Lo mejor que tiene mi marido está en sus discos
Músicos no. Y menos si te doblan la edad, cariño. Músicos casados no, mi amor, aunque te paseen por la Diagonal, se levanten de la silla para besarte en los restaurantes, te escriban canciones de amor y te inviten a ir con ellos de gira. Te lo digo yo, que conocí a unos cuantos cuando me iniciaba en la vida amorosa y les creía cuando me decían que querrían tener dos vidas para poder estar conmigo y darme la felicidad que merezco. Era terrible no habernos conocido antes, me decían, y yo asentía, tímida y jovencísima, incapaz de imaginar toda la belleza de esa posible vida, incapaz de atreverme a pedirles que abandonaran la que les hacía tan infelices.
Que lo nuestro podría haber sido la Gran Historia de Amor, decían.
Que qué pena que ellos tuvieran tanto que perder y yo tan poco.
Músicos adultos incapaces de establecer relaciones sanas con mujeres de su edad no, mi amor. No, aunque seas muy madura para la edad que tienes. Porque te dicen que lo vuestro no puede ser, pero no acaban de irse. Y aparecen por sorpresa con un ramo de flores, con un disco con una imagen de portada muy fea lleno de canciones que hablan de tus ojos o del sabor de tu boca que es como una fresa, o de cómo les encanta agarrar tus muslos debajo de las sábanas porque tus muslos debajo de las sábanas hacen que todo sea más fácil. Tus muslos debajo de las sábanas son en todo lo que piensan cuando tú no estás.
Músicos casados no, mi vida, porque esos hombres no te sueltan, pero no están.
Una vez una mujer que me doblaba la edad me dijo: “Lo mejor que tiene mi marido está en sus discos”. Y después se quejó por tener que comprarle, lavarle y doblarle los calcetines.
Hace poco fui la pareja oficial de un músico. Le pagaba la casa y los discos, porque los discos no se pagan solos, cariño. Los dos primeros años fueron bastante dignos, pero al final nuestra historia se convirtió en la de una madre devota que tiene que cuidar de un hijo mentiroso. Si en una reunión de padres me hubieran dicho que mi niño necesitaba terapia, yo habría regresado a casa echando pestes del profesor incompetente que no ve cómo brilla mi niño, cómo de especial es mi niño incomprendido. Mi niño músico con barba blanca desaparecía temprano por la mañana con cualquier excusa. Cuando me decía que se iba a ver cómo entraba su hijo en el colegio yo quería creerlo como supongo que los han querido creer las parejas de aquellos con los que yo me encontraba en hoteles de playa, en pueblos perdidos de la mano de dios o en bares de mala muerte cuando fui joven y sentía la fortuna de que me hubieran elegido.
Una vez esperé a uno en el bar de un hotelucho de Lloret de Mar. Habíamos alquilado una habitación a medio camino entre su ciudad y la mía y él aprovechó el rato que necesitaban unos electricistas para arreglar un desperfecto de la casa en la que vivía con su mujer, que en aquel momento estaba trabajando, para estar conmigo. Yo era Joni Mitchell justo antes de que nuestro amor se perdiera. Estaré siempre para ti, me decía aquel señor músico, te esperaré siempre en el bar de este hotel, detrás de una montaña rusa, en la luz azul de la pantalla del televisor. Que podría beberse un chupito de mí, me decía, y que, aún así, se mantendría en pie. Soñando con mis muslos debajo de las sábanas.
“Pepito y Pepita son el ejemplo de que una relación sana entre artistas es posible”. La mujer que me lo dijo no sabía que Pepito venía a mi casa los martes y los jueves, cuando Pepita estaba en sus clases de pilates.
Además de un poco niños, los músicos suelen ser bastante escurridizos.
Fueron tres los músicos con quien tuve relaciones largas. Los tres me decían que era lo mejor que les había pasado en la vida. A veces no respondían a mis mensajes, pero yo no le daba importancia porque lo nuestro era muy puro. Lo nuestro era una historia prohibida. La semilla de una historia especial que nunca germinaría.
Ellos seguían con sus vidas mientras yo tenía la mía detenida y los observaba por el rabillo del ojo. Tecleaban mensajes por debajo del mantel cuando los domingos comían con sus suegros. Si se sentían solos o aburridos, o si su mujer se había ido de viaje o había salido a cenar con las amigas, si estaban tristes, o si necesitaban subir su autoestima antes de un concierto, me llamaban para que les dijera que eran los mejores y cuán privilegiadas eran las que los iban a ver desde las primeras filas. Y si aquella misma noche al acabar el concierto necesitaban verme yo cambiaba mis planes para recibirlos.
Venían a mi casa de chica de veinte años amueblada con muebles recogidos de los contenedores y se me quedaban dormidos encima como niños pequeños después de un berrinche, y yo me sentía la mujer más afortunada del mundo. Cuando dormíamos en un hotel, o salíamos y querían invitarme, pagaba yo –mis padres– para que sus mujeres no sospecharan nada cuando revisaran las tarjetas de crédito. Después me daban el efectivo que sacaban de un cajero automático.
Casi todos eran famosos.
Conocí a uno muy imbécil que se fue de mi casa antes de que yo me despertara. Cuando abrí los ojos y vi un condón anudado en mi mesilla de noche, sentí un vacío infinito. Después me escribió un mail muy largo para decirme que se había tenido que ir porque se había sentido amenazado por mi belleza y por los ojitos de mis gatos, que eran como fueguitos en la noche.
Algunos, eso lo supe más tarde, estaban en un grupo de Whatsapp que era una agenda de contactos sexuales y también el lugar perfecto para voyeurs. Porque se enviaban fotos de las fans con las que se acostaban e intercambiaban sus teléfonos. Había una en Granada que acudía a la hora que fuera y en Madrid otra que era un poco guarra. En Sevilla, había una que iba depilada como una niña y se dejaba follar por el culo. Yo debo de aparecer en alguna de esas fotos desmelenada y con la boca abierta vestida con las braguitas de encaje rosa fucsia o con un pijama minúsculo de Hello Kitty. Y aunque a estas alturas eso me da igual, me entristece ver las fotos de los estadios llenos de mujeres cantando con ellos –que ahora son señores con el pelo blanco, boina, panza, barba larga y sombrero– que si el cielo azul contigo y las estrellas o que si el fuego de tu piel y tu mirada y un volcán.
Cuando sucedió lo que escribo ellos pasaban de los cuarenta y yo me acercaba a los veinte. No sabía nada de la vida y solo deseaba ser amada. Send nudes, amor, tecleaban los domingos desde debajo del mantel de la casa de sus suegros.
Un día me llegó por sorpresa una foto de una polla. Nunca imaginé que el dueño me diría un día al penetrarme: “¿Te hago daño?”
Claro que me hacía daño.
Pero no con su polla ridícula.
Me acerco a los cincuenta y hace más de diez años que no sé nada de él, pero esta mañana recibí un mail de una amiga que me ha devuelto de golpe a los veinte años de amor intermitente con un señor bajito que tenía una esposa que le controlaba las tarjetas de crédito, un hijo monísimo y mucha cara dura. A ese hombre bajito todo el mundo lo quiere. Todo el mundo dice que es entrañable. Que es un amor. Un ejemplo. Una bellísima persona que con su arte y su carisma engrosa el valor de la cultura patria.
He querido escribir muchas veces sobre él, porque veinte años dan para mucho y porque su historia también es mi historia, pero me da un poco de vergüenza.
Hace bastantes meses que mi amiga y yo no hablamos. Nos vemos poco y su último mensaje fue duro. Me decía que solo quería tener cerca a las personas que la quieren tal como es. “Me he puesto en el centro y ahora solo quiero en mi vida a las personas que me aprecian de verdad, con lo bueno y con lo malo. Quiero que sepas que aunque esto suene a despedida me importa, y mucho, que estés bien. Has sido importante para mí”. Y me mandaba un abrazo que sentí frío, apelmazado, un abrazo de compromiso, casi de mentira.
El mensaje de esta mañana era diferente, el tono era amable y me he alegrado de recibirlo. Nuestra historia duró más de quince años con las intermitencias normales de la vida: las físicas (vivimos lejos), las emocionales (las dos hemos tenido cuadros depresivos que no han coincidido en el tiempo), las personales (las dos hemos sido madres, las dos somos artistas, las dos hemos tenido que encontrar la manera de “conciliar” para sostener nuestros proyectos). En una ocasión en la que nos vimos y ella estaba embarazada de bastantes meses, acabamos tristísimas porque lo más probable era que su marido no la deseara nunca jamás, que no pudiera amar a aquel cuerpo que parecía un botijo. Ella pensaba que todavía la amaría menos después del parto y yo no pude convencerla de lo contrario porque sentía algo muy parecido. ¿Cómo se iba a amar al objeto de deseo que se había abierto en canal justo por el sitio del placer?
Pero a lo que iba: el mensaje de mi amiga no era sobre nosotras, pero agradecí recibirlo y lo he aprovechado para acercarme a ella pero no del modo en que lo habría hecho antaño, cuando me habría aferrado a cualquier palabra para recuperarla. Agradecí recibirlo porque significa que había pensado en mí.
El mensaje es terrible.
Me dice que ha estado trabajando con Pepito y que se ha acordado mucho de mí (¡cómo no hacerlo, si le he hablado de él más que de mi madre!). Que gracias a su amabilidad consiguieron una sesión de fotos muy buena (siempre consigue que una sienta que le debe algo), que las imágenes destilan inteligencia, humor, candidez, compromiso y humildad (así lo ha escrito). “Ya no estáis en contacto, ¿no? Bueno, espero que estés bien”. Y me manda un abrazo.
No la culpo porque sé que el mensaje es una forma de autoafirmación al ser aceptada por una persona que el resto de la comunidad artística de este país tiene en buen lugar. Sé que necesita este reconocimiento. Lo único que lamento es que lo consiga a través de una persona que me ha hecho un daño del que ella es conocedora y lamento que, además, me lo cuente con tanta ligereza, reapareciendo en mi vida desde el más allá. No sé decirle que pienso que lo que está haciendo no es justo para ninguna de las dos, solo soy capaz de contestar: “¡Cuánto tiempo! ¡Cómo me alegra saber que estás bien! Y qué maravilla que Pepito haya sido tan majo. Me alegra saber que sigue en forma, tan encantador como siempre. Yo aprovecho para decir algo que ya sabes: que sigo aquí para ti, con mis defectos y con mis virtudes. Ojalá me lleves de vuelta a tu vida, porque te he querido mucho. De hecho, te sigo queriendo. Te mando millones de besos”.
Era broma. En realidad, mi respuesta ha sido otra: “¡Buenos días, preciosa! ¡Qué alegría saber de ti! ¡Qué bien! ¡Un abrazo!”.
A Pepito lo conocí cuando cumplí los veinte. Fui a uno de sus conciertos con mi amiga Anna. Yo no sabía que Pepito se llamaba Pepito, solo sabía el nombre del grupo. Yo no sabía que aquella noche me cambiaría la vida. Si pudiera volver atrás, quizás elegiría quedarme en el bar con el resto del grupo tomando cervezas. Porque yo no tenía ningún interés en conocer a Pepito. Solo quería saltar con Anna, abrazar a Anna, divertirme con ella. Gritar, hacernos fotos, beber, reír. Y eso es lo que hice aquella noche en primera fila, y más tarde Pepito me dijo que le había robado protagonismo. Pensé que era un halago o una broma, pero ahora que ha pasado tanto tiempo y que lo conozco tan bien sé que era una queja.
Tengo una foto muy graciosa con el escenario detrás, feliz, borracha, roja, gritona, despeinada, con los pies de Pepito y del resto de los músicos sobre mi cabeza.
Tengo otra foto menos graciosa, levantando los brazos y con cara de sorpresa, porque Pepito se agachó y colocó su cabeza entre mis brazos. Y cantaba. La la la la laaaaaa. Cantaba que si su saliva y la saliva de la otra nosequé y nosecuantas. Y yo flipando. Porque cuando acabó todo me quiso conocer. ¿Cómo te llamas?, me preguntó, y yo: pues me llamo Paloma, y él: pues qué nombre tan bonito, pero después me llamaba Aloma. Y yo: Paloma, con P de Pontevedra. Y él: ah, sí, perdona Paloma, pero al cabo de un rato: “Aloma, nosequé”. Y yo: Paloma, con P de Puerta. Y él: ¡Alomaaa! Y yo: Paloma, con P de Pepito. Al final le grité ¡Con P de Puta! Y ya, a partir de ahí me llamó Paloma.
Aquella noche fue muy rara y acabó muy mal, porque cuando ya me iba se apalancó en el taxi que Anna y yo cogimos para volver al piso de estudiantes, y se trajo a su representante. Y yo no quería acostarme con él, pero él quería llevarme a alguna habitación. Y yo le decía: Pepito, por favor, no me hagas esto, que a mí me encanta tu música. Pepito, por favor te lo pido. Y al final se cansó y cogió al representante y se fue pegando un portazo y gritando cerrad bien no sea que os violen. Y yo me quedé muy mal, pero para Anna todo era muy gracioso, tan gracioso que, al día siguiente, en la facultad, se lo fue contando a todos. Y todos se rieron.
Unos días después me llegó un mail con el asunto “Con P de Paloma”. Pepito se había inspirado: la P daba para mucho. La P era de Princesa, de Podría ser, de Perfecta, de Primera, la P no era solo de Paloma, Pontevedra, Puerta y Pepito, la P era de PARA SIEMPRE. Y así continuaría siendo si yo no lo hubiera frenado. Porque él siguió con su vida, pero no había un día en que no me dijera que le gustaría tener dos vidas para poderme dar toda la felicidad que yo me merecía.
Nuestra historia podría dividirse en dos partes: la primera, cuando lo perseguí yo, y la segunda, cuando me persiguió él. Duraron diez años cada una. Veinte en total.
He de decir que la primera parte la viví con mucha ansiedad, porque yo no sabía si él me quería y yo estaba enamorada. La segunda, por más que él se queje, no fue tan dura, porque él siempre supo que yo lo amaba. Aunque claro, ya no de la manera loca del principio, la que a él le gustaba, cuando lo encerraba en lavabos para que no se fuera, lo llamaba a horas intempestivas y le escribía poemas. En la segunda parte iba todo de capa caída, y cuando más nos acercábamos al final, más crecía su deseo.
Fue por esa época cuando me mandó la fotopolla.
Y un día, como tantos otros, se plantó en mi casa y me dijo que ya sabía que yo tenía trabajo, pero que él también, y que no molestaría, que se pondría como siempre en la cocina con su ordenador. Pero no paraba quieto. Paloma, te quiero comer el coño. Y yo le decía Pepito, que estoy trabajando, y además esas cosas no suceden así, esas cosas tienen que darse. Y él: por favor, solo un poquito. Y yo: Pepito, que tengo una cándida. Y él: que me da igual. Y yo: ¿y tu mujer? Le pegaremos la cándida a tu mujer. Y él: no, que va, que no pasa nada. Y yo: bueno, vale, pero solo diez minutos.
Aquel día se quedó a dormir porque su mujer estaba de viaje de negocios y el niño, que en aquel momento ya casi era un adolescente, con los abuelos. Yo le dije que no me apetecía follar, pero él insistió, y aquel fue el día que me preguntó si me hacía daño. Llevaba veinte años con esto y estaba agotada, y del suspiro que me salió, porque ya no me hacía daño, y él lo sabía, porque ya no era aquella jovencita loca e ingenua que se creía cualquier promesa de amor eterno que se construía con silencios y en la oscuridad, lo absorbí. Desapareció. Engullí a Pepito con mi coño y un suspiro. De verdad que desapareció.
Sucedió a plena luz del día. Todo pasó muy rápido. Lo busqué debajo de la cama, en la cocina, en el lavabo. Salí a la calle y nada. Llamé por teléfono a su mejor amigo y me dijo que no sabía nada de él, y que eso era muy raro. Más tarde lo llamó la mujer de Pepito y fueron juntos a notificar su desaparición. Cuando en comisaría se supo su edad y su oficio, y que se estaba medicando, les dijeron que no se preocuparan porque debía de estar con alguna amante, que casos como ese habían visto cientos, que ya aparecería. Pero unos días después mostraron su foto en los informativos y en los periódicos. Yo juré y perjuré que estaba dentro de mí, hasta fui a la policía y también se lo conté a su mujer, pero nadie me cree.
Quién sabe qué debe estar haciendo Pepito ahora. Tan solo, tan perdido, en un sitio tan caliente y tan oscuro. Hay días en que no pienso en él, pero hay otros en los que lo echo de menos. Me siento culpable. Si pudiera, lo sacaría de mi cuerpo. Lo lavaría, le daría mil besitos, lo vestiría bien elegante, lo cogería de la mano y lo llevaría hasta su casa para decirle a su mujer: Toma, te lo devuelvo.
*Anna Mur es escritora y guionista.