Mi tío Alonso
Yo nací en 1943. Ese dato ya nos dice que viví la posguerra con toda su crudeza. Podría contar muchas cosas, todo lo vivido por una niña y luego no tan niña. Habría mucho que contar, pero este escrito solo lo dedicaré a la historia de mi tío Alonso, que es la historia de otros muchos españoles que se vieron en la obligación, y en este caso el deseo, de defender a la República.
Alguien tiene que hablar de ellos y aprovecho esta oportunidad. Se llamaba Alonso Hernández González y era hermano de mi madre. Nació en Tenerife en 1897. Era muy joven cuando decidió irse a Madrid a estudiar periodismo. Le gustaba mucho escribir y disfrutaba haciendo colaboraciones en algunos periódicos, se casó y afincó en Madrid. Mi abuela nunca imaginó, seguramente, que no volvería a ver a su hijo.
Cuando estalló la guerra no dudó un segundo en alistarse en el ejército de la República, a pesar de tener esposa y una hija. Tres años de guerra que se cobró muchas vidas. Mi tío sobrevivió, pero, como muchos, tuvo que salir de España. Aquel 1 de abril de 1939 huyó a Francia y, lo que parecía una forma de salvar la vida, se convirtió en un cautiverio en el campo de concentración Sachsenhausen, al norte de Berlín.
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Luchar durante tres años, huir luego para conservar la vida y, como premio, ir a parar a un campo de prisioneros nazi...
Como sabía idiomas tuvo la suerte de que lo destinaran a servicios administrativos y, aunque eso no le libraba de las miserias inherentes al lugar, sí que le beneficiaba con una cierta consideración y, sobre todo, evitar los trabajos en el campo. Una de sus tareas era recibir y tomar nota de los presos que iban llegando. Un día tuvo delante a uno que venía en condiciones más que lamentables: era Largo Caballero, el que fuera presidente del Consejo de Ministros de la República. Si entraba en los barracones con todos los demás no era probable que sobreviviera muchos días, por lo que mi tío quiso ayudarlo, ya que le dio mucha pena las condiciones en las que se encontraba, agravadas además por su edad, 70 años en aquellos aciagos días. Pudo interceder por él ante los militares al mando y logró que lo mantuvieran en la enfermería. Con esto consiguió que el presidente pudiera llegar con vida al final de todo aquello y morir en su casa con su familia, aunque ya vivió poco. Él se sintió muy orgulloso de haber podido ayudarlo, y cuando volvió a España en 1978 escribió un artículo en la revista Historia y Vida dedicado a este político y su paso por Sachsenhausen.
Cuando por fin salió de allí, su salud estaba muy dañada y, por supuesto, no podía volver a España, por lo que siguió exiliado en París sin su familia. Podemos imaginar el dolor de no ver crecer a su hija, de saber que se casaba, que tenía hijos y de no poder conocer a sus nietos... Cuando por fin murió Franco, regresó a Madrid con su familia, aunque muy pocos años pudo disfrutarlo. Los suficientes para que yo pudiera conocer la gran persona que era. Mi madre no pudo disfrutar del regreso de su hermano. A mí me queda el recuerdo de muchas tardes escuchando toda su historia. Una historia dura, marcada por acontecimientos aún más duros.