Síntoma y poesía en Granada

Estaba el autor de estas líneas tan pagado de sí mismo con su propia ocurrencia, el martes en que un seísmo coincidía con el aniversario del asesinato de Lorca, —“tiembla la tierra en Granada buscando al poeta”—, que cuando leyó que había imaginado la misma alegoría David Uclés, el literato dulce e inesperado que ha puesto en su sitio a tanto garrulo escribidor de normalidades, sintió una punzada de celos de sur. Clama al cielo, hablando de este oficio —el mío, no el de Uclés—, que la prensa foránea haya llevado a sus portadas la efeméride del cuerpo perdido del insigne poeta y dramaturgo 90 años después de la infamia de los tricornios, mientras por estos pagos se discutía en primera página, con más o menos recato, si estaría bien suspender los derechos humanos como en aquel entonces para arrojar del territorio europeo, cuando nadie mire, a un puñado de niños dickensianos que corren por Ceuta.

Suele decir nuestro Arcadi Savonarola que por aquí tendemos a usar el sintagma “prensa internacional” con devoción aldeana, cuando lo que hay por ahí fuera tampoco es que sea la octava maravilla, pero es para avergonzarse que tengan que explicarnos los extraños cómo atender nuestro panteón de ilustres —se nos ha muerto, por cierto, esta semana otro primer espada mundial, don Juan Tamariz, mientras gente tan vulgar como los Vallejo Nájera, que no pintan nada aquí ni en ningún lado, ahora ni antes, tiene avenidas—, que lo tenemos hecho unos zorros. No es la primera vez, claro, más bien es tradición sancionada por el refrán sobre los profetas y su tierra. En 1615, unos nobles franceses amantes de las letras visitaban España y conocieron, durante un encuentro con capellanes y censores, que don Miguel de Cervantes no solo era viejo, hidalgo y soldado, sino también pobre de solemnidad y que, apenas un año antes de su muerte, sobrevivía en Madrid de la caridad monjil y de acelerar trabajos. Dio cuenta por escrito el licenciado Juan Francisco Márquez Torres, censor, en la aprobación eclesiástica de la segunda parte de Los trabajos de Persiles y Segismunda (que vería la luz ya muerto Cervantes), del escándalo de los caballeros franceses ante la ignominiosa condición del autor del Quijote con una frase, que atribuyó a uno de los visitantes y que acabó haciéndose célebre: “Si necesidad le ha de obligar a escribir, plaga a dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el mundo”.

Que pase hambre el viejo manco para que se nutran las letras mundiales… Embellecer con ripios la condición menesterosa del artista siempre ha sido tentación de los pijos, porque nunca han comido pan duro ni rebuscado en la basura.

La alegoría —terremoto en la tierra del poeta oculto bajo tierra— era tentadora porque, como decía Rafael Sánchez Ferlosio, todos preferimos la congruencia a la contingencia, el mundo con un hilván de sentido al mundo azaroso y cruel que en realidad habitamos: “Ante el estridente, rayante, chirriante, incomprensible, zumbido y frenesí de un mundo malo, todos prefieren la música”, dijo en su discurso de aceptación del Cervantes. Erraba Ferlosio porque la condición de sentido es la única alternativa a la superstición religiosa. O crees en dios o crees en la narrativa, no hay más. O rezas o elaboras argumento que pespuntee lo que ocurre.

En estas cosas entretenía uno la mente la pasada semana estando en la mesa de analistas de Al Rojo Vivo, cuando Francisco Cacho, periodista y divulgador, mostraba, cinco minutos después de que habláramos de los sucesos de Ceuta, un mapa del movimiento tectónico de la placa africana hacia el norte, empujando contra la placa continental europea y decía que en 20.000 millones de años, se cerraría el estrecho de Gibraltar. 

El mundo complejo del presente es puro efecto mariposa y el precio de la luz se paga en niños sacados de 'Oliver Twist' vagando por las plazas de la ciudad autónoma

África empuja con un movimiento tectónico de un centímetro al año, y uno se dio en pensar, allí sentado, escuchando a Cacho, que ese mapa del mar de Alborán, con las flechas rojas describiendo el movimiento ascendente del continente negro, no negociable ni contenible, explicaba mucho mejor que cualquier tontería que dijéramos en la mesa por qué 10.000 niños magrebíes y subsaharianos andaban por las calles de Ceuta esperando a que un policía tomara nota de su nombre y de su determinación de no regresar jamás a la pobreza y la tiranía de la que venían huyendo. Porque África empuja. Solo Nicolás Sartorius se ha atrevido a desarrollar la idea de que, mientras los intelectuales de Occidente creen que el mundo moderno se debate entre los seguidores de Karl Marx y los de Adam Smith —a pesar de que, en lo sustantivo, los dos autores estaban de acuerdo en todo—, la condición excolonial de Europa occidental es la que mejor explica las cuitas del presente. 

Uno lleva años enamorado de los armónicos. Para los no familiarizados, los armónicos son un sonido sutil de polifonía que ofrece un piano acústico cuando tocas cualquier nota, porque su frecuencia hace que, del resto de cuerdas del piano, vibren ligeramente aquellas que tienen una relación matemática de resonancia con la activada. Esa es la razón por la que lo que denominamos armonía clásica no es una arbitrariedad ni una convención, sino una regla matemática de longitudes de onda que hace que la dominante de do mayor sea el sol, y no el la ni el fa.

La actualidad tiene armónicos. Por ejemplo, estos días es noticia el precio disparado de la luz en España por el encarecimiento del gas. Un lego diría que eso no tiene relación alguna con los sucesos de Ceuta, pero el caso es que la negligencia —si no complicidad— de Marruecos en el paso fronterizo de decenas de miles de personas el 30 de julio sucedió al restablecimiento de nuestra a amistad con su enemigo secular, Argelia, principalísimo proveedor de gas de nuestro país. El mundo complejo del presente es puro efecto mariposa y el precio de la luz se paga en niños sacados de Oliver Twist vagando por las plazas de la ciudad autónoma. Ser adulto es estar preparado para esa crudeza de los armónicos: tocas una tecla y vibran la cuerda golpeada por el macillo y otra docena.

Ahí yace lo común y lo ajeno del periodismo y la literatura. El literato puede decir que el seísmo de Granada es la ira de la tierra que alberga a un poeta al que nadie busca. El periodista puede decir que el empuje de la placa africana que hace temblar Granada y deja heridas en la Alhambra expresa lo que ocurre en la frontera meridional de Europa. Y ambos, novelistas y periodistas, sabemos que el mundo solo es comprensible mediante la metáfora. Ferlosio tenía razón, pero no podía estar más equivocado.

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