La nueva izquierda demócrata gana terreno en EEUU con redes, calle y un discurso pegado al bolsillo

El alcalde de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani, habla durante una conferencia de prensa, en Nueva York, Estados Unidos, el 13 de agosto de 2026.

Lo que empezó con Mamdani como una sorpresa empieza a parecerse a una tendencia. Tras su victoria en Nueva York, el ala progresista del Partido Demócrata ha seguido sumando triunfos. Abdul El-Sayed se impuso en las primarias al Senado en Michigan, uno de los grandes estados bisagra del país, y Angie Nixon acaba de dar la sorpresa en Florida, donde se ha hecho con la candidatura demócrata al Senado en un bastión republicano donde el antisocialismo lleva años formando parte del discurso político.

El fenómeno supone un cambio notable en un país donde el socialismo permaneció durante décadas relegado a los márgenes de la política institucional. Democratic Socialists of America (DSA), fundada en 1982, fue durante años una organización minoritaria, hasta que las campañas de Bernie Sanders y la posterior irrupción de Alexandria Ocasio-Cortez ampliaron su espacio. Hoy supera ampliamente los 100.000 afiliados y a mediados de agosto las candidaturas respaldadas por DSA acumulaban al menos 61 victorias electorales durante este ciclo, frente a 54 derrotas.

El avance tiene además un marcado componente generacional. En Nueva York, tres de cada cuatro votantes de entre 18 y 29 años apoyaron a Mamdani. Su campaña condensó varios rasgos que aparecen ahora, con diferencias, en otras candidaturas progresistas. Manejan los códigos de las redes, movilizan a miles de voluntarios, recurren a pequeñas donaciones y colocan en el centro asuntos cotidianos como la vivienda, los salarios, el transporte o la sanidad.

Giro ideológico o relevo generacional

Más que una conversión repentina al socialismo, detrás de estas victorias aparece primero un descontento con el propio sistema político y con la dirección demócrata. “Lo que abre la puerta es el malestar, no la doctrina”, resume Gabriela Ortega, politóloga y directora de estrategia en ALEPH. A su juicio, existe una “crisis de legitimidad” entre una generación que ha dejado de confiar en el sistema sin haber abrazado necesariamente una nueva etiqueta ideológica.

Ortega apunta a un cambio significativo dentro de las propias bases demócratas. La última encuesta de CBS News/YouGov, realizada en agosto, muestra que el 58% de los demócratas tiene una opinión positiva del socialismo, frente al 32% que valora favorablemente el capitalismo. Además, un 53% ve de forma positiva que un político demócrata se defina como “socialista democrático”, frente a solo un 12% que lo percibe negativamente. El apoyo es especialmente elevado entre los demócratas más jóvenes y progresistas.

José Manuel Corrales, profesor de Economía, Relaciones Internacionales y Comunicación de la Universidad Europea, observa además una recuperación de la política de clase. El socialismo democrático estaría funcionando, según el experto, como “un vehículo político e identitario para la frustración material” frente a unas élites vinculadas a las grandes fortunas. De ahí la búsqueda de una “coalición multirracial de clase” capaz de reunir a jóvenes cualificados pero precarizados, trabajadores de los servicios y comunidades inmigrantes.

De TikTok al puerta a puerta

La ruptura con la vieja política también se ve en la forma. Los vídeos de Mamdani tienen poco que ver con un anuncio electoral convencional. En ellos, el alcalde de Nueva York habla directamente a cámara, utiliza humor y referencias culturales, recorre las calles y explica sus propuestas con los códigos propios de TikTok, Instagram o YouTube.

El último ejemplo lo ha dado esta misma semana. Después de recibir críticas por circular en bicicleta sin casco, Mamdani convirtió el despiste en contenido. Publicó un vídeo en el que recogía algunos comentarios, asumía el error y terminaba estrenando un casco. La pieza superó millones de reproducciones y transformó una pequeña polémica en otra oportunidad para reforzar su imagen de cercanía.

Para Álex Comes, director de LaBase y consultor político, la novedad no está simplemente en que los políticos hayan llegado a TikTok, sino en que algunos han entendido que estar en una plataforma y saber qué decir y a quién hablarle son cosas diferentes. Su consultora denomina “estrategia invertida” a esa lógica. En lugar de producir primero un mensaje político convencional y adaptarlo después a internet, el contenido nace directamente desde el ritmo, el lenguaje y los códigos de cada plataforma.

Mamdani llevó además esa adaptación al terreno cultural. Ortega recuerda que publicó piezas en hindi, urdu y español y llegó a explicar el voto preferencial utilizando vasos de mango lassi y referencias a Bollywood. No se trataba solo de traducir un mensaje, sino de conseguir que distintas comunidades se reconocieran dentro de la campaña.

Pero las redes son solo el comienzo. Mamdani acompañó su enorme visibilidad digital con una maquinaria de voluntarios que recorrió millones de puertas. El-Sayed construyó también una extensa red de activistas y recorrió Michigan durante meses. “Las redes sociales no votan, sino que movilizan”, resume Corrales. La campaña digital no sustituye al trabajo sobre el terreno, sino que lo alimenta. Como explica el profesor, “un ‘me gusta’ se convierte en una conversación de diez minutos en el felpudo de un vecino”.

Pequeños donantes frente a millones de gasto externo

La batalla se libra también en el dinero. Algunas de estas victorias han llegado frente a adversarios respaldados por decenas de millones de dólares de organizaciones externas.

En las primarias demócratas de junio de 2025 para elegir candidato a la alcaldía de Nueva York, los super PAC, organizaciones que pueden recaudar y gastar dinero sin límite para apoyar o perjudicar a candidatos, gastaron unos 30 millones de dólares y casi nueve de cada diez dólares se destinaron a favorecer a Andrew Cuomo o a perjudicar a Mamdani. El socialista se apoyó en la financiación pública y en una base muy atomizada, por lo que, poco antes de las primarias, el 95,9% de sus donantes eran pequeños contribuyentes.

Michigan llevó ese choque todavía más lejos. Haley Stevens contó con una avalancha de gasto externo, incluida una fuerte inversión vinculada al lobby proisraelí AIPAC. Según AdImpact, la publicidad favorable a Stevens alcanzó los 64,7 millones de dólares frente a los 7,4 millones destinados a El-Sayed. El progresista convirtió precisamente esa intervención en un argumento contra la influencia de los grandes intereses privados.

Mientras tanto, su campaña mostró mayor capacidad para captar aportaciones individuales. Solo en el primer trimestre recibió 1,9 millones de dólares a través de ActBlue frente a los 788.000 de Stevens. Comes subraya que estas candidaturas han sabido incluso convertir su desventaja económica en una prueba de autenticidad y autonomía frente al poder, integrando la forma de financiarse dentro del propio relato electoral.

La política de la vida cotidiana

Toda esa maquinaria tendría poco recorrido sin un mensaje reconocible. Mamdani construyó su campaña alrededor del coste de vivir en Nueva York con propuestas sobre alquileres, transporte o guarderías. El-Sayed ha colocado la sanidad y la lucha contra el poder de las grandes corporaciones entre sus prioridades, mientras Nixon ha hecho de los cuidados y la desigualdad algunas de sus principales banderas.

Pau Canaleta, experto en comunicación política de la Universitat Oberta de Catalunya, sitúa ahí buena parte de la conexión con los jóvenes. Acceder a una vivienda, pagar los estudios, encadenar empleos precarios o llegar a fin de mes forman parte de su experiencia cotidiana. “Les están hablando de aquello que están viviendo cada día”, sostiene. Por eso considera que, aunque los nuevos formatos facilitan el contacto, “el centro de gravedad no son las formas, sino el fondo”.

Comes introduce además otra diferencia con una parte de la comunicación demócrata de los últimos años. Frente a campañas construidas fundamentalmente alrededor del miedo a Trump, estos candidatos intentan ofrecer una expectativa positiva. No solo piden movilizarse contra alguien, sino por la posibilidad de cambiar aspectos concretos de la vida cotidiana.

En cambio, Palestina ocupa un lugar diferente. Ortega cita un análisis del Searchlight Institute sobre los contenidos de Mamdani que encontró referencias a precios y asequibilidad en el 78% de sus anuncios y vídeos, mientras Gaza aparecía aproximadamente en el 2%. Para la analista, esto muestra que el coste de la vida fue el verdadero centro del mensaje, mientras Palestina funcionó más como un marcador de credibilidad ideológica, especialmente entre los jóvenes progresistas.

En Michigan esa cuestión adquirió mayor protagonismo. El-Sayed hizo de sus críticas a la ayuda militar estadounidense a Israel y a la influencia de AIPAC una de sus diferencias con Stevens. Corrales considera que Palestina ha actuado como un “catalizador ético” capaz de reforzar la conexión con una parte de las nuevas generaciones.

Hasta dónde puede llegar la ola progresista

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Pese al éxito cosechado, ganar unas primarias demócratas no equivale a conquistar al conjunto del electorado. Ortega recuerda que en las generales entran en juego independientes y votantes menos ideologizados, entre los que la etiqueta socialista sigue generando más rechazo que muchas de sus propuestas concretas. Es decir, medidas como reforzar la sanidad pública, intervenir en vivienda o gravar más a las grandes fortunas pueden suscitar bastante más apoyo que la etiqueta de “socialista democrático”. 

Michigan será probablemente el principal laboratorio. El-Sayed tendrá que demostrar que la coalición que le permitió derrotar al establishment puede ampliarse en uno de los estados más disputados del país, mientras Nixon afrontará un reto todavía mayor en Florida.

Lo que sí parece exportable, apunta Ortega, es la arquitectura de campaña formada por una agenda económica concreta, un adversario reconocible, una comunicación digital nativa y una organización territorial capaz de transformar entusiasmo en votos. La nueva izquierda ya ha demostrado que puede derrotar a candidatos mejor financiados y movilizar a los jóvenes.

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