El hombre que iba a ser campeón del mundo

Publicación en prensa sobre Salvador Ruig Sala.

Carole Viñals

En la plaza de toros de Valencia, en 1936, unos 20.000 espectadores solían aplaudir la elegancia de García Álvarez, el valor de Llacer, el estilo de Juanito Beltrán, la ciencia de Ben Buker, los puños formidables del Tigre de Manises. Era el epicentro del boxeo. En 1935, allí mismo, Sangchili se había proclamado campeón del mundo frente a Panamá Al Brown. Salvador Roig Sala empezó, como la mayoría, siendo un aficionado.

Tenía un estilo dinámico. Su constancia y su disciplina en los entrenamientos eran sus señas de identidad. Salvador aprendió a bloquear, esquivar, eludir, parar, atacar y golpear con precisión. "Es el miedo el que te da la velocidad, los reflejos, el movimiento. El que permite anticipar los movimientos de tu adversario. No hay que huir del miedo. Eso es de cobardes".

En julio del 36 fue llamado a filas. Su padre pagó la cuota (el equivalente a ocho meses de jornal) porque en aquellos años había exenciones de cuotas y sustitutos. El sacrificio merecía la pena: solo tendría que hacer unos días de servicio militar y luego podría ir al campeonato. O eso pensaba. Estando en el cuartel de Zapadores, la rebelión fue impedida por su sargento conocedor de las intenciones de los oficiales. Salvador vivió así el fracaso de los militares golpistas en Valencia.

"Había sangre hasta en el techo", me contaba. Su quinta y él ganaron aquel round. Pero el hombre que pudo convertirse en campeón de Europa de los pesos pesados no volvería a subirse a un ring. Tras tres años de guerra fue encarcelado en las Torres de Cuarte.

Una justicia más justa... ni por casualidad

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"Cada mañana entraba uno y decía: 'tú, tú y tú', y nunca volvían". Tantos murieron. Pero el boxeo es una ciencia basada sobre todo en la voluntad de resistir. Salvador había sido especialmente admirado en el ring por su espíritu combativo, su capacidad de sacrificio y su disciplina férrea de boxeador. Sabía cómo desgastar al rival y evitar asumir riesgos innecesarios. Acostumbrado a encajar golpes, siguió en pie pese a las heridas, el hambre, las torturas, las enfermedades y los fusilamientos. Salió vencedor de un combate de varios años.

Sin aplausos y sin premios.

No encontré rastro de mi abuelo en los estudios sobre boxeo. Solo hallé menciones de él en la prensa de los años 30. Luego fue como si hubiera dejado de existir. Yo sé que mi abuelo hubiera sido un gran campeón. Nunca pudo intentarlo. El 18 de julio del 36 acabó con sus sueños.

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