Mélenchon proclama que “la victoria es posible” en 2027 como baza para imponerse en la izquierda francesa
El asunto ha tenido ocupados a algunos dirigentes del movimiento, con la ayuda de los buscadores y la inteligencia artificial. Y estuvieron indagando, medio en bromas medio en serio, en los precedentes históricos. ¿La reunión de comienzo del curso político 2011 del Partido Socialista en La Rochelle, a pocos meses del regreso de la izquierda al poder? ¿Las grandes concentraciones de la derecha posgaullista en la cima de su gloria? Esas están superadas, si nos atenemos a los recuentos de La Francia Insumisa.
Con una asistencia declarada de 10.000 personas en el mitin final de Jean-Luc Mélenchon el domingo 23 de agosto, La Francia Insumisa (LFI) se jacta de haber organizado las universidades de verano más grandes jamás vistas en el país. No tiene sentido enzarzarse en una costosa batalla de cifras, ya que no cambiaría nada en lo esencial: a ocho meses de las elecciones presidenciales, el inicio del curso político del movimiento “insumiso” se ha convertido en una nueva demostración de fuerza.
Durante cuatro días, del 20 al 23 de agosto, la décima edición de los “Amfis” —nombre con el que se conocen las jornadas de inicio de curso que organiza cada año LFI en esta misma época— se caracterizó por su gran variedad. Había de todo y en abundancia: gente, jóvenes, ponentes, debates, conferencias y camisetas de la selección francesa de fútbol con el lema “Mélenchon 27”.
Dirigentes y parlamentarios, por supuesto, y también alcaldes, entre ellos el de Saint-Denis (Seine-Saint-Denis), Bally Bagayoko, recibido como un héroe. También hubo invitados externos destacados, empezando por el empresario Matthieu Pigasse y la presidenta del grupo ecologista en la Asamblea Nacional, Cyrielle Chatelain, quienes mostraron tales puntos en común con Jean-Luc Mélenchon que cuesta imaginar que no se sumen a su campaña de aquí a abril.
Todo ello ha alegrado, como es lógico, a los dirigentes de LFI que competían por encontrar los adjetivos más elocuentes para describir el momento. “Es histórico”, susurraba, por ejemplo, el sábado, sentado a orillas del lago de Aiguille, el diputado Éric Coquerel. A sus 67 años, el diputado por Seine-Saint-Denis contempla todo esto recordando los primeros pasos de la aventura mélenchoniana, hace dieciocho años, incluso antes de que naciera LFI: “Hoy nos damos cuenta de que hemos creado un movimiento de masas”.
Optimismo creciente
Más aún que el número, la característica más llamativa de estas jornadas en el departamento de Drôme radicaba, para el movimiento, en algo relativamente difícil de definir. Un sentimiento difuso, contagioso entre los simpatizantes insumisos, vertiginoso también porque es inédito: el de que la victoria está al alcance de la mano, más que nunca.
“Escuchad a la gente: hemos pasado de ‘Resistencia’ a ‘Vamos a ganar’”, señala Manuel Bompard, el director de campaña. “La gente tiene la sensación de que se han alineado los astros”. Pero ¿no es ese el fervor natural del inicio de la carrera, el que marca cada comienzo de campaña? “No, en 2022 fue diferente”, responde Éric Coquerel. “En aquel momento, nos decíamos: ‘Hay un resquicio, no es imposible’. Ahora estamos varios peldaños más arriba”.
Jean-Luc Mélenchon no hizo nada, en su discurso de clausura del domingo, para frenar este optimismo creciente. «Sí, señoras y señores que nos estáis escuchando: ahora, para nosotros, no solo como un objetivo, sino ya como una expectativa impaciente, la victoria es posible”, afirmó el candidato. “Está llegando a su fin el reino neoliberal del cada cual a lo suyo y de la irresponsabilidad ecológica. Por eso, la responsabilidad de esta posible victoria nos obliga a actuar.”
Ya está en la mente de todos: Jean-Luc Mélenchon es el candidato de la izquierda
Las brasas de la esperanza sobre las que sopla Jean-Luc Mélenchon no provienen ni de un ímpetu descontrolado ni de la embriagadora camaradería que genera un regreso exitoso a la política. Para el candidato "insumiso", el optimismo que surge en sus filas reviste un doble interés estratégico. Por un lado, permite captar nuevos votantes, ampliando la base social en la primera vuelta. “La fuerza atrae a la fuerza”, repite a menudo Mélenchon. En otras palabras, cuanto más impulso toma la dinámica, más posible se hace la victoria; cuanto más posible parece la victoria, más se decide el electorado indeciso a votar a Mélenchon… alimentando así la dinámica.
Por otro lado, en un plano más táctico, afianzar en la mente de la gente la idea de que el voto “insumiso” es la única alternativa progresista capaz de llegar a la segunda vuelta contribuye a desestabilizar a las demás formaciones de izquierda, que ya se encuentran en muy mal estado. “Ya está en la mente de todos: Jean-Luc Mélenchon es el candidato de la izquierda”, resume Paul Vannier, diputado de LFI y responsable electoral del movimiento.
Es precisamente porque la campaña de Jean-Luc Mélenchon arranca con tal impulso por lo que se está intensificando la presión en Los Ecologistas para empujar a Marine Tondelier a retirar su candidatura, según estiman los estrategas de LFI. El segundo objetivo es “completar el banquillo”, según uno de ellos, con los aspirantes procedentes de la izquierda socialista, incluso antes de octubre y de la designación formal de uno de ellos.
Evitar la trampa del triunfalismo
La estrategia está funcionando bien, a juzgar por la parálisis en la que parecen estar sumidos socialistas y ecologistas. A modo de símbolo, el editorial de Le Monde instaba el viernes a “los ecologistas y los socialdemócratas a recuperarse urgentemente para ofrecer una alternativa de izquierdas”, mientras que el de La Tribune dimanche se mostraba aún más explícito: “¿Quién va a parar a Mélenchon?” En la derecha, Gérald Darmanin metió la pata en La Voix du Nord a principios de semana: “Creo que el señor Mélenchon superará el 20 % en la primera vuelta”, pronosticó el ministro de Justicia.
Los “insumisos”, habituales outsiders, se encuentran en una posición tan favorable que casi resulta traicionera. “No hay que cometer, sobre todo, el error de Alain Juppé y otros, es decir, hacer una campaña de segunda vuelta antes de haber pasado la primera”, advirtió Manuel Bompard durante una conferencia. Y, al mismo tiempo, la ecuación no es exactamente la misma de siempre: ahora se trata, aunque los dirigentes de LFI no lo digan abiertamente, de evitar polémicas y ataques, y de dejar que el éxito de los grandes actos surta efecto.
Por eso Jean-Luc Mélenchon hizo en Châteauneuf-sur-Isère lo mismo que había hecho en Saint-Denis, a principios de junio: un Mélenchon que sigue el guión al pie de la letra, fiel a la línea que defiende desde hace años, pero sin florituras, sin excesos, sin deslices ni frases efectistas que pudieran eclipsar al resto y acaparar por sí solas horas de emisión en los canales de noticias 24 horas. El líder de LFI leyó fielmente su texto, como hace ya en cada uno de sus mítines.
Los discursos de LFI ya intentan imponer en el panorama político la narrativa de un duelo entre la izquierda rupturista y la extrema derecha
De su discurso hay que destacar lo que Éric Coquerel denomina “la necesidad de aunar la radicalidad y la capacidad de gobernar”. En cuanto al fondo, LFI sigue denunciando “la colusión total” entre el bando presidencial y la extrema derecha, critica las propuestas de Gabriel Attal sobre los "nómadas" y las de Édouard Philippe sobre la inmigración en Mayotte, arremete contra la ley “Duplomb-veneno” y exclama: “¡Que se vayan todos!”
Pero el tono es más moderado, se han dejado de lado algunos temas espinosos y se ha puesto el énfasis en demostrar que La Francia Insumisa estará dispuesta a aplicar sus propuestas. Durante el fin de semana, Clémence Guetté, coordinadora del programa, habló extensamente ante la prensa sobre el papel de los “frigios”, esos 80 altos funcionarios que preparan en secreto el posible ejercicio del poder por parte de LFI.
En el escenario, Jean-Luc Mélenchon criticó la intención de Gabriel Attal de importar a Francia el spoil system estadounidense —es decir, la sustitución de los directores de las Administraciones por cuadros más alineados políticamente con el poder del momento—. En su lugar, Mélenchon, exministro de Lionel Jospin, rindió un inesperado homenaje a la alta función pública, al “Estado republicano, su deber y el honor de servirlo”.
Del mismo modo, la parte del discurso dedicada a la transición ecológica, con la que se inauguró la intervención, dejó de lado los grandes principios para centrarse en las medidas concretas. La creación de las ecorregiones, su delimitación a partir de la “cuenca hidrográfica de los ríos”, sus amplias prerrogativas —desde el agua hasta los bosques, pasando por el aire, los suelos y la salud medioambiental— y su posible poder normativo, suponen un paso considerable en el camino hacia la descentralización. “El cambio climático abre una era totalmente nueva para la civilización humana”, argumentó Mélenchon, prometiendo en consecuencia “cambiar la naturaleza del Estado”.
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La esperada adhesión de los Ecologistas a su campaña podría suponer un hito importante en la batalla por el liderazgo de la izquierda. Los discursos de LFI intentan ya imponer en el panorama político el relato de un duelo entre la izquierda rupturista y la extrema derecha, reduciendo a los sucesores de Emmanuel Macron y a los últimos socialdemócratas al papel de árbitros, cuando no de meros figurantes.
“Francia, entre la espada y la pared, en cada colegio electoral, en cada conciencia, hará Historia, la gran Historia”, predijo Jean-Luc Mélenchon al concluir su intervención. “¿Qué principio de acción la impulsará? ¿Cada uno por su cuenta o todos juntos? ¿El supremacismo racista o el colectivismo? Respondamos a la llamada de esta gran lucha.”
Traducción de Miguel López