Matar a un hijo

Nos convencieron de que Medea mató a sus hijos para vengarse porque Jasón la había abandonado por otra. Quizá los mató porque se quedó sola con ellos. Medea inauguró en la mitología occidental el mito terrible de la mala madre, uno de los más persistentes de la cultura occidental, un mito que tiene la capacidad de enfermarnos hasta enloquecernos, como ha sido el caso de Lindsay Clancy, una mujer norteamericana que en 2023 mató a sus tres hijos e intentó suicidarse y que ahora está siendo juzgada. Una de las cuestiones más extraordinarias de este caso es que por primera vez esta madre no ha generado el rechazo unánime entre las mujeres, sino que, por el contrario, hay un gran movimiento de mujeres que se solidarizan con ella. Acabe como acabe el caso, el hecho de que este apoyo se haya visibilizado supone un importante cambio que viene a romper, al menos entre las mujeres, con el mito de la madre terrible, para poner en primer plano la salud mental de las madres y sus necesidades.

La defensa de Clancy se apoya en que sufrió psicosis puerperal, lo que seguramente es verdad. La psicosis puerperal se manifiesta con síntomas como profundos cambios de humor, insomnio y un estado similar al delirio, según los psiquiatras que están testificando. En dichos estados se llega a perder el contacto con la realidad y se pueden sufrir alucinaciones. Y, según dicen, no se sabe por qué se produce y podría estar relacionada con cambios hormonales. Creo que ahí está uno de los problemas: no son las hormonas y si seguimos por ahí, iremos mal. Los cambios hormonales nos influyen a todas (y a todos). Puede que en el parto y la lactancia los cambios sean más bruscos o se sufran con más intensidad. Pero las hormonas no llevan a nadie a matar a un hijo y si seguimos sin analizar lo que significa el ideal maternal occidental en la vida de las mujeres, no entenderemos nada. Basta con estudiar las transformaciones que se han producido históricamente en este ideal o en la manera en que lo viven las mujeres de diferentes culturas (todas con las mismas hormonas) para entender que no estamos hablando de una enfermedad que se pueda tratar con pastillas, sino de una sociedad que puede llegar a enfermar a las madres, y a algunas gravemente.

Esta sociedad ha creado un ideal de maternidad que se nos ofrece como incuestionable, imprescindible, gozoso, generoso, igual para todas las mujeres. Un ideal que borra, como todos los ideales, las zonas de sombra. No, las madres no somos todas iguales, ni queremos lo mismo, ni sentimos lo mismo, ni pensamos lo mismo. Muchas mujeres no pueden aceptar plenamente lo que la maternidad significa realmente. Nadie se lo ha explicado, nadie nos lo cuenta hasta que llega, imbuidas como estamos de las imágenes de la buena madre que todas aspiramos a ser. Muchas mujeres se sienten completamente desbordadas por una situación que impone, de alguna manera, el arrancamiento, aunque sea por unos meses, o años, del propio Yo. En un mundo en el que las mujeres nos hemos individualizado igual que los hombres, ese “arrancamiento” de la individualidad puede vivirse con dolor y como una pérdida insoportable. Dejas de ser el ser humano que eras. La mujer, ser humano completo, incorporada al mundo, se convierte únicamente en madre: ser humano que vive para el bebé. Y eso no es fácil, aunque haya toda una cultura dedicada a explicarte que es natural. No lo es. Las madres no dejamos, por arte de magia, de ser los seres humanos adultos que éramos; y, en muchas ocasiones, ante la dificultad y la resistencia a extirpar de raíz, tal como se nos pide que hagamos, ese Yo y nuestra vida anterior, aparecen los sentimientos de odio o de repudio al bebé. Porque la dependencia del bebé con respecto a la madre convierte a esta, a su vez, en alguien profundamente dependiente.

La dependencia se da en los dos sentidos y nadie nos prepara para una situación semejante. El amor al bebé no aparece solo (a pesar de esas hormonas) y lo normal es que haya momentos de completo rechazo. Deberíamos ser capaces de amar a ese bebé más que a nosotras mismas, pero no ocurre así. Entonces aparece el otro monstruo: la culpa, que también nos ahoga y que puede llegar a sumir a la madre en una espiral de odio a sí misma y a ese ser humano pequeño. No existe el amor puro que nos venden. “El ideal maternal es un invento que nos ha jodido vivas”, como dice una amiga terapeuta y especialista en maternidades.

Además, cuando se pare el cuerpo cambia. De un día para otro, el cuerpo es otro, duele a menudo y nos ofrece una imagen en la que no nos reconocemos. En esta sociedad en la que las mujeres hacen casi cualquier cosa por encajar en la norma física, nadie nos prepara para que lo que somos, lo que vemos en el espejo, cambie radicalmente de un día para otro. Y nos dicen que tenemos que estar felices, pero no estamos felices. Y más culpa.

Reconocer la humanidad corriente de las madres es imprescindible para entender cómo ayudar socialmente

Las que fuimos madres hace décadas podríamos decir que después de las despreocupadas maternidades de los 70 y 80 el ideal maternal volvió con más fuerza que nunca, quizá como reacción patriarcal, y que hoy es, para muchas mujeres jóvenes, literalmente insoportable. Se ha conseguido que muchas mujeres sientan culpa si sufren una cesárea, que sientan culpa si dan biberón, si vuelven a trabajar, si no se sienten exaltadas todo el tiempo, sino doloridas, cansadas y hartas. La lactancia, lejos de los edulcorados anuncios de la televisión, puede doler muchísimo. La cesárea impone un tiempo de recuperación que también es doloroso. Hay bebés que maman cada hora u hora y media. Se deja de dormir, no hay descanso y la falta de descanso puede durar años. Se dice que Clancy padecía insomnio. ¿Y si más que insomnio era la imposibilidad de dormir por estar atendiendo ella sola a las necesidades del bebé?

Recordemos que despertar a un prisionero cada hora es una forma de tortura. El dolor físico y el dolor moral por las pérdidas que, además, no se te permite reconocer… En definitiva, el enfrentamiento entre mito y realidad hace que podamos llegar a enloquecer, sí; que lloremos, que queramos que todo no sea más que una pesadilla, que nos arrepintamos, que queramos volver atrás. Creo que hay un momento en que toda madre quisiera escapar de sí misma y en que piensa que la han engañado.

Los ideales relacionados con la maternidad son mentira; somos seres humanos antes que madres, seres humanos igual que los hombres, seres humanos que ante un acontecimiento abrumador como lo es la maternidad necesitamos que todas nuestras necesidades individuales se tengan en cuenta, porque no hay una hormona salvadora: necesitamos dormir, necesitamos nuestro tiempo, necesitamos que se lleven al bebé de vez en cuando, que comprendan que nos duele, que comprendan que estamos hartas, que a lo mejor ese bebé no nos cae bien y que eso no nos convierte en un monstruo. Necesitamos no preocuparnos por el trabajo, tanto si es porque queremos volver como si es que no queremos; no preocuparnos por el padre (si es que lo hay), que nos mira raro; necesitamos que nadie nos juzgue si no nos comportamos como se supone que debemos comportarnos o si deseamos hacer cosas que parecen inconvenientes. Necesitamos que se nos escuche y que lo que digamos se tenga en cuenta, sea lo que sea.

La defensa de Clancy se escuda en que no recibió ayuda profesional, mientras que la Fiscalía afirma que sí la recibió: estuvo en tratamiento psicológico y llegó a estar internada. Sin embargo, aunque en múltiples ocasiones explicó que tenía pensamientos en los que mataba a sus hijos nadie se preocupó de no dejarla sola con ellos. La ayuda profesional priorizó siempre que ella se incorporase lo antes posible a su papel de madre, que cumpliese con la familia. Seguro que su marido “no podía” hacerse cargo de todo él solo… Lo que la supuesta ayuda profesional no entendió es que lo que Lindsay Clancy necesitaba era, precisamente, ser separada de la familia. Lo que sin duda no recibió fue ayuda profesional con perspectiva de género, que es lo que hubiera salvado la vida a los niños.

Patologizar absolutamente la depresión o incluso la psicosis post parto, como ahora se pretende, resultará positivo en algunos aspectos. Permitirá que se investigue, que socialmente se tenga la situación en consideración, que se legisle y que haya un diagnóstico al que agarrarse en casos extremos. Permitirá que se hable seriamente de asuntos que llevan siglos silenciados por ser cosas de mujeres. Pero lo negativo de la patologización es que la situación se entienda como únicamente biológica y se pretenda arreglar con fármacos. Porque no son las hormonas, es el daño psicológico que produce el choque entre el ideal maternal, que todas llevamos dentro casi como parte de nuestro ADN, y la realidad. Y la realidad es que las madres no estamos hechas de ninguna pasta especial; que cualquier ser humano puesto en esa situación, sufriría.

Reconocer la humanidad corriente de las madres es imprescindible para entender cómo ayudar socialmente. No sólo a las madres, que sí, especialmente, sino también a los bebés y a quienes quieren a las madres y no saben qué hacer. Y a todas las mujeres, sean o no madres, para que ningún mandato brutal siga cayendo sobre nosotras y provocando tanto dolor.

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Beatriz Gimeno es exdirectora del Instituto de las Mujeres.

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