Sexo, catolicismo y la reina del pop: cuando el paso de los 80 a los 90 pilló a España bailando con Madonna
No puede asegurarse que el orgasmo de Madonna al final de Like a virgin en el Blond Ambition Tour fuera fingido como parte de la actuación. Más que nada porque la reina del pop lo daba todo: la cantaba sobre una cama de terciopelo rojo, con el célebre corsé cónico dorado diseñado por Jean-Paul Gaultier, flanqueada por dos bailarines musculados con sujetadores de formas fálicas, encadenando posturas sugerentes y eróticas que, en pleno crescendo musical, se convierten en un acto sexual figurado de caderas descontroladas y agitación masturbatoria en horizontal de lo más veraz.
Con la provocación por bandera, por si no fuera suficiente, desde lo más alto del clímax, Like a virgin paraba en seco, se escuchaba la exclamación “God!” (“¡Dios!”) y empezaba a sonar Like a prayer. Por lo que sea, esta escena no fue del agrado de Juan Pablo II, que pidió públicamente el boicot a los cuatro conciertos que la estadounidense había anunciado en Italia en el verano de 1990, de los cuales, por las presiones y la no suficiente venta de entradas, terminarían celebrándose únicamente dos: Roma (10 de julio) y Turín (día 13).
En este ambiente de confrontación entre sexo, catolicismo y música pop llegaba por primera vez la diva a una España que, tras el fin de la dictadura, la apertura al exterior y la explosión cultural de los 80, había decidido que todo era posible y que el cambio de década a los 90 la iba a pillar bailando —así llegamos a 1992, el año de Cobi y Curro, descontrolados de tanto—. No en vano, el primer show de Prince en nuestro país, también en el Vicente Calderón, tuvo lugar tan solo cinco días antes —¡vaya doblete!— de que Madonna Louise Ciccone (Bay City, Michigan, 1958) congregara el 27 de julio de 1990 en el mismo añorado estadio a 50.000 personas, previo pago de 4.000 pesetas, con una mezcla de curiosidad, éxtasis mariano, emancipación sexual y, sobre todo, ganas de bailar.
No eran solo música y tenían ese componente nuclear e inherente de liberación (individual y colectiva) los conciertos de entonces en el Vicente Calderón, por donde, apenas un mes antes, también pasaron aquel verano, por partida doble, los Rolling Stones. Un coliseo, hoy ya demolido, que forma parte de nuestra memoria por lo que tuvo de puerta al mundo exterior a través de las más grandes estrellas musicales de la época, y cuyas gradas se terminaron estremeciendo de aluminosis como consecuencia de tantas veladas con, atención al plantel: Michael Jackson, Bruce Springsteen, David Bowie, Pink Floyd, Genesis, Simple Minds, Lou Reed, Dire Straits, U2 o Guns n’ Roses.
Claro que Madonna no venía a abrir puertas, sino a demoler muros, destruir convencionalismos atávicos y enmendar por la vía del pop costumbres sin rango de ley pero, quizás justo por eso, más arraigadas y difíciles de cambiar. Madonna, que este mismo 16 de agosto, cumple 68 años, dicta sus propias normas. Nadie le dice lo que tiene que hacer. Muchos lo han intentado, pero a lo largo de casi medio siglo se ha enfrentado a cara descubierta a discográficas, críticos, políticos y, como hemos visto, al Vaticano mismo. Una mujer, ella sí, verdaderamente libre, para bien y para mal, que protagonizó aquel verano madrileño con sus ambiciosos rizos rubios a lo Marilyn Monroe.
Vayamos a la noche del 26 de julio de 1990 y la infausta fiesta que Pedro Almodóvar montó en su honor en el Hotel Palace de Madrid con Alaska, Bibiana Fernández, Rossy de Palma, Manuel Bandera y, claro, Antonio Banderas, al que la estadounidense se quiso ligar a toda costa, sin éxito. Cuentan todos ellos que la agasajada fue desagradable, y ha contado hace no tanto el cineasta manchego que tanto él como Antonio se sintieron como unos pardillos cuando lo que se suponía que el equipo de la estadounidense estaba filmando como recuerdo acabó sin aviso alguno en la película En la cama con Madonna (1991).
En cualquier caso, la juerga se alargó, como procede; porque, total, ya puestos… Así que con esa vibra de la noche anterior y cierta resaca cuanto menos emocional, amanecía Madonna la mañana del 27 de julio de 1990, dispuesta a cantar por primera vez para sus seguidores españoles en la parte final de una gira mundial que había arrancado el 13 de abril en Tokio y a la que, tras recorrer Norteamérica y Europa, le quedaban solo citas en Madrid, Vigo (29 de julio, en Balaídos), Barcelona (1 de agosto, en el Estadi Olímpic Lluis Companys, retransmitido por TVE a una treintena de países) y Niza (5 de agosto).
“¡Soy el jefe, soy el jodido jefe, coño!”, exclamaba unas pocas horas después, a las 22:15, concretamente, cuando se encendían los focos y la maquinaria del Blond Ambition Tour se ponía en marcha en el Vicente Calderón con el primero de los cuatro actos, con una escenografía inspirada por la película Metrópolis, de Fritz Lang, y cuatro canciones: Express yourself, Open your heart, Causing a commotion y Where’s the party.
La temática religiosa centraba el inapelable segundo acto, tan burbujeante con himnos entonces, clásicos hoy, como Like a virgin, Like a prayer —título a su vez del disco que motivaba la gira, y en cuya interpretación no faltaron túnicas, cruces y quinientos cirios sobre las tablas—, Live to tell, Oh father y Papa don’t preach.
Rock y lucha obrera: cuando Bruce Springsteen trajo en 1981 por vez primera su conciencia de clase a España
Ver más
Con el público ya entregado, el tercero aprovechaba para promocionar la banda sonora de la película Dick Tracy (1990), protagonizada por la propia Madonna junto a Warren Beatty, un tramo de cierta relajación por el ambiente jazz en temas como Hanky Panky, Now I’m following you y Sooner or later: seguro que pensaba en Antonio Banderas, también entre el público como todos los de la cacareada fiesta, mientras cantaba "Sooner or later you're gonna be mine [...] The challenge delights me, the more you resist, babe, the more it excites me, and no one I've kissed, babe, ever fights me again".
En el cuarto acto hacía acto de presencia el humor, con Madonna riéndose de la imagen de ella misma en Material girl, junto a referencias artísticas a Tamara de Lempicka en canciones como Cherish, Into the groove y Vogue. Para rematar, el bis final a dos horas de show medido, bien diseñado y perfectamente coreografiado se concibió como una fiesta sin guion —¿acaso alguna buena fiesta lo tiene?— con Holiday y Keep it together, y Madonna enfundada en la camiseta del Atlético de Madrid. Y chimpún, se encienden las luces y todo el mundo a su casa a paladear uno de esos conciertos que quedan para la historia.
Abandonaba Madrid la reina del pop sin haber hecho demasiados amigos, precisamente, pero con la certeza de haber conseguido 50.000 nuevos súbditos. En Vigo la esperaban otros 20.000 y en Barcelona 60.000 más. Alrededor de 130.000 personas en tres grandes recitales que tuvieron lugar en el momento justo: porque si la sabiduría popular dice aquello de "que el fin del mundo te pille bailando", en el verano de 1990 Madonna pilló a España en un punto diametralmente opuesto: terminando de abrirse a un mundo nuevo en pleno subidón de autoestima. Y eso es esencial para que la música pop brille con toda su potencia y cale con todo su festivo poder transformador.