Un calvario de monte

Mont-Saint-Michel.

Cuenta la leyenda que el arcángel San Miguel se le apareció en el año 708 al obispo de Avranches y le pidió que construyera un templo en Mont-Saint-Michel. ¿Por qué San Miguel, de los más de seiscientos mil kilómetros cuadrados de extensión que tiene Francia, eligió precisamente un islote inhóspito donde construir es complicadísimo? Lo ignoramos. Forma parte, junto al ático de Ayuso, de ese tipo de misterios de la promoción inmobiliaria que escapan a nuestra comprensión. Aunque, por otra parte, que lo de Ayuso tenga su origen en una aparición es lo único que lograría explicarlo.

Esta pequeña isla normanda del estuario del río Couesnon, cuya población local no llega a los ochenta habitantes, es visitada cada año por una media de tres millones de personas. Es posible que el día que estuve yo coincidiera con todas ellas.

Mont-Saint-Michel congrega en su interior la maldición con la que el éxito turístico riega aquellos lugares bendecidos por su excepcional belleza. En este caso, además, amplificadas las secuelas del castigo por tratarse de una población diminuta formada por una sola calle — Grande Rue— de la que parten estrechos pasillos y escaleras que suben hasta la muralla o la propia abadía. Un entorno que confirma una vez más esa verdad que conoce cualquier persona aficionada a viajar: todo lo bonito está cuesta arriba.

Acostumbrado a resistir los asedios ingleses en el siglo XV, Mont-Saint-Michel no ha sido capaz en el XXI de contener la invasión turística de quienes, con el espíritu notarial que anida en todo viajero, acudimos a constatar que de verdad el lugar es tan impresionante como muestran las fotos.

Un templo como dios manda

Un templo como dios manda

Lo es. Pero, curiosamente, lo que más impresiona de Mont-Saint-Michel no es el paisaje ni la belleza agreste de la abadía. Quizás porque a medida que te aproximas andando por el estrecho puente que une el islote al continente, la formidable visión de las marismas que lo rodean y la figura del convento aferrado a la roca van amortiguando esa impresión. Lo que no hay forma de amortiguar es el estruendo que generan —generamos— los miles de turistas con los que te encuentras nada más cruzar la muralla de acceso para disponerte a subir al monasterio.

La ascensión se hace amena porque, a pesar de lo que cansa, reserva al visitante alguna sorpresa. Como el precio de la botella de agua. En la Grande Rue vi a padres ofreciendo a sus pequeños en adopción a parejas con recursos suficientes para mantenerlos hidratados.

Culminada la pendiente —que no la subida, porque la abadía está construida en tres niveles—, uno sucumbe al portento de esa arquitectura suspendida entre los riscos. Desde la reciedumbre de la Sala de los Caballeros a la delicadeza de su claustro gótico, o las vistas que ofrece su terraza oeste. Allí te convences de que el esfuerzo y la inversión en Evian han merecido la pena. Básicamente, porque ya todo está cuesta abajo.

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