El fútbol como anestesia social, escaparate del poder y negocio sin tarjeta roja

Carlos Brage 

Cuando era niño, a mí me gustaba el fútbol. Me gustaba sin preguntas, como gustan las cosas a esa edad: un balón, dos piedras haciendo de portería y la tarde entera por delante. Entonces el fútbol todavía cabía en un descampado. No necesitaba jeques, fondos de inversión, casas de apuestas ni presidentes de federación entrando por la puerta trasera de un hotel.

Después uno crece. Y descubre que detrás del marcador hay otro resultado que nunca aparece en pantalla.

El fútbol es el mayor congregador de masas de nuestro tiempo. Una religión sin dios, pero con himnos, templos, liturgias, mártires y milagros en el minuto 90. Millones de personas pueden discutir durante una semana sobre un fuera de juego de tres centímetros y no encontrar diez minutos para hablar de sus salarios, de la vivienda, de la precariedad o de la escuela pública. No porque sean estúpidas, sino porque están cansadas. Y el cansancio también necesita anestesia.

El fútbol no crea la miseria, pero sabe administrarle 90 minutos de olvido. Es el otro opio del pueblo: legal, televisado y patrocinado por una casa de apuestas. Al trabajador que llega roto a casa, al joven sin horizonte y al pensionista que cuenta los euros se les ofrece una victoria prestada. Su equipo gana y, durante unas horas, también parece ganar él. El lunes continuará con el mismo sueldo, el mismo alquiler y la misma incertidumbre, pero podrá decir que "hemos ganado". El plural es una de las grandes genialidades comerciales del negocio. Los beneficios son de ellos; las derrotas, curiosamente, son nuestras.

No hay nada reprochable en buscar alegría. Lo indecente es que el poder conozca tan bien nuestras frustraciones y las convierta en audiencia, consumo y obediencia. Un ciudadano que grita ante el televisor resulta mucho menos incómodo que uno que pregunta. El poder siempre ha sentido debilidad por las multitudes, especialmente cuando están mirando en la dirección equivocada.

En el centro del espectáculo aparecen 22 hombres corriendo detrás de un balón y cobrando cantidades que un médico, una investigadora o un profesor no reunirán en varias vidas. No es culpa exclusiva de los futbolistas. Ellos simplemente ocupan la parte más visible de una maquinaria obscena. El problema es una sociedad que confunde el precio con el valor y termina creyendo que marcar un gol constituye una contribución social superior a curar una enfermedad, cuidar a una persona dependiente o enseñar a leer.

Un futbolista puede emocionar, entretener y ejecutar proezas admirables. Pero no salva vidas por darle una patada prodigiosa a un balón. No construye hospitales, no descubre vacunas y no mejora la educación pública. Cobra fortunas porque genera fortunas, no porque aporte a la sociedad en la misma proporción. El mercado, que tiene la sensibilidad de una calculadora, ha decidido que un delantero vale más que mil enfermeras. Y todavía hay quien llama a eso meritocracia sin que se le escape la risa.

Además, el fútbol fue hasta hace muy poco un territorio reservado a los hombres. No solo jugaban ellos: mandaban ellos, narraban ellos, opinaban ellos y utilizaban a las mujeres como decoración del espectáculo.

En 1921, la Federación inglesa llegó a prohibir que las mujeres jugaran en los campos de sus clubes, relegándolas durante casi medio siglo. No fue una anécdota, sino la expresión perfecta de una cultura que consideraba natural que los hombres ocuparan el césped y las mujeres, como mucho, la grada.

El crecimiento actual del fútbol femenino demuestra que nunca faltó talento; faltaron permisos, instalaciones, dinero y respeto. Incluso cuando las mujeres comenzaron a llenar estadios y ganar campeonatos, algunos dirigentes siguieron tratándolas como invitadas en una propiedad masculina. La vieja masculinidad futbolera —tribal, ruidosa y convencida de que llorar por una derrota es viril, pero llorar por la vida es sospechoso— no desaparece porque una federación coloque una pancarta sobre la igualdad.

Un ciudadano que grita ante el televisor resulta mucho menos incómodo que uno que pregunta

La relación entre fútbol y poder tampoco es nueva. El Mundial de Argentina de 1978 constituye uno de los capítulos más siniestros. Mientras la selección argentina avanzaba hacia el título, la dictadura de Jorge Rafael Videla secuestraba, torturaba y asesinaba. A poca distancia del estadio Monumental funcionaba la ESMA, uno de los principales centros de detención y exterminio del régimen. Los gritos de los estadios convivían con los gritos que nadie quería escuchar.

La junta utilizó el Mundial para exhibir una Argentina feliz, ordenada y unida. Y buena parte del mundo aceptó la representación. Se disputaron los partidos, acudieron las delegaciones y las cámaras enfocaron el césped. La dictadura obtuvo su celebración y la FIFA cumplió su calendario. Miles de desaparecidos no fueron suficientes para suspender el espectáculo. La historia está ampliamente documentada, pero seguimos hablando de aquel torneo como una competición deportiva con una incómoda nota al pie. Tendría que ser al revés: fue una operación de propaganda con algunos partidos de fútbol en medio.

Qatar 2022 demostró que la lección no se había olvidado, sino perfeccionado. Las monarquías del Golfo comprendieron que un Mundial, un gran club europeo o una colección de estrellas envejecidas podían hacer más por su imagen internacional que cien embajadas. El procedimiento es sencillo: se compra prestigio deportivo y se utiliza para cubrir con césped la ausencia de libertades.

Los estadios de Qatar fueron levantados por trabajadores migrantes sometidos a abusos laborales, salarios impagados y condiciones peligrosas. Un año después del torneo, Amnistía Internacional seguía denunciando la falta de reparación para muchos de ellos. Pero el balón rodó, las marcas sonrieron y los dirigentes pidieron que no se mezclara el fútbol con la política. Resulta fascinante: quienes utilizan el fútbol para blanquear un régimen son los primeros en exigir que el deporte permanezca al margen de la política.

Cuando varias selecciones europeas quisieron llevar el brazalete OneLove contra la discriminación, la FIFA amenazó con sanciones deportivas. La valentía institucional duró exactamente hasta que apareció una tarjeta amarilla en el horizonte. Los derechos humanos quedaron en el vestuario; tenían la equipación equivocada.

La corrupción completa el paisaje. En 2015, el Departamento de Justicia estadounidense acusó a altos cargos de la FIFA y a ejecutivos de empresas deportivas dentro de una trama de sobornos vinculada a derechos comerciales y competiciones. La primera causa incluyó 47 cargos contra nueve responsables del fútbol y cinco empresarios; meses después llegaron nuevas acusaciones contra otros 16 dirigentes.

No eran unas cuantas manzanas podridas. Había ya más manzanas podridas que frutero. Durante años, la organización que presumía de proteger la pureza del deporte se comportó como una agencia de negocios con himno propio. Los países competían por organizar torneos, las empresas por comprar derechos y los intermediarios por encontrar el sobre adecuado. La pelota era redonda; las comisiones, mucho más discretas.

El Mundial de 2026, el último disputado, confirmó que cambiar de escenario no equivale a cambiar de moral. Celebrado en Estados Unidos, México y Canadá, fue presentado como una fiesta abierta al mundo. Sin embargo, antes de comenzar ya había selecciones, trabajadores y aficionados divididos según su pasaporte. Las restricciones estadounidenses afectaron especialmente a países clasificados como Haití, Irán, Senegal y Costa de Marfil. Un árbitro somalí con visado válido fue rechazado en la frontera; el delantero iraquí Aymen Hussein permaneció horas retenido e interrogado, y miembros de distintas delegaciones encontraron obstáculos para entrar en el país. Algunos equipos llegaron como invitados. Otros, como sospechosos. El fútbol une al mundo, sí, pero conviene llevar la documentación en regla y haber nacido en el lugar adecuado.

La parte más reveladora llegó cuando el presidente Donald Trump intervino públicamente para pedir que se revisara la sanción del estadounidense Folarin Balogun. La FIFA suspendió el castigo y aseguró que sus órganos actuaban con absoluta independencia. Una independencia tan robusta que se modificaba después de una llamada desde la Casa Blanca. Para completar la estampa, el presidente de la FIFA recomendó a los críticos que se relajaran. Algunos dirigentes confunden la neutralidad con guardar silencio delante del poderoso.

También hubo entradas para la final a precios de varios miles de dólares, reventas delirantes y pausas de hidratación aplicadas incluso en estadios climatizados, sospechosamente adecuadas para insertar publicidad. El deporte necesitaba agua; las televisiones, anuncios. Milagrosamente, ambos intereses coincidieron. Las principales controversias del torneo enseñaron más sobre quienes gobiernan el negocio que muchos de los partidos.

El fútbol proclama valores hermosos: esfuerzo, compañerismo, reglas iguales para todos, respeto al adversario. El negocio que lo controla practica justamente los contrarios: privilegios, opacidad, desigualdad y sumisión al dinero. Esa es la gran estafa moral. Se utiliza el lenguaje del deporte para legitimar una industria que hace tiempo dejó de comportarse deportivamente.

No se trata de prohibir el fútbol ni de despreciar a quien lo disfruta. Se trata de mirarlo sin arrodillarse. De recordar que ningún gol debe tapar una cárcel, que ninguna copa limpia la sangre y que ninguna camiseta convierte una dictadura en un país respetable. El fútbol puede seguir siendo una fiesta, pero una fiesta no debería servir para silenciar lo que ocurre fuera del estadio.

Cuando era niño, a mí me gustaba el fútbol porque solo veía un balón. 

Ahora sé que, detrás de él, corren demasiados intereses. Y algunos llevan las manos mucho más sucias que las botas.

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Carlos Brage es socio de infoLibre.

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