Esther Palomera: "La ultraderecha tiene como objetivo el descrédito sistemático del periodismo"
Esther Palomera (Madrid, 1968) presentará a partir de septiembre, junto a Gonzalo Miró, el tramo de debate político de Malas Lenguas en las tardes de La 2 de RTVE. Un nuevo paso profesional que añadir a su extensa trayectoria periodística, que compaginará con el puesto de adjunta al director en Eldiario.es que desarrolla desde hace siete años.
Habitual de espacios de análisis político en la Cadena SER, Telecinco —muy sonadas son sus refriegas con Ana Rosa— y la propia RTVE, la periodista lucha incansablemente contra los bulos lanzados desde la ultraderecha, aunque lamenta que, a pesar de todos los esfuerzos, “la desinformación circula siempre más rápido que el desmentido, que muchas veces llega a menos gente que la mentira original”.
A su juicio, advierte, “si eso se normaliza, el debate público deja de basarse en hechos contrastados, lo que hace casi imposible la normalidad democrática”. Esto lleva, asimismo, al “descrédito sistemático de la prensa como institución”, algo que, “sumado a un ruido informativo que agota la capacidad de discernir”, provoca que, a menudo, “la gente deje de confiar en cualquier fuente”.
La desinformación circula siempre más rápido que el desmentido, que llega a menos gente que la mentira original
Y todavía continúa: “La historia política ya ha demostrado que la ultraderecha global tiene como objetivo el descrédito sistemático del periodismo, al que considera un enemigo a batir. Ahí están los ejemplos de Trump, Bolsonaro, Orbán o Milei, en distintos grados, porque el periodismo que contrasta y verifica desenmascara sus propósitos. Deslegitimar a la prensa es una forma de eliminar un contrapeso a su poder”.
Es por eso que ve en el lema de infoLibre, Somos resistencia, un “dique de contención contra la desinformación y los ataques a la democracia”, así como una “posición activa frente a quienes pretenden silenciar, distorsionar o banalizar la realidad”. Además, considera que un periódico tiene que ser “más una brújula que un espejo”, pues este último “devuelve lo que el lector ya cree”, mientras la primera “ayuda a orientarse, aunque el terreno sea incómodo”.
La IA puede facilitar la creación masiva de desinformación a una escala y velocidad que dificulte la verificación
“Con frecuencia, también debería ser una conversación exigente: no dar todo resuelto, sino invitar al lector a pensar con más elementos de los que tenía”, apostilla, y agrega que ese es el camino para esa parte de la audiencia —ya sean lectores, oyentes o telespectadores— que “demanda no solo datos o declaraciones aisladas, sino la capacidad de entender lo que pasa y por qué pasa”. “Y, aunque la línea entre explicar y adoctrinar puede ser extremadamente delgada, hay que vigilar que esa defensa no se convierta en excusa para relajar el rigor”, puntualiza.
Es justo por esto último que un buen periodista, tal y como destaca, debe resistir ante la opacidad del poder, la velocidad del oficio, la simplificación de la realidad y sus propias certezas. Cuatro batallas “conectadas” de esta profesión, si bien apunta como “la más subestimada” a la última: “Es fácil señalar la opacidad del poder o la velocidad del oficio como enemigos externos, pero siempre es más incómodo reconocer que uno mismo puede llegar a una historia con la conclusión ya decidida y buscar solo lo que la confirma”.
El periodismo que contrasta y verifica desenmascara los propósitos de Trump, Bolsonaro, Orbán o Milei
En esta línea, recalca que el periodismo tiene una “responsabilidad notable, aunque no exclusiva”, cuando una sociedad empieza a confundir opinión con hechos, ruido con relevancia y cinismo con inteligencia. Según aclara, el periodismo “no creó esa confusión por sí solo, pero sí puede alimentarla cuando prioriza el impacto sobre la precisión, o cuando deja de marcar con claridad la diferencia entre información y opinión”, por lo que su “responsabilidad específica es sostener esa distinción incluso cuando resulta menos rentable en clics”.
En este ecosistema de urgencia y lucha por captar la atención de la audiencia a toda costa, incluso con titulares engañosos o directamente bulos, considera Palomera “un acto de responsabilidad profesional” tomarse un tiempo mínimo y detenerse a pensar en lo que se va a contar. “La velocidad multiplica errores, y un error corregido tarde ya hizo su daño: circuló, fue creído, fue compartido”, subraya, para luego apostillar: “Detenerse no es lentitud, es la diferencia entre informar y solo reaccionar”.
Ante los retrocesos democráticos, el periodismo debe jugar un papel de memoria y vigilancia
En esa batalla constante por la atención de la ciudadanía, el periodismo se deja por el camino multitud de historias que contar y que no encajan en la fugacidad de la última hora, donde pareciera que cabe ya prácticamente cualquier asunto con tal de destacarlo en rojo. Así, se quedan sin contar, en su opinión, “los procesos lentos sin un momento noticiable: el deterioro de los servicios públicos, la erosión institucional gradual, las consecuencias a largo plazo de decisiones económicas o climáticas. “No hay un titular explosivo un día concreto, así que compiten en desventaja frente a lo urgente, aunque a menudo sean más relevantes para la vida de la gente”, destaca.
Así las cosas, sin periodismo honesto, riguroso y crítico que contraste, analice y verifique, acabaríamos habitando un mundo donde el poder —político, económico, judicial— “no rinda cuentas”. Porque, tal y como recalca, la “corrupción” y el “abuso de poder” no desaparecen por sí solos, sino que, en muchos casos, “han salido a la luz y han sido perseguidos, precisamente, por investigaciones periodísticas”. “Ante los retrocesos democráticos, el periodismo debe jugar un papel de memoria y vigilancia”, afirma, antes de concretar: “Debe documentar los retrocesos cuando ocurren y recordar los precedentes históricos para que no se presenten como algo inevitable”.
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Estas reflexiones llevan a la periodista a advertir que los reporteros preguntan mucho “por la intención declarada de una medida, pero poco por su consecuencia distribuida en el tiempo y entre distintos grupos sociales”. Por eso, para Palomera, un periódico es resistencia cuando “persevera en hacer la pregunta incómoda, publica la historia que a nadie le conviene que se publique y defiende por encima de todo el derecho a una información veraz”.
Es precisamente en este último punto, el de la información veraz, donde aparece la inteligencia artificial, que puede, a su juicio, “facilitar la creación masiva de desinformación a una escala y velocidad que dificulte la verificación”. En el lado positivo, concede que puede ser una “herramienta útil” para que el propio periodismo analice “grandes volúmenes de documentos o acelere tareas mecánicas para dedicar más tiempo a la investigación”.
“El peligro no está tanto en la tecnología en sí como en quién la controla, con qué transparencia se usa y si los medios logran capacidad para verificar contenido generado por IA al mismo ritmo al que este se produce”, termina, relacionando esta amenaza con el cruce de caminos en el que se encuentra el oficio periodístico en este agosto de 2026: “La encrucijada está entre sostener modelos de negocio viables sin depender de plataformas que controlan la distribución y la atención, y mantener al mismo tiempo la independencia y el rigor. Es la tensión entre sobrevivir económicamente y no sacrificar por el camino aquello que justifica que sobreviva”.