Es la amígdala, estúpido
No era esta frase, sino “Es la economía, estúpido”, la que James Carville –estratega de la campaña de Clinton en 1992– pegó en la oficina electoral para que nadie perdiera el foco. Y funcionó. El político y saxofonista llegó a la Casa Blanca y la frase pasó a la historia de la comunicación política.
Como pasó a la historia la de Clinton cuando afirmó que “una felación no era una relación sexual” y que recurrió a esa práctica para controlar sus ansiedades. Le faltó añadir, a este comedor compulsivo: “Y apretar el botón rojo solo porque no me servían a las tres de la madrugada un plato de costillas con salsa barbacoa y ensalada de col con la suficiente rapidez”. Sexofonismo, podríamos llamar a esta terapia que salvó al mundo del apocalipsis nuclear y que recomiendo a los políticos de la derecha y la ultraderecha.
Dicho esto, es del todo improbable que la frase del título de este artículo pase a la historia, pero es la que me vino a la cabeza tras leer el fragmento del libro del neurocientífico Jesús C. Guillén 24 horas en la vida de tu cerebro, del que infoLibre publicó hace unos días un avance.
En él se decía que el estrés crónico y la dificultad para concentrarse forman parte de la experiencia cotidiana de millones de personas. Y esto, dicen los expertos, tiene consecuencias políticas directas, tal y como aseguran varios estudios científicos publicados por la National Library of Medicine.
Estos afirman que “las personas con tendencia a la ansiedad o a reaccionar de forma impulsiva bajo el estrés son más propensas a sentirse atraídas por ideologías autoritarias cuando perciben el mundo como amenazante o inestable”.
Pobres fachas de pulsera y/o castellanos sin calcetines, su neurodivergencia les impide darse cuenta de que la verdadera amenaza son las ideologías autoritarias ante las que se postran siguiendo este proceso: la amígdala –el sistema de alarma del cerebro– se activa ante el miedo y la percepción de amenaza e inhibe el pensamiento crítico de la corteza prefrontal. Es el “secuestro emocional” del que habla el psicólogo Daniel Goleman.
Las personas se convierten en terreno abonado para las narrativas apoyadas en el miedo y en la neolengua apocalíptica, violenta y deshumanizadora de los líderes y las lideresas de las asilvestradas derechas y ultraderechas
Bajo este estado de debilidad neurológica, las personas se convierten en terreno abonado para las narrativas apoyadas en el miedo y en la neolengua apocalíptica, violenta y deshumanizadora de los líderes y las lideresas de las asilvestradas derechas y ultraderechas. Y si en algo coinciden los expertos –como Jamie Reilly, profesor de la Universidad de Temple–, es en que la calidad democrática depende de un buen rendimiento cognitivo de la ciudadanía.
En conclusión, la democracia depende de la salud cerebral de la ciudadanía y de su capacidad para mostrar espíritu crítico. Porque las rutas neuronales asociadas a la empatía, a la resolución de problemas y a la regulación de las emociones se debilitan si no se utilizan. Es el paradigma evolutivo del "úsalo o piérdelo" aplicado a la democracia, según el también neurocientífico Joaquín M. Fuster.
Crece entonces el reflejo tribal alimentado en parte por el algoritmo: el nosotros contra ellos, el instinto de la manada, la búsqueda del macho alfa –más bien alfalfa– que debe proteger al grupo.
Hay, pues, una razón biológica más que ideológica en la patética subrogación de algunos humanos a ese pleistocénico autoritarismo de quienes han llegado a la política para destruir lo que tanto nos ha costado construir.
Moraleja: cuida tu amígdala. Y limpia tu feed de mierda fascista.
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Alfredo Díaz es socio de infoLibre.