoco era lo bastante ostentoso para un miembro de la Banda Verde. Yungli permanecía algo apartado, como si quisiera pasar inadvertido, pero sus ojos recorrían el jardín con atención, captando cada detalle.

Asier sintió cómo el enfado volvía a hervirle por dentro. ¿Qué demonios hacía allí? ¿Es que no podía dejarlo en paz ni un segundo? Sin soltar la bandeja, se dirigió hacia él.

—¿No decías que esto era tan peligroso? —le preguntó en voz baja, con tono mordaz—. ¿Qué haces aquí, pues?

Yungli se apartó un poco más del bullicio. Asier lo siguió y se detuvo frente a él, esperando una respuesta.

—Va a suceder algo esta noche —dijo Yungli con voz tensa—. Por favor, busca dónde ocultarte.

Asier frunció el ceño.

—¿Qué? No soy ningún cobarde.

Yungli lo miró con una intensidad que Asier no pudo ignorar.

—Si alguna vez has sentido algo por mí, hazme caso y busca una excusa para marcharte. Refúgiate en las cocinas y ponte a lavar platos si hace falta, pero aléjate de aquí.

Asier dio un paso atrás, incrédulo.

—¿Estás loco? ¿Qué demonios…?

Yungli lo interrumpió, la voz cargada de urgencia.

—Sobre todo, aléjate de Bernhardt. De Bernhardt y del príncipe Volkov…

Antes de que Asier pudiera responder, se escuchó el sonido de un disparo, seguido casi al instante por otro. Las detonaciones, secas y contundentes, cortaron el aire festivo, sumiendo el ambiente en un silencio denso y asfixiante.

El eco de los disparos aún flotaba cuando Yungli sacó un revólver.

Asier reconoció el modelo al instante, una Smith & Wesson, muy frecuente entre los militares y las fuerzas de seguridad… y también en los círculos de contrabando de armas.

Esos, Asier los conocía bien.

***

Miguel se despidió del príncipe Volkov con una última inclinación de cabeza. El aire de la noche acariciaba su rostro mientras los acordes de una guitarra española resonaban en el jardín. Alrededor, las pequeñas hogueras comenzaban a brillar con más intensidad a medida que la oscuridad se asentaba. Cerca de una de las fogatas, un grupo de jóvenes había comenzado a saltar y aplaudir al compás de una jota aragonesa.

Miguel centró de nuevo su atención en Isabel. Por fortuna, no se había movido del sitio, ni parecía estar hablando con nadie. De hecho, lo miraba directamente, como si lo estuviera esperando. Se dirigió hacia ella con una amplia sonrisa.

—No te haces una idea de lo que me alegro de verte.

Isabel le devolvió la sonrisa, y por un momento, el mundo a su alrededor pareció desvanecerse, dejando solo la calma de su presencia. Pero la sonrisa de ella duró apenas un instante.

—Miguel, ya sabes que siempre me alegro de verte… pero no tanto en esta ocasión.

Él frunció el ceño.

—¿Por qué?

Isabel lo miró a los ojos. Su mirada reflejaba una preocupación que Miguel no comprendía del todo.

—¿De qué hablabas con el príncipe Nikolai?

Él se sintió un poco atrapado por la pregunta, pero intentó mantener la calma.

—A decir verdad, Isabel, es un asunto privado y no me gustaría traicionar su confianza. ¿Tú lo conoces?

Isabel soltó un pequeño bufido, que en cualquier otra persona habría parecido rudo, pero que en ella solo aumentaba su atractivo.

—Estás aquí con Johannes Bernhardt, ¿verdad?

—¿Qué tiene que ver el príncipe con Bernhardt? —preguntó él, desconcertado.

Isabel sacudió la cabeza, su expresión se tornó aún más seria.

—¿No me lo vas a contar, entonces?

Miguel se la quedó mirando, desconcertado.

—Te prometo que no sé de qué estás hablando.

Isabel suspiró, como si el peso del mundo descansara sobre sus hombros.

—Johannes Bernhardt. No deberías hacer tratos con él. Es un hombre peligroso.

Miguel sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.

—Mira, sabes que contigo no tengo secretos. Mi primo Andrés y mi madre me pidieron que se lo presentara al cónsul. Ya lo he hecho, y no tengo nada más que ver con él ni sé qué se traerá entre manos —explicó, quizá un poco aceleradamente, con la voz más insegura de lo habitual. Después se detuvo y la miró directamente—. ¿Pero tú qué tienes que ver con todo esto?

Isabel tomó un respiro profundo, como si le costara soltar lo que iba a decir.

—Todo comenzó con un encargo del periódico, pero ahora… Asier y yo creemos que Bernhardt tiene algo que ver con el tráfico de opio.

Miguel abrió los ojos con sorpresa.

—¿Asier también? ¿Pero qué es esto?

—Es muy largo de explicar, pero Asier me está ayudando. ¿Tú no sabes nada que me pueda ser de utilidad?

Miguel se quedó en silencio por un momento, tratando de comprender la situación. Sabía que el Weekly tenía una línea editorial liberal, siempre alerta a los peligros del totalitarismo, y muy crítica con los regímenes imperialistas en Japón, en Alemania y en Italia. No era sorprendente que quisieran investigar a alguien como Bernhardt. Y si él podía hacer algo para ayudar a Isabel...

—Bernhardt mencionó un cargamento que había que enviar a España; a Tetuán, en concreto —murmuró—, pero no me dio más detalles.

—¿A España? Pero eso no tiene sentido, el opio se importa desde la India a China…

De repente, un disparo resonó en el aire, seguido rápidamente por otro. La gente comenzó a chillar, y en un instante, el caos se apoderó del jardín.

—¡El príncipe! ¡Han matado al príncipe Nikolai!

Miguel miró a su alrededor, tratando de identificar de dónde venían los gritos. Entonces lo vio. No hacía ni cinco minutos habían estado juntos. Bernhardt, aún agarrado del hombro del cónsul, se guardaba una pistola debajo de la chaqueta con disimulo.

Nadie había reparado en él.

Solo Miguel.

—¡Ahí! —chilló—. Junto al cónsul, se llama Johannes Bernhardt, ¡es el asesino!

El alemán le clavó una mirada de odio y echó a correr en medio del gentío.

***

—¡Han matado al príncipe Nikolai!

Me he quedado paralizada. Las palabras retumban en mis oídos, como la onda expansiva de una bomba. Han. Matado. Al. Príncipe. Nikolai. Estaba convencida de que iba a pasar algo… ¿pero esto? No esperaba verme envuelta en un asesinato.

Las hogueras, que hace apenas un momento eran el centro de la celebración, se han vuelto inquietantes, casi malignas. Me dan miedo. Las llamas crean un ambiente infernal que me pone la carne de gallina. Hay gente que corre en todas direcciones, con el rostro desfigurado por el miedo. Otros se quedan paralizados, incapaces de moverse, como si el horror los hubiera anclado al suelo. Las voces se mezclan con el crepitar de las llamas y los pasos atropellados.

De pronto, oigo otro grito.

—¡Ahí! Junto al cónsul, se llama Johannes Bernhardt, ¡es el asesino!

Compruebo atónita que ha sido Miguel.

Miro a mi alrededor, intentando distinguir algo entre el tumulto, pero solo veo un torbellino de confusión. Miguel tiene el rostro pálido y los ojos abiertos de par en par. Le hago un gesto de cariño para tranquilizarlo, aunque yo misma estoy bastante asustada.

No puedo quedarme quieta. Tengo que vencer la parálisis. Saco la cámara, la agarro con fuerza y me sumerjo en la multitud. Necesito capturar lo que está sucediendo a mi alrededor. La gente corre, choca entre sí, sus rostros muestran terror y desconcierto. Algunos tropiezan con las hogueras, avivando aun más las llamas.

A lo lejos me parece ver una zona despejada. La gente se ha apartado para formar un círculo en torno a un lugar específico. Camino hacia allí, con la respiración contenida. A medida que me acerco, veo lo que todos miran: el cuerpo del príncipe Nikolai, tirado en el suelo. Su elegante traje está manchado de sangre. En la mano derecha aferra aún el maletín de piel de cocodrilo.

A su lado hay un hombre arrodillado que le toma el pulso con manos temblorosas. Después, acerca su oreja al pecho del príncipe y levanta la vista.

—Está muerto —anuncia—. La bala le ha acertado en el corazón.

El caos a mi alrededor es total, pero me mantengo firme, con la cámara aún entre las manos. Mientras la conserve, conservaré algo de control sobre lo que sucede. Es mi salvavidas en medio del naufragio. Como una autómata, sigo fotografiando el cuerpo sin vida. Entonces veo una figura que se mueve entre la multitud: es el vicecónsul, Julio de Larracoechea. Su rostro refleja la más absoluta concentración. No puedo dejar de admirar que sepa mantener la profesionalidad en un momento como este. Cuando me ve, se dirige hacia mí.

—¿Qué ha ocurrido?

—Han disparado al príncipe Nikolai... —respondo—. Está muerto.

Al instante llega el cónsul francés, Marcel Baudez. Después de todo, estamos en su concesión. Lo acompañan Fitzgerald y Davis, sus colegas británico y americano. Este último me dirige una mirada de reconocimiento.

Et qu’en est-il du meurtrier? —pregunta el francés, entre jadeos—. ¿Alguien ha visto quién ha sido?

—Ha sido ese hombre, el alemán, Johannes Bernhardt —dice Miguel, que de algún modo se ha abierto paso entre la multitud y ha llegado hasta nosotros.

—¿Cómo? —pregunto, con un nudo en el estómago.

—Lo he visto perfectamente —continúa Miguel—. Dejé a Bernhardt con el cónsul, querían hablar a solas. No llevaban ni cinco minutos de conversación cuando el alemán sacó una pistola y disparó contra el príncipe. Vi con toda claridad cómo la escondía debajo de su chaqueta antes de echar a correr.

La gravedad de lo que acaba de decir cuelga en el aire como un nubarrón imposible de disipar. Miro al Miguel, incapaz de encontrar las palabras adecuadas. ¿Cómo es posible? La imagen de Bernhardt con la pistola en alto me da escalofríos.

Las llamas de las hogueras siguen ardiendo, proyectando sus sombras demoníacas sobre nosotros. Mientras, el cuerpo sin vida del príncipe Nikolai yace a nuestros pies. La noche de San Juan se ha convertido en una pesadilla.

A la khe jieh luh! —grita una mujer en shanghainés—. Yo lo he visto. El hombre que disparó salió huyendo por allí —señala hacia la tapia del jardín del consulado, que da directamente a la calle—. Salieron detrás de él otros dos, quizá tres, no estoy segura.

Las palabras de la mujer resuenan en el aire, y por un instante, todo se queda en silencio. Mis ojos siguen la dirección que señala, pero la oscuridad detrás de la tapia es impenetrable. No hay ningún rastro visible del asesino.

El vicecónsul Larracoechea es el primero en reaccionar. Veo que intenta mantener la calma, pero puedo percibir en él una urgencia creciente y, quizá cierta exasperación con su jefe, que no parece dispuesto a hacerse con las riendas de la situación. Él y Baudez intercambian una mirada. El francés se aclara la garganta.

—Estamos en el consulado español —murmura—. La jurisdicción es suya, aunque estemos en la concesión francesa. Je ne veux pas marcher sur vos plates-bandes, ya me entiende. No quiero excederme en mis funciones.

—Por otro lado, el presunto asesino es alemán —interviene Davis, que sigue sin separarse de su colega—. Mal que me pese, según los acuerdos de extraterritorialidad, debería ser juzgado bajo ley alemana…

—Y la víctima es un ruso blanco exiliado: un apátrida, ya que los soviéticos les han retirado la nacionalidad —añade Fitzgerald—. La jurisdicción corresponde a las autoridades chinas. ¡Un problema digno de un catedrático de derecho internacional!

Miro a los tres cónsules, atónita. El príncipe Volkov acaba de ser asesinado a sangre fría y ellos debaten como si estuvieran en la facultad.

—¿Alguien ha visto al cónsul general? —interviene Larracoechea—. ¿Eduardo?

En ese momento, Vázquez Ferrer aparece entre la gente. Al contrario que su segundo, se le ve aterrorizado. Su tez está demudada, como si hubiera visto a un fantasma. Apenas parece consciente de su entorno mientras se acerca con los ojos desenfocados.

—Esto no es asunto mío —sentencia, con voz temblorosa—. Yo no tengo nada que ver. Soy una víctima.

Larracoechea sacude la cabeza, obviamente atónito.

—Está bien, supongo que hay que avisar a la garde municipale, pare que ellos determinen cuál es la jurisdicción competente, ¿le parece, monsieur Baudez?

—Muy prudente, amigo mío, muy prudente.

Larracoechea dirige la mirada hacia Vázquez Ferrer, que sigue paralizado, incapaz de reaccionar. Al constatar por fin que su jefe no puede tomar el mando, apoya la mano en mi hombro.

—Por favor, ayúdame —susurra—. Me parece que eres la única persona sensata por aquí.

Miro a Miguel, que continúa en pleno ojo del huracán, en primera fila, contemplando el cuerpo del príncipe con los ojos como platos. Me giro hacia Larracoechea y asiento. Juntos, nos dirigimos hacia el interior del consulado en busca de un teléfono.

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—¿Estás seguro de que quieres llamar a la garde municipale, Julio? —pregunto entre susurros—. Es vox populi que están vendidos a la Banda Verde…

—No tenemos alternativa, Isabel. Esto es la concesión francesa. Estamos en sus manos.

—Que Dios nos pille confesados.

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