Guillermo Fesser: “¿Cómo me voy a fiar de una IA a la que Elon Musk ha dicho cómo tiene que pensar?”
Guillermo Fesser (Madrid, 1960) publicará en octubre A 55 millas por hora (Contraluz, 2026), un nuevo libro sobre la poco conocida historia de los hispanos en Estados Unidos, país donde reside y desde el que nos explica en el programa de televisión El Intermedio de laSexta su realidad política a pie de calle, con un estilo pedagógico, analítico y ameno. “Trump está intentando borrar del todo esa historia de los hispanos, ya que a los supremacistas blancos que gobiernan no les interesa que se sepa que ha habido, hay y habrá gente con la piel más oscura que ellos que han contribuido de forma decisiva a la prosperidad de la nación”, remarca a infoLibre. “Para empezar: sin España y sin los hispanos de América, Washington jamás hubiera conseguido la independencia”, apostilla.
Con su proverbial perspicacia, el periodista anticipa lo que cree que pasará cuando llegue el momento de promocionar este nuevo título en la prensa, sometida en estos tiempos veloces a una fugacidad en la que apenas tienen espacio las entrevistas en profundidad: “Me llamarán, o al menos eso espero, de algunos medios para promocionarlo. Habrá una pregunta sobre el libro, un guiño a Gomaespuma —su añorado dúo con Juan Luis Cano—, un comentario sobre Trump y a publicidad. No hay sitio para contar nada con cierta extensión, porque se da por hecho que la audiencia no tiene paciencia para ello. ¿Quién lo decide? Porque luego tienes podcasts de historia, como Memorias de un tambor, con cientos de miles de seguidores”.
Esta es solo una de las muchas preocupaciones que tiene Fesser acerca de un oficio periodístico que, a su juicio, tiene la misión de “informar a la gente de lo que hacen sus dirigentes para que tengan posibilidad de juzgar sus acciones y, en consecuencia, apoyarles o negarles el voto”. “Es una labor de vigilancia, no de oposición”, recalca, antes de continuar: “Como decía el gran reportero polaco Ryszard Kapuściński, el trabajo de los periodistas no consiste en pisar las cucarachas, sino en prender la luz para que la gente vea cómo corren a ocultarse”, argumenta.
Y prosigue: “Lamentablemente, hoy el objetivo principal ya no es el de proporcionar a los ciudadanos información veraz, certificada y oportuna para que puedan tomar decisiones libres y conscientes en una sociedad democrática, sino el de hacer la mayor caja posible para repartirla entre los accionistas. En esta disyuntiva, la tentación más habitual viene siendo la de dorarle la píldora al poder económico (muchas veces simplemente mirando para otro lado cuando las informaciones no les favorecen), ya que es la forma más cómoda de acceder a favores (subvenciones, anuncios, contactos, contratos, primicias) que les van a hacer aumentar su cuenta de resultados”.
El abuso de las tertulias está perjudicando seriamente a la profesión
“Cada vez quedan menos medios que intentan ser independientes, porque competir en estas aguas tan revueltas se hace cada vez más cuesta arriba”, lamenta. Es por ello que, denuncia, hoy “se salta de la información a la propaganda con una frivolidad que ya a casi nadie sorprende”, algo de lo que culpa a la “cultura de la inmediatez”, que nos lleva a querer conocerlo todo antes que los demás, para así pasar a toda prisa al siguiente tema, sin detenernos a pensar más que apenas un instante. “La propaganda cabe en un titular —"Make America Great Again"—, mientras que la información necesita al menos de un par de párrafos”, ejemplifica.
Para Fesser, de hecho, “el mejor periodista no es el que cuenta la historia primero, sino el que mejor la cuenta”. Por ello cree que, antes de contar la noticia, resulta “imprescindible” detenerse a pensar en “cómo conectar los datos que uno ha conseguido contrastar para poner el relato en contexto”. “Nunca debemos dar por hecho que la gente está al corriente de lo que ocurre. El contexto en que se produce es tan importante como la propia noticia”, afirma, y señala que, desde su punto de vista, un diario “no debe ser un foro de debate, sino un lugar de referencia en el que buscar información fiable, con la que luego puedan debatir los ciudadanos sobre lo que ellos consideren oportuno”.
Los políticos se han habituado a que les basta con descalificar lo que hace el partido de la oposición para aprobar el examen
En este sentido, apunta que el “abuso de las tertulias está perjudicando seriamente a la profesión”, pues los periodistas no deberían debatir ni opinar sobre las noticias, sino limitarse a “proporcionarlas para que opinen los demás”, puesto que, desde su punto de vista, “las noticias fiables son las herramientas para comprender e interpretar lo que sucede y, por tanto, ayudar a la defensa de la democracia”. Por eso, asegura que un periodista debe luchar “contra sus propias certezas”, ya que “lo más difícil de esta profesión es separarse emocionalmente de las noticias”.
Pone también su interés en los retos digitales de la profesión, alertando de que “la fascinación por la tecnología ha hecho en el periodismo el mismo daño que hicieron en su momento en el cine el abuso de los efectos digitales: descuidar el relato”. Cegados por estos avances, los profesionales de la información han podido perder un tanto el foco, pero apunta Fesser cierto cambio de tendencia, ya que, “hasta ahora, solo habíamos visto la cara luminosa de esta luna digital, pero empezamos a reconocer su lado oculto y oscuro”.
Estamos perdiendo la capacidad de hablar con alguien que piense diferente y, sobre todo, el sentido del humor
“Se suponía que la IA era un beneficio para todos, pero cada vez se ve más claro que, más allá de ser una herramienta tremendamente útil para desempeñar muchas tareas, supone un negocio de proporciones descomunales para unos pocos”, advierte, con todo lo que eso implica de ampliación de las desigualdades y desaparición de la clase media: “Más que nunca, necesitamos profesionales bien formados y comprometidos con respetar los principios éticos del periodismo. El hecho de que todo el mundo pueda informar no significa que todo el mundo sepa hacerlo. El hecho de saber escribir no te convierte en periodista, del mismo modo que el hecho de cortar bien un jamón no te convierte en cirujano”, plantea con humor.
Y, con la debida seriedad, continúa: “¿Cómo me voy a fiar de una inteligencia artificial a la que ha dicho Elon Musk cómo tiene que pensar? Un tipo que promociona las cuentas de odio en X —antes Twitter—, que somete a sus empleados a jornadas extenuantes, que está en contra de las subvenciones excepto cuando se trata de los miles de millones de dólares que reciben sus empresas, que concibe a la mujer como un instrumento exclusivamente para procrear, o que piensa que en Sudáfrica las víctimas prioritarias del racismo son los blancos”.
El periodismo debe recordar lo que costó conseguir cada avance democrático que se pierde o está en peligro de perderse
En este ecosistema digital de bulos, desinformación, inteligencia artificial y redes sociales monitorizadas por milmillonarios, el periodismo debe, para Fesser, “recordar lo que costó conseguir cada avance democrático que se pierde o está en peligro de perderse, así como la cantidad de vidas que han mejorado gracias a ellos”. “No basta con recordar que las dictaduras son malas, hay que exponer constantemente con ejemplos y testimonios por qué la democracia es buena”, propone, al tiempo que recuerda que el periodismo tiene la responsabilidad, a su vez, de diferenciar el ruido de la información relevante para la ciudadanía.
“De la misma forma que hay políticos que mienten hasta la saciedad, es importante que un diario recuerde hasta la saciedad que están mintiendo”, sugiere, como medida de defensa democrática en un momento en el que “los políticos se han habituado a que les basta con descalificar lo que hace el partido de la oposición para aprobar el examen”. “La falacia consiste en que ‘si el otro es malo, yo soy automáticamente bueno’, algo que los periodistas no podemos dar por válido, sino que debemos obligar a quienes ostentan el poder a que expliquen las soluciones concretas que ellos proponen para mejorar la vida de los ciudadanos”, remarca, antes de mencionar el “programa, programa, programa” de Julio Anguita y poner sobre la mesa los interrogantes que requieren respuestas claras: “¿Cómo va usted a mejorar el país? ¿Cómo va esa medida concreta a mejorar nuestras vidas?”
No basta con recordar que las dictaduras son malas, hay que exponer por qué la democracia es buena
Claro que, siguiendo con esa pérfida normalización de la mentira, recuerda que “a nuestros hijos e hijas les hemos enseñado que mentir sin que te pillen es de listos”. Por eso, según destaca, “justificar la mentira como método necesario para la supervivencia ha causado ya un daño tan grave que necesitaremos un par de generaciones para corregirlo”, algo en lo que el periodismo puede tener una importante incidencia si sale de su actual encrucijada por el lado correcto de la historia entre estas dos posibilidades: “Obsesionarse con ganar a la competencia o concentrarse en ser el mejor medio en informar a sus lectores”.
“El segundo camino es más largo y reporta a corto plazo menos beneficios económicos, pero construye algo mucho más sólido a futuro. Las grandes obras, las que permanecen (El Escorial, la catedral de León) no se construyen en unos meses. Estoy seguro de que la prensa que no se obsesione con los titulares más coloristas, como en la fábula de la liebre y la tortuga, llegará antes a la meta. Una meta en la que cada vez se concentra más gente desesperada en busca de un asidero del que poder fiarse. Mientras tanto, no olvidemos que informar de forma decente, encender la luz para ver correr a las cucarachas, supone un enorme alivio para mucha gente a la que, con nuestras noticias fiables, les probamos que no están solos, que no están locos, que la humanidad resiste”, argumenta.
Se suponía que la IA era un beneficio para todos, pero cada vez se ve más claro que es un negocio de proporciones descomunales para unos pocos
Para desarrollar ese buen periodismo, eso sí, los reporteros tienen que superar la forma más peligrosa de censura que les acecha a día de hoy: la autocensura. “Muchas veces, la prensa deja de contar historias por evitar meterse en líos. En Estados Unidos, donde resido, lo estamos viendo. Cuanto más presiona Trump a los medios, menos noticias que puedan molestarle se publican”, señala, antes de lanzar un aviso: “Al eliminar la confianza en el periodismo a base de tildar de fake news a los medios que cuentan la versión de los hechos que a uno le incomoda, vivimos en una sociedad en la que, en lugar de sentarnos a debatir para aportar soluciones a sus profundos problemas, estamos a punto de llegar a las manos. Es la estrategia de quienes quieren privilegios para ellos solos y enfrentan a la gente de abajo para que no se den cuenta de que les están robando los de arriba”.
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Eso es, precisamente, lo que hace la extrema derecha internacional, encabezada por Trump y “manejada por un puñado de gente que no quiere renunciar a unos privilegios arrastrados durante siglos por su clan o su familia, y que resultan escandalosos con la mentalidad del siglo XXI”. Para Fesser, “como su causa resulta indefendible, y, por tanto, invotable en las urnas”, la tienen que “disfrazar” con mentiras: “Se visten de salvadores de la patria, cuando en realidad el bienestar de sus compatriotas les importa tres narices, y echan la culpa de las injusticias que causa su codicia a la gente que tiene menos capacidad de defenderse, como emigrantes sin papeles, mujeres o personas sin techo”.
A los periodistas que tratan de contar estos hechos, en Estados Unidos, “se les acusa desde la administración de antipatriotas o de estar propagando falsedades”. “Eso, cuando no nos mandan a casa al FBI con el fin de intimidarnos”, revela Fesser, plenamente consciente de que es una estrategia que “trata de evitar” que cuenten la verdad, porque ésta “no beneficia a su causa”. Un intento de mordaza no demasiado velada, dentro de una sociedad en la que, justamente por este tipo de actitudes, “estamos perdiendo la capacidad de hablar con alguien que piense diferente y, sobre todo, estamos perdiendo el sentido del humor”.
Así lo ve el comunicador, que concluye compartiendo un análisis social bien certero: “En lugar de sorprendernos, lo diferente nos enfada. En lugar de atraernos, lo novedoso nos amarga. Por eso, creo que la prensa debe jugar el papel de sacar a la gente de su burbuja de confort y ofrecerles historias de gentes que, en principio, no son de su cuerda, pero hacen cosas interesantes. Tenemos que volver a recuperar la capacidad de sorprendernos, respetarnos, entendernos y sonreír. Pero la sonrisa solo se esboza cuando uno está distendido, y uno solo se relaja cuando está en confianza. Por eso, la prensa tiene que recuperar la confianza que hemos perdido”.