La subversión de la alegría

He dudado si dedicar esta columna a seguir analizando la situación crítica en la que la marcha civil desde Marruecos ha dejado a Ceuta, abandonada durante días por las instituciones nacionales y locales y levantada a pulso por sus propios ciudadanos, que cuidan de las personas vulnerables que se quedaron en la ciudad.

Pero he decidido hablar de algo mucho más subversivo: la risa y el baile. No porque lo que ocurre deje de importar, sino porque a veces necesitamos salirnos de lo inmediato para mirar mejor lo profundo. Y lo profundo es que necesitamos construir comunidades sólidas de apoyo y cuidado mutuo. Comunidades capaces de sostenerse cuando fallan las instituciones y de cuidar cuando el Estado llega tarde o no llega. La alegría compartida es una herramienta mucho más poderosa de lo que solemos reconocer para conseguirlo.

Ha pasado el 15 de agosto y media España empieza a apagar las bombillas de colores. Las fiestas de la Virgen, las verbenas de barrio y los praos del norte comienzan a despedirse. Durante unas semanas nos hemos permitido ser un poco más libres antes de que el verano empiece a encogerse. Miramos el calendario de reojo, sabiendo que la rutina asoma la cabeza detrás de la próxima esquina. Pero quedan los cuerpos que se han juntado a bailar. No es un asunto menor. En un mundo diseñado para el aislamiento, la hiperconexión individual y el consumo privado, reír y bailar en compañía —en una plaza de pueblo, en un prao, en cualquier verbena— es una forma bastante sofisticada de defensa.

A mediados del siglo XIX, el neurólogo Guillaume Duchenne de Boulogne se propuso descifrar los secretos de la gesticulación humana. Mediante estímulos eléctricos estudió los músculos del rostro hasta identificar una sonrisa que escapaba al control consciente: la que activa simultáneamente los músculos que elevan las comisuras de los labios y el orbicular de los ojos, responsable de esas pequeñas arrugas alrededor de la mirada que no se pueden fingir. Esa es la llamada sonrisa de Duchenne, un gesto involuntario. Y cuando la sonrisa se convierte en carcajada y la carcajada acaba convertida en baile, el cuerpo entero entra en juego: cambian las pulsaciones, se modifica la respiración, se activa nuestro sistema de recompensa y se liberan sustancias asociadas al placer, al bienestar y al vínculo.

La música es especialmente poderosa para conseguirlo porque hace algo extraordinario: logra que muchas personas hagan lo mismo sin necesidad de ponerse de acuerdo

No hace falta entender toda la neuroquímica para saber qué ocurre después: nos sentimos mejor. Y, sobre todo, nos sentimos mejor juntas. Porque la risa, el movimiento y el ritmo se contagian. Estamos diseñadas para responder a los cuerpos que tenemos alrededor. Esa capacidad de sincronizarnos con otras no es un capricho evolutivo: es una de las herramientas con las que los seres humanos hemos construido comunidad. La socióloga Barbara Ehrenreich dedicó parte de su trabajo a estudiar precisamente ese fenómeno. Lo llamó "éxtasis colectivo": esa experiencia que aparece cuando un grupo de personas se reúne alrededor de la música, el baile, el canto o cualquier otro ritual capaz de producir una emoción compartida.

Las celebraciones rituales de las sociedades antiguas, las fiestas populares, las ceremonias religiosas, las pistas de baile, las raves o los conciertos masivos pueden parecer cosas completamente distintas. Pero debajo de todas ellas late la misma necesidad: salir, durante un rato, de nuestra condición de individuos aislados y experimentar que formamos parte de algo. La música es especialmente poderosa para conseguirlo porque hace algo extraordinario: logra que muchas personas hagan lo mismo sin necesidad de ponerse de acuerdo. Un ritmo compartido sincroniza los cuerpos y crea comunidad.

De modo que una fiesta de pueblo tiene más importancia de la que estamos dispuestos a reconocer, porque no es solamente ocio, es infraestructura social. En ella se encuentran el adolescente y la mujer de ochenta años que lleva toda la vida bailando pasodobles. Está quien viene de fuera y quien conoce a todo el pueblo. Durante unas horas, todos ocupamos el mismo espacio.

Puede resultar tentador despreciar la alegría. Los empresarios del miedo llevan años construyendo un relato en el que la solemnidad es sinónimo de rigor y la alegría, de frivolidad. Nos han enseñado que estar enfadados demuestra que nos importa algo, mientras que disfrutar parece una especie de traición a la gravedad de los tiempos. Pero una sociedad triste no es necesariamente una sociedad más consciente y sí que es una sociedad más manejable.

Por supuesto, una verbena no va a resolver una crisis. Pero no podemos construir comunidades fuertes únicamente cuando llega la desgracia. Una comunidad también se construye celebrando. La misma gente que se reúne para bailar puede organizarse cuando llega una emergencia. El vínculo que parece inútil mientras bailamos puede ser exactamente el vínculo que necesitamos cuando todo se complica.

Por eso las fiestas populares importan. Ahora que las verbenas empiezan a apagar sus bombillas de colores, no dejemos la alegría olvidada en el prao o en la plaza. No permitamos que el invierno llegue antes de tiempo. Volvamos al trabajo pero llevémonos con nosotros la memoria de esos cuerpos juntos. Recordemos que una carcajada es una forma de reconocimiento, bailar es una forma de pertenencia y la música nos recuerda que no estamos solas. No hay nada más subversivo que negarse a perder la alegría.

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Lucila Rodríguez-Alarcón es cofundadora y directora de la Fundación porCausa.

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