El país cateto que anhela la derecha Pilar Portero
Durante décadas, la ultraderecha española ha librado una guerra cultural paciente y metódica en torno a los símbolos nacionales. Primero se abrazó sin complejos a la bandera preconstitucional del aguilucho y la exhibió como si fuera la única enseña legítima de España. Después, cuando esa iconografía empezó a resultar demasiado evidente, se fue apropiando de la rojigualda constitucional hasta convertirla en marca casi exclusiva de un bloque ideológico. Hoy, para millones de ciudadanos, la bandera que debería representar a todo el país aparece contaminada por esa historia.
Esa lógica de ocupación simbólica no se ha quedado en las banderas. Se ha extendido a otros terrenos de la vida cotidiana, como el fútbol. Y estos días asistimos a una nueva fase de esa misma guerra: la batalla por las camisetas de la selección española. Mientras la Roja sigue siendo el uniforme histórico del equipo, una parte de la derecha radical ha encontrado refugio en la segunda equipación, la beige, para evitar vestirse literalmente de rojo.
La derecha radical ha aprendido a convertir cualquier símbolo nacional en un dispositivo de exclusión. Con la bandera ya lo hizo: primero reivindicó la del aguilucho y luego se envolvió en la constitucional hasta hacer creer que solo quienes piensan como ella son patriotas de verdad. La izquierda, los movimientos sociales y muchos demócratas moderados se alejaron de ese símbolo para no quedar confundidos con quienes lo agitaban acompañándolo de discursos de odio.
La selección nacional de fútbol funcionó durante años como uno de los pocos espacios donde ese bloqueo simbólico aflojaba. La Roja permitía que en un mismo bar convivieran el sindicalista y el empresario, la feminista y el conservador, el migrante recién llegado y el vecino de toda la vida, alentando el mismo gol. La camiseta era el pretexto para vivir durante 90 minutos una comunidad imperfecta pero real, donde las diferencias ideológicas se suspendían. Precisamente por eso, la ultraderecha no puede dejar intacto ese territorio.
El gesto reciente es simple: evitar la Roja y abrazar la beige. La segunda equipación se transforma en refugio ideológico para quienes quieren estar en la fiesta del fútbol sin compartir simbología con el enemigo cultural que han construido. Es una forma de decir “estoy con España”, pero no con esa España que incluye rojos, feministas, republicanos, migrantes o demócratas que no comulgan con la cruzada reaccionaria.
Nadie reconocerá abiertamente que rehúye la Roja por motivos ideológicos. Se hablará de gusto, de estética, de elegancia. Pero en un contexto donde “rojo” se usa como insulto político, el cambio de color no es inocente: es la versión textil de una alergia ideológica. Lo grave no es preferir un diseño, sino usar la segunda equipación como herramienta de segregación simbólica, convirtiendo la Roja en un uniforme sospechoso y la beige en territorio seguro.
La Roja permitía que en un mismo bar convivieran el sindicalista y el empresario, la feminista y el conservador, el migrante recién llegado y el vecino de toda la vida, alentando el mismo gol
Esta apropiación de camisetas nacionales no nace en España. Brasil fue el laboratorio perfecto. Durante los años de auge de Jair Bolsonaro, la camiseta amarilla y verde de la selección se convirtió en uniforme político. Las grandes manifestaciones bolsonaristas eran mareas de camisetas que, en teoría, representaban al equipo nacional, pero en la práctica simbolizaban adhesión a un proyecto autoritario.
Millones de brasileños dejaron de sentirse cómodos vistiendo la camiseta de su selección, no porque dejaran de amar el fútbol, sino para no ser confundidos con quienes atacaban las instituciones democráticas y los derechos de las minorías. El símbolo nacional, que debería unir, se convirtió en código de pertenencia a una tribu ideológica. La enseñanza es clara: cuando la ultraderecha se apropia de un símbolo deportivo nacional, el daño excede el ciclo electoral.
Si miramos España con esta lente, lo que ocurre hoy con la segunda equipación beige es una prolongación lógica de la guerra cultural iniciada con la bandera. Antes se colonizó la rojigualda. Ahora se intenta desactivar la potencia de la Roja.
La Roja no es solo un color: es relato y memoria, las noches de Eurocopas y Mundiales, los gritos compartidos, las celebraciones. Ha sido uno de los pocos relatos colectivos capaces de atravesar clases sociales e ideologías. Precisamente por eso resulta incómoda para quienes necesitan que todo símbolo nacional sea un arma de parte. La segunda equipación beige ofrece una coartada perfecta: permite mostrar adhesión a la selección sin pronunciar la palabra “Roja”.
Si dejamos que la Roja se convierta en camiseta “de los rojos” y la beige en camiseta “de los buenos españoles”, habremos aceptado que no existen símbolos comunes, solo marcas de segmento ideológico. La selección dejará de ser punto de encuentro para convertirse en tablero de otra batalla de trincheras.
Puede parecer excesivo hablar de “batalla” por una camiseta. Pero lo que está en juego no es el tejido, sino el significado. Los símbolos son infraestructura emocional de la política. Cuando se quiebran, la convivencia se resiente.
Si la bandera solo puede ser llevada sin sospecha por quienes la gritan contra la diversidad, si la Roja empieza a ser percibida como camiseta “de los otros” y la beige como camiseta “de los nuestros”, la nación se fragmenta en tribus que no quieren siquiera compartir colores. Cada gesto cotidiano –ponerse una camiseta, colgar una bandera– se convierte en declaración de guerra.
La respuesta no puede ser renunciar a los símbolos. Si dejamos la bandera y la Roja en manos de quienes las usan como arma arrojadiza, su monopolio se consolida. La alternativa pasa por recuperar esos signos para una comunidad democrática amplia.
Recuperar la Roja es un acto de normalidad. Ser demócrata, feminista, ecologista, federalista o republicano no es incompatible con vestir la camiseta de la selección. Es una forma de mostrar que la identidad nacional no cabe en una sola ideología, que puede ser plural y autocrítica. También implica un trabajo narrativo: explicar que la guerra cultural intenta expulsar a mucha gente del espacio simbólico compartido y que la forma de resistir no es ceder ese terreno, sino habitarlo con naturalidad.
Al final, todo vuelve a una escena: un estadio, una pantalla, una plaza llena de gente con camisetas. Algunos habrán elegido la beige para no confundirse con quienes llaman “rojos” a sus vecinos. Otros se habrán puesto la Roja sabiendo que ahí dentro caben más historias que las que la ultraderecha quiere contar.
En esa batalla simbólica, yo he tomado partido. Yo visto la Roja y en mi espalda figura el número 19 y el nombre de un gran deportista español, Lamine Yamal.
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José González Arenas es secretario de Medio Ambiente del PSOE de Córdoba.
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