Un verano que duró generaciones

Milión, el abuelo del autor de este relato.

Luis Lozano

El verano de 1936 fue muy largo. Mucho más que una estación. Sus consecuencias se extendieron durante décadas y atravesaron todos los ámbitos de la vida de mis abuelos, Milión y Araceli. Pero no terminaron en ellos. Alcanzaron también a sus hijas y, más tarde, a sus nietos. Porque los traumas familiares no desaparecen cuando cesa la violencia; permanecen en los silencios, gestos, miedos y en las palabras que nunca llegan a pronunciarse. Se heredan de generación en generación, hasta que la esperanza ocupa el lugar que durante demasiado tiempo perteneció al miedo.

En la cuenca minera asturiana, donde la dureza del trabajo bajo tierra convivía con una profunda conciencia de solidaridad, justicia y dignidad, la represión dejó una huella especialmente profunda. Era un pueblo acostumbrado a luchar por mejorar las condiciones de vida y de trabajo, donde el compromiso con los demás formaba parte de la identidad colectiva. Quizá por eso la violencia fue tan implacable: no solo castigó a las personas, también a los valores que daban sentido a aquella comunidad.

Poco a poco, la voz temblorosa de Milión, se fue convirtiendo en la nuestra: fuerte, sin miedo, convencida de que recordar no es reabrir heridas, sino honrar a quienes las sufrieron

A nuestro abuelo lo persiguieron, escapó al monte, fue capturado e internado en un campo de concentración. Pretendían quebrar su cuerpo y su dignidad. Nuestra abuela sufrió otra violencia, igual de devastadora: le raparon la cabeza y dejaron únicamente un pequeño mechón con un lazo rojo para señalarla como una “roja peligrosa”. La humillación debía ser visible e inolvidable.

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Sobrevivieron, pero nadie sale indemne del terror. Su vida se instaló en el silencio. Mis abuelos aprendieron que cualquier palabra podía tener consecuencias, y ese aprendizaje marcó la vida de sus hijas. Crecieron convencidas de que era más seguro no preguntar, opinar, discrepar, hablar de política ni, en realidad, de nada que pudiera parecer una crítica. El miedo dejó de ser un episodio para convertirse en una forma de vivir.

Ese silencio nos alcanzó. De niños nos sentábamos alrededor de nuestro abuelo para escuchar las vivencias que se atrevía a contar. Lo hacía susurrando, interrumpiéndose a menudo para mirar al vacío. Tras sus historias, nuestras madres nos pedían prudencia; el miedo era el idioma de la casa.

Sin embargo, ocurrió algo que la represión no pudo impedir. Aquellos relatos, susurrados, sembraron en nosotros el germen de la libertad. Aunque crecimos con el freno de mano del miedo heredado, también aprendimos, escuchando a nuestro abuelo, que nunca se derrota a quien defiende la dignidad y que la libertad de conciencia, de opinión y la democracia son conquistas demasiado valiosas para abandonarlas al silencio. Poco a poco, la voz temblorosa de Milión se fue convirtiendo en la nuestra: fuerte, sin miedo, convencida de que recordar no es reabrir heridas, sino honrar a quienes las sufrieron y evitar que el silencio vuelva a escribir la historia de las generaciones futuras.

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