El 17 de julio era sábado, había cine, y se interrumpió con las noticias de la sublevación militar en África
Mi abuelo materno, José, y mi abuela Lucrecia eran krausistas y socialistas. Un socialismo en el que no cabían corruptelas y exigía un comportamiento intachable. Mi abuelo era maestro de prisiones y redactor de El Socialista en Guadalajara (esto no lo cobraba, era su aportación al partido).
Mi abuelo paterno, Patricio, era oficial de prisiones. Destinado a la cárcel de Guadalajara, la familia vivía en el pabellón de oficiales de la prisión, dónde ya residía mi familia materna.
El 17 de julio era sábado, había cine, se interrumpió con las noticias de la sublevación militar en África.
Al día siguiente se reunieron los militares y los de la Guardia Civil. Desde el balcón del cuartel dieron “palabra de honor” de defender a la República. Por la radio se oía que en Madrid había fallado la sublevación: tranquilidad, el lunes todo el mundo acudió al trabajo.
El 22 se concentraron en los cuarteles los militares, los de CEDA y Falange. Formaron grupos para detener izquierdistas, entre ellos a mi abuelo José. Esperaban a la columna de Mola para reconquistar Madrid y lo mejor era no dejar enemigos atrás.
Las tropas que llegaron fueron las republicanas. Por las ventanas entraron algunas balas recibidas con temor y esperanza.
Mi abuelo José fue liberado pero, con los políticos, habían sacado de las cárceles a delincuentes que quitaron las armas a los soldados y comenzó una autentica masacre.
Una columna anarquista quiso entrar en la cárcel para llevarse a los fascistas allí detenidos. El abuelo Patricio se interpuso, armado con un pañuelo rojo al cuello, diciendo que antes deberían pasar por encima de él. Así evitó la “saca”.
De resultas de todo, mis dos abuelos se vieron amenazados por presos y anarquistas. Vivieron angustiados, pendientes de las noticias y sin comprender los actos y dichos de unos y otros.
Un verano que duró generaciones
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El abuelo José fue a las casas de los maestros derechistas, que eran mayoría, a llevarles su sueldo para evitarles encuentros desagradables. Mientras mis abuelas, mi tía y mi madre tejían jerséis para los soldados, pues la guerra continuaría.
Estaban deseando que llegara el traslado para salir de allí. El nuevo destino era Valencia. Allí se gestó el matrimonio de mis padres. Se conocieron en la cárcel de Guadalajara y se enamoraron en la de Valencia.
Tras la guerra, mis abuelos perdieron su título de maestros. Mi abuelo Patricio acabó en la cárcel. Los hermanos de mi abuela paterna, fusilados. Mi madre tuvo que irse de Valencia pues allí su libertad corría peligro.