Andrés Guerrero González, maestro fusilado

Andrés Guerrero González, maestro fusilado.

María Rosario Guerrero Campelo

Soy nieta de Andrés Guerrero González, que fue maestro de Hervededo, un pueblecito del municipio de Camponaraya en la provincia de León. En 1925, con la colaboración del entonces alcalde pedáneo y la mano de obra de los vecinos, mi abuelo fundó la escuela de mi pueblo y fue su primer maestro titular como funcionario.

Tuvo ocho hijos. Mi padre, el cuarto, me contó que estaba a favor de la Segunda República porque había mejorado mucho la educación en las escuelas y la vida de los maestros. Cuando estalló el golpe de Estado de 1936, la zona cayó muy pronto en manos del ejército franquista, que avanzó desde Galicia. Muchos falangistas y otros conversos al nuevo régimen (quizá oportunistas) empezaron enseguida a cometer persecuciones y actos de barbarie.

Mi abuelo y su familia vivían en la escuela, un edificio de dos plantas cuya segunda planta estaba destinada a la vivienda del maestro. Una noche, un grupo de falangistas rompió a pedradas los cristales de la escuela y destrozó la puerta principal, que daba acceso tanto a la escuela como a la vivienda, profiriendo insultos y amenazas contra el maestro. Cuando mi abuelo fue a comunicar al alcalde los destrozos, su respuesta fue: “Abandona la escuela porque, si no lo haces, irán a por ti”.

Mi abuelo instaló a su familia en unas cuadras que tenía en una finca de su propiedad y se escondió. Primero se refugió con familiares en otro pueblo, pero, para no comprometerlos, acabó escondiéndose en un monte cercano. Mi padre, que tenía 11 años, le llevaba comida a su escondite. En invierno se ocultaba en el desván de su casa. A sus hijas pequeñas, de dos y cuatro años, solo las veía cuando dormían para evitar que pudieran hablar de su escondite en la calle.

En el verano de 1938 planeó exiliarse a Francia, pero no llegó a consumarlo. La madrugada del 25 de julio, la Guardia Civil se presentó en su casa para detenerlo. Un guardia, con el fusil en alto, se dirigió a mi padre y le dijo: “Si te doy con esto, verás cómo me dices dónde está tu padre”. Al oír esto, mi abuelo salió y respondió: “Estoy aquí, deje en paz al chico”. Le permitieron vestirse y se lo llevaron. Al despedirse, mi abuelo dijo a su familia: “Tengo la conciencia muy tranquila, que hagan conmigo lo que quieran”. Su esposa fue al cuartel de la Guardia Civil a obtener noticias, pero le dijeron que allí no estaba.

Al cabo de una semana, en una feria de ganado, unos vecinos del pueblo de Rodanillo (municipio de Bembibre) contaron que en la carretera de su pueblo habían fusilado a un hombre que llevaba un traje con una etiqueta del sastre de Camponaraya. Enseguida supusieron que se trataba de mi abuelo. Mi abuela y su hija mayor se pusieron en camino para recoger su cuerpo. Los vecinos de Rodanillo lo habían recogido y enterrado en su cementerio. Aunque ellas querían cerciorarse de su identidad, las convencieron de no desenterrarlo para evitar más sufrimiento y más problemas. Bastó un detalle crucial: en uno de sus bolsillos había una manzana y dos pastillas de chocolate que su hija Fe le había dado al despedirse.

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Mi familia pasó hambre y sobrevivió gracias a la ayuda de familiares y vecinos. Mi padre empezó a trabajar con 13 años; era el mayor de los varones huérfanos. Su hermano Luis y su cuñado Francisco, también con hijos, habían sido movilizados por el ejército franquista y estaban en el frente de la guerra.

Finalizada la guerra, las persecuciones continuaron. Su hijo Luis fue detenido sin motivo y torturado durante dos años en la cárcel de Ponferrada, mientras intentaban sacarle información sobre activistas que seguían huidos por los montes asturleoneses. Toda la familia vivió décadas con el terror a que esos hechos se repitieran.

En 1968, cuando yo me disponía a entrar en la universidad, mi padre me dijo una frase que nunca olvidaré: “Nunca te metas en nada. Si alguien descubre quién eres, no conseguirás aprobar los estudios”. Lo decía por los movimientos estudiantiles de la época. Yo también tuve miedo y permanecí callada mucho tiempo. Hoy me preocupa que ese miedo vuelva a vencer.

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