Alcácer do Sal, el municipio arrasado por una riada que sirve de aviso para Extremadura y el Alentejo
Una marca en un azulejo del comedor sirve de memoria. Una pequeña línea ondulada recuerda hasta dónde llegó el agua. Más allá de los dos metros, por encima de la cabeza de cualquiera. Hay una fecha escrita: 4 de febrero de 2026. En otra pared se exhibe un mural de imágenes del restaurante tras la embestida: suciedad, destrozos, caos... También un texto que reza: “A água entrou sem pedir licença. Fria… Pesada… Implacável”. Las inundaciones del pasado invierno arrasaron el negocio familiar O Cantinho da Ribeira Velha, con más de 40 años de vida y desde cuya terraza, en el centro histórico del municipio, hay una vista privilegiada del río, el mismo que se desbordó y causó el pánico.
“Todo perdido, todo”, expresa su dueña, Maria Caixeirinho, mientras señala las fotografías y se emociona. “Pero mientras haya salud, hay que seguir”, dice inmediatamente. No hay tiempo para el lamento. Ella pertenece a esa generación de mujeres que ya ha cumplido los 70 y sigue en la brecha. A finales de marzo volvió a abrir, fue de las primeras en retomar la actividad.
Apenas han pasado seis meses y las huellas son más que evidentes en Alcácer do Sal (algo más de 11.000 habitantes), situada en el Alentejo portugués, a orillas del Sado, cuyas aguas inundaron las calles más próximas al cauce tras las intensas lluvias que se registraron durante los días previos. No hubo víctimas mortales, pero sí cuantiosos daños.
Bien lo sabe Maria Luisa Silva Charrua. Cuatro meses con la persiana bajada. Hasta el pasado junio, como muchos otros negocios, no ha podido reabrir su tienda de ropa, que también ha cumplido ya las cuatro décadas. En su escaparate se muestra ahora una fotografía enmarcada de cómo se encontró el local cuando, por fin, el agua dio tregua. “Todo fue a la basura. Una locura, una locura”, repite.
Sin papelería
Alcácer do Sal conserva aún la impronta de lo auténtico. Calles adoquinadas, casas bajas y comercios tradicionales donde compran sus vecinos. Varios no han sobrevivido a la riada y ahora son locales vacíos. Ha ocurrido, por ejemplo, con la papelería de la Rua Marquês de Pombal. Un negocio familiar que tres generaciones han mantenido en pie. Ya no existe.
Tampoco funciona la sede de la asociación contra el cáncer. Un cartel en la puerta avisa de que solo se puede atender por teléfono a causa de “os recentes acontecimientos desastrosos na nossa terra”.
“Es que por esta calle pasaban los bomberos en una barca. Por aquí el agua llegó casi a los dos metros”, asevera Maria Tomás, otra comerciante del centro histórico. Y enseguida, tanto como ella como su marido, Paulo Ferreira, sacan el teléfono móvil. “Hubo muchos voluntarios que se portaron muy bien”, asegura mientras enseña imágenes de los rescates.
Cuando empieza a recordar, se le eriza la piel y se le humedecen los ojos si se le pregunta cómo ha vivido después los días de lluvia fuerte. “Lo que me pide el cuerpo es venir a la tienda y recoger todas las cosas”. “De un día para otro -añade- te quedas sin nada”.
Ambos han vuelto a poner en marcha la tienda de ropa que habían inaugurado hacía apenas dos años. El local aún huele a recién pintado. “Cuando nos estaba empezando a ir bien, llegó el agua”, manifiesta Ferreira.
La denuncia común es la ausencia de ayudas estatales o municipales para hacer frente a la calamidad, así como los pretextos de los seguros privados. Sí destacan la aportación por parte de algunos particulares del municipio, que repartieron dinero entre los afectados. “Pero éramos muchos y tocamos a poco”, resume esta pareja.
El turismo
Es principios de agosto y Alcácer do Sal prepara sus fiestas de verano. Las calles están decoradas con guirnaldas y farolillos. Hay turistas, sobre todo británicos, alemanes, holandeses y franceses. Desde este municipio apenas se tarda media hora en coche a la playa de Comporta, la más conocida de la costa del Alentejo y en cuyo entorno abundan alojamientos y locales de hostelería con elevados precios.
En Alcácer aún perviven hoteles clásicos como Ordem de Santiago, junto a la ribera del río Sado. El agua afectó al sistema eléctrico del establecimiento y todavía hay un ascensor que no funciona. Hubo un cierre total de tres meses. “Yo y mi mujer nos quedamos de repente sin trabajo a la vez, tenemos una niña pequeña, y fue un poco angustioso”, recuerda Luis Correa, uno de los recepcionistas, que lleva 10 años en su puesto.
Desde la terraza del último piso hay una vista amplia del río. Ahora vecinos y visitantes pasean, hacen deporte y se sientan en los veladores que miran al Sado.
Pero hace seis meses el agua le dio la vuelta a esta imagen. Hubo casi un centenar de personas rescatadas de sus hogares en la zona histórica y baja de la ciudad. Un mes después, algunos edificios seguían secándose.
Diversos factores influyeron en este episodio: borrascas atlánticas seguidas con lluvias muy intensas, suelos completamente saturados, los desembalses y casas construidas junto al cauce.
Desde la ciencia
La riada de Alcácer do Sal, acontecida a menos de 200 kilómetros de Badajoz, sirve de contexto para la investigación que actualmente desarrolla la Universidad de Évora (Portugal) y en la que también trabaja la Universidad de Extremadura (Uex). El proyecto se llama Bastiones Urbanos Resilientes: resiliencia y adaptación frente a las inundaciones y el cambio climático, tiene de plazo hasta 2028 y se centra en casos de estudio a ambos lados de la Raya, en las regiones lusas de Centro y Alentejo y en el territorio extremeño.
La mirada científica pone el foco en varias cuestiones clave. Por un lado, la ordenación del territorio. Alcácer es una de las áreas catalogadas por Portugal como de riesgo potencial significativo de inundación. “Su casco histórico, la parte baja de la ciudad, donde se concentran viviendas, comercios, escuelas y las principales vías de comunicación, se encuentra prácticamente a nivel del agua”, explica Diogo Costa, uno de los integrantes del proyecto y profesor en el Departamento de Geociencias de la Universidad de Évora.
“Las inundaciones no son ninguna novedad en este municipio, pero se siguen cometiendo los mismos errores de planificación territorial a pesar del conocimiento científico y la cartografía elaborada por el propio ayuntamiento”, añade Miguel Leal, también docente de la Universidad de Évora, en el Departamento de Paisaje, Medio Ambiente y Planificación.
En este sentido, desde la parte española, las investigadoras Elia Quirós Rosado y Laura Fragoso Campón, docentes en la Escuela Politécnica de la Uex y expertas en el desarrollo de sistemas de alerta temprana y la gestión de riesgos ambientales, detallan cómo ayuda una cartografía actualizada. “Los mapas de inundación nos permiten saber qué carreteras o servicios públicos se van a ver afectados, qué casas y qué población estarían en peligro. Esa información ya existe, pero puede estar obsoleta, porque hay que estudiar modelos con caudales más recientes. También ocurre a veces que la población no sabe que poner una nave con ganado en una zona concreta es un peligro porque se trata de una llanura de inundación”, expone Quirós.
Sobre la riada de Alcácer do Sal, Fragoso avisa: “Aunque sean episodios dramáticos que nos parecen desorbitados, no alcanzan ni siquiera los caudales oficiales de riesgo. La cartografía oficial contempla [escenarios] superiores; todavía puede ser peor. Ya está estudiado que, si llueve una cantidad concreta, ese territorio se va a inundar”.
En este sentido, ambas hacen mención a determinadas cuestiones prácticas, como la contratación de los seguros. Algunos incluyen una cláusula específica: si la zona está declarada de riesgo, no responden frente a los daños. No obstante, hay otros que son exclusivos para las áreas inundables.
La intensa lluvia y la gestión de los embalses
Uno de los factores cruciales que manejan los científicos son las intensas lluvias registradas antes de la riada. Miguel Potes, también integrante del proyecto Bastiones Urbanos Resilientes desde la Universidad de Évora, da un dato clave: “El Instituto Portugués del Mar y de la Atmósfera (IPMA) clasificó el pasado trimestre invernal como uno de los más lluviosos desde 1931”. Este experto en Meteorología y director del Centro de Investigación Científica y Tecnológica en Sistemas Terrestres y Energía (CREATE) habla además de la importancia de los ríos atmosféricos: “Durante los meses de enero y febrero de este 2026, Portugal estuvo sometida a un tren de estos fenómenos, lo que provocó la saturación de los suelos y el llenado completo de los embalses de la región”.
Al respecto, el profesor Miguel Leal agrega: “Los valores registrados en enero y febrero representaron, respectivamente, el 253% y el 390% de la media de esos meses”.
Cuando llegaron las últimas borrascas, con una situación ya al límite, la nueva lluvia se convirtió principalmente en escorrentía superficial que fue a parar al río.
“Este escenario —prosigue Leal—, combinado con una gestión ineficaz o incorrecta de los desembalses, provocó un episodio similar o incluso superior al de 1963, el que recuerdan los vecinos. Pero la riada de aquel año tuvo lugar antes de la construcción de las principales presas de la cuenca del Sado. Los desembalses pueden ser un factor crítico en la extensión de las inundaciones y sus consecuencias, puesto que el río ya no mantiene un régimen natural”.
El cambio climático
Detrás de esas abundantes lluvias y sus efectos aparece el cambio climático. Lo argumenta el profesor Diogo Costa: “Una atmósfera más cálida almacena más energía y aproximadamente un 7% más de vapor de agua por cada grado de calentamiento. Esto significa, en general, que las borrascas atlánticas van a producir precipitaciones más intensas. No es posible atribuir un único episodio al cambio climático, pero esta inundación encaja exactamente con el patrón que la ciencia proyecta para la península ibérica”.
“También observamos —continúa— que las tormentas son en cadena, consecutivas, y no dejan tiempo suficiente para que las cuencas hidrográficas se recuperen; esto fue precisamente lo que ocurrió en febrero. Por tanto, esperamos que situaciones así sean cada vez más frecuentes”.
Con la evidencia sobre la mesa, Elia Quirós sostiene: “El agua va a llegar, lo sabemos, porque son zonas inundables. A partir de ahí nuestro trabajo es mejorar los sistemas de alerta y de prevención para saber cuándo desalojar a las personas y a los animales”. Y en este sentido explica que uno de los objetivos del proyecto es justificar la importancia de preparar a la población y dotar a los municipios de alto riesgo con recursos y herramientas para una respuesta eficaz: “Como generadores, motobombas, equipos de comunicación o kits de primeros auxilios e higiene”, enumera.
Miguel Leal va más allá y plantea acciones como aumentar la permeabilidad del suelo con balsas de retención, y “transformar las áreas urbanas en ciudades esponja”. Propone además algunas medidas para reducir la exposición y la vulnerabilidad en zonas de alto riesgo. “Puede lograrse prohibiendo el uso u ocupación permanente de los sótanos o instalando sistemas que impidan la entrada de agua en los edificios”.
Asimismo, destaca la vital importancia de que la predicción meteorológica y la toma de decisiones a nivel local vayan de la mano: “Lo que necesita un alcalde o un responsable de Protección Civil es información de calle: qué barrios se inundarán, qué zonas evacuar primero, cuándo ocurrirá, hasta qué profundidad llegará el agua y cuánto tiempo permanecerá. Esa capacidad predictiva no existía en Alcácer do Sal en febrero”.
La cooperación transfronteriza
En cuanto al proyecto de investigación, las voces científicas coindicen en el valor de la cooperación transfronteriza, en este caso entre el Alentejo y Extremadura, para afrontar una respuesta común. El Sado no es un río internacional, pero Portugal y España sí comparten cuencas hidrográficas, como las del Duero, el Tajo y el Guadiana, las cuales se rigen por el Convenio de Albufeira. “España y Portugal se ven afectadas por las mismas borrascas. La gestión de las inundaciones en un país depende de las precipitaciones, los embalses y las decisiones que se adopten”, expresa Diogo Costa.
Asimismo, defiende: “El trabajo conjunto debe ir más allá del intercambio de datos hidrológicos. Los municipios situados a ambos lados de la Raya se enfrentan al mismo problema: cascos históricos asentados sobre llanuras de inundación y recursos técnicos limitados. No tiene sentido que cada uno desarrolle soluciones por separado. Ese es precisamente el espíritu del proyecto: modelos comunes, sistemas compartidos de alerta temprana y equipos de Protección Civil que aprendan de las experiencias de los demás. Al cambio climático no le importan las fronteras”.
“La metodología es la misma, pero cada cual conoce mejor su territorio y sus problemas”, agregan las investigadoras de la Uex, quienes subrayan que la principal beneficiaria de este estudio será la Junta de Extremadura, a través de la secretaría general de Interior, Emergencias y Protección Civil. En él también participan entidades como Cruz Roja o la Diputación de Cáceres.
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La riada de Alcácer do Sal deja avisos, como la vulnerabilidad de la economía de una ciudad pequeña, ya que “muchos negocios permanecieron cerrados durante semanas, alrededor de un millar de estudiantes no pudieron asistir a clase y los edificios históricos de mampostería tardaron meses en secarse”, tal y como recuerda Miguel Leal.
“Quizá el aspecto más significativo sea que la población no se prepara para algo que nunca ha visto”, concluye.
En la memoria colectiva de los vecinos ya está grabada a fuego la inundación de febrero de 2026. Y, en algunas calles y negocios, las marcas y fotografías recuerdan que el agua alcanzó hasta los 2,25 metros, como en el azulejo colocado en una esquina de la céntrica Plaza de la República. Por momentos, el río pareció devorarlos. Hay heridas y lecciones aprendidas. Y temor a que el Sado vuelva a mostrar su peor cara.